lunes, diciembre 07, 2009

TRES REGALITOS DE NAVIDAD Primer regalito

Carlos Alberto llevaba una barba blanca y una chaqueta roja. Él tenía la costumbre de cargar consigo un estuche con tres destornilladores. Con semejantes herramientas, este sujeto le daba rienda suelta a su convulsión vandálica; cada noche intervenía las piezas móviles de algunos de los objetos mecánicos que se topaba en su camino. Así Carlos Alberto no podía ver un camión Mack porque de inmediato sacaba sus destornilladores y no cejaba hasta que le quitaba el perrito metálico que funge de insignia a esas máquinas poderosas. A veces los dejaba así, sin pieza alguna coronando el capot, y otras cambiaba el pequeño bulldog por un San Francisco de metal o por la cabeza de una medusa de hierro.

Carlos Alberto, con su barba blanca, su chaqueta roja y su sonrisa JoJoJo, repitió esa operación miles de veces. Nunca lo atraparon porque siempre manejó sus herramientas con enorme eficacia y pulcra rapidez.

Los camioneros nunca se quejaron porque lo mismo les daba tener un perrito que una oreja de acero en el capot de su camión.

Y así, con sus destornilladores en el bolsillo, Carlos Alberto vivió feliz.


Segundo regalito

Esa noche Stewart había bebido de más. Por eso salió a la cubierta a tomar un poco de aire.

La fiesta seguía salvaje dos pisos más abajo.

Stewart apoyó los brazos en el pasamano, se desabotonó la casaca roja, se quitó la barba postiza, vio el mar que pegaba contra la blancura de aquel trasatlántico y dejó que su estómago se aligerara.

El aire le hizo bien.

De pronto, el espesor de la borrachera se hizo tan tenue que pudo ver el prodigio. Ahí, a pocas yardas del barco, se asomaron cuatro sirenas que revolotearon entre las olas, lo saludaron y desaparecieron en la espuma.

Stewart se aferró al pasamano. Estuvo así durante unos pocos segundos. Sin traza de borrachera ni de melancolía, se irguió con dignidad en medio de un largo suspiro. Luego pasó sus manos por la casaca roja y volvió a colocar la barba postiza en su sitio.

Era hora de volver a la fiesta.


Tercer regalito

Un hombre vestido de Santa Claus tocó mi puerta. Lo vi por el ojo de cristal y supuse que vino a venderme algo. Como tocó con tanta insistencia, le abrí.

El traje de Santa Claus era perfecto, pero llevaba una pistola en la diestra.
—¿Me presta el baño?

¿Qué podía decirle? Era Santa Claus y llevaba una pistola.
—Sí, claro. Pase por aquí a la derecha.

Yo me senté en la sillita que está al lado de la entrada. En esa espera que no sé si fue larga o corta, me puse a pensar que a mis años, nunca había visto algo como eso. ¿Dónde se ha visto que un Santa Claus te toque la puerta, te pida el baño y pase así, como Pedro por su casa, con una pistola en las manos? El mundo ha devenido en algo loco e incomprensible. Cuando se vaya, voy a limpiar bien ese váter porque una no conoce al hombre que está debajo de ese estúpido disfraz.

De pronto el ruido de la puerta del baño se mezcló con el del retrete y el del lavamanos.

Santa Claus salió sonriendo.
—Muchas gracias, señora. Su casa es muy bonita.

Yo no le respondí. ¿Qué iba a decirle: que sí, que yo misma decoro mis cuatro paredes y dirijo la limpieza? Siempre he detestado decir tonterías.

El Santa Claus estaba parado frente a mí. Ya no llevaba la pistola a la vista. Pude haberme callado, pero como soy como soy, le pregunté:
—¿Y su… herramienta?
—Ay, perdone —se fue al baño y regresó acomodándose los pantalones.

Santa Claus repitió que mis cuadros y mi pesebre eran muy hermosos. Después dijo otras palabras de cortesía que ya no recuerdo, y se fue.

Yo saqué el cloro, el coleto y mis trapos, y limpié hasta que el hambre hizo que me sentara a la mesa.

¡Ya ni Santa Claus se salva de la erosión!