lunes, febrero 08, 2010

EL ARTE TOTAL El arte total es la siesta. No se hagan cráneos. Allá Richard Wagner y aquéllos que pregonaban que la ópera era el arte total porque era una síntesis de todas las artes.

(Hagamos lo que hagamos, una cama o una hamaca siempre nos esperan).

Allá también los que dijeron y siguen diciendo que el cine es ese compendio que reúne en un mismo formato los saberes de un sinfín de artistas de la imagen y de la palabra.

(Si quieres dormir plácidamente, olvídate de ti mismo y pon tu cabeza sobre una almohada perfecta).

Repetimos: el arte total es la siesta. Y lo mejor es que es un espectáculo solitario en el que cada quien es, a la vez, actor, productor, director y espectador.

(Si quieres soñar con monstruos en tu siesta —y quedarte sin respiración durante unos segundos—, almuerza como una criatura mitológica y acaba con los cocidos y los garbanzos que se crucen en tu camino).

La siesta es un remedio infalible contra la tristeza. Quien duerme después del almuerzo, tiene la posibilidad de salirse de sus circunstancias durante unos minutos que son minutos en la vida real, pero horas, lustros o siglos en la temporalidad del sueño. Me explico mejor: en los sueños el tiempo es elástico y los cuentos que nos contamos a nosotros mismos mientras dormimos, no siguen la lógica lineal del tiempo porque tienen su propia lógica y su propio tiempo. Así, la mujer con la que soñamos está vestida ahorita, pero un segundo después está sin ropa y con la cara de otra mujer o de un caballo.

(Si pudiéramos comprar pastillas para soñar con determinados temas o personajes, la Tierra sería un planeta silencioso en el que se oiría el rumor de una sola respiración).

La siesta es el arte total porque quien sueña al mediodía, se sale de su rutina, se va de viaje a otros mundos y a otros tiempos. Todo soñador es un viajero, un dios creador de universos en Technicolor, un coleccionista de atardeceres, un personaje que se ve a sí mismo volando sobre desiertos o caminando por calles que son la suma de muchas calles conocidas.

(En el mundo de los sueños los países no tienen mapas).

La siesta es el arte total porque, quien se ejercita en ella, se pierde en meandros de placidez que vienen aderezados con visiones extáticas de las que duele desprenderse. A veces esas imágenes acompañan voces que nos arrugan el alma, olores que nos recuerdan jardines perdidos u olvidados, remansos a los que ansiamos volver algún día.

(Si sueñas con música, debes saber que estás cerca de algún tipo de beatitud. Si te despiertas con tus propios melismas o tus propios efluvios —sonoros y aromáticos—, reza para que quien te acompañe —si es que duermes siesta acompañado—, no se despierte).

Quien crea que el que duerme, no arriesga, se equivoca. Dormir siesta supone doblar en la vida la posibilidad de alborotar en nosotros ese lado melancólico que tan bien disimulamos tras la corbata. La melancolía es ese perro negro que nos espera al final de ciertos sueños en los que nos vemos libres y felices hasta que nos despertamos en un cuarto caluroso o debajo del escritorio en nuestra oficina.

(Si duermes entre zancudos, trata de no darte golpes ni de tropezarte con la mesa de noche, cuando te levantes a matarlos. Se han visto casos de individuos con brazos fracturados y chichones por dedicarse a matar mosquitos antes de salir de un sueño).

Dormir. Dormir doquiera que sea, bajo las estrellas o sobre el mar, dentro de un tanque de guerra o frente a una hoguera, en el regazo de un tigre o en la cúspide de un rascacielos… Dormir. Dormir sin remilgos, dormir en paz. ¿Qué más se le puede desear a alguien?

Quizás un sofá.