domingo, diciembre 20, 2009

EL DEL ESTRIBO En teoría los abrazos no se acaban, pero ustedes saben cómo son las cosas. Es navidad, nos deseamos lo mejor, nos queremos, nos amamos y, de repente, cuando pasan estas fechas, nos encontramos con que no nos cierran los pantalones, las tarjetas de crédito no pueden con ellas mismas y se acabaron las excusas para expresarnos el amor que supuestamente nos tenemos. Vuelven el fastidio y la encarnizada lucha por la supervivencia.

Por eso es mejor hacerse el loco y no andar abrazando a tanta gente ni diciéndole a todo el mundo cuánto lo queremos. Cuando se acaben las fiestas, todos se pondrán sus cuchillos en sus bocas y pelearán por sobrevivir en sus respectivos trabajos, lucharán porque sea a otros a quienes boten y no a ellos, oh hermanos, que os queréis tanto y que tantos villancicos cantasteis juntos en estos días de navidad.

Así es la vida. Así (y de mil maneras inimaginables más) somos los seres humanos.

Y conste que no se trata de ser pesimistas. Se trata de llevar unos cuantos años observándonos de cerca.

Quizás lo procedente en estos casos sea, tal cual, ofrecerle cariño sincero, amistad y abrazos a la familia y a muy pocos amigos, guardarse el lomito del amor para unos pocos que en verdad lo merecen y dejarle a los demás, la cordialidad, el apretón de manos, la sonrisa normal y el respeto que todos nos merecemos. Esa vaina de tratar a todo el mundo como si fuera tu hermano del alma, sólo trae problemas. La confianza automática de la que hacemos gala cada vez que podemos, sólo engendra desastres.

La navidad es una máquina de hacer amistades instantáneas. Si no nos cuidamos, enloquecemos. ¿Cuánta gente no termina durmiendo con un cantante de gaitas por no mantener cierto grado de circunspección? ¿Cuántos no han usado la fiesta de la oficina para darle rienda suelta a sus más retorcidos deseos? ¿Cuántos no han terminado en una clínica porque se entregaron a lo que mi amigo Sergio Márquez llama «el arroyo inmundo de la vida galante»?

Lo extraño es que durante los días navideños se despliega algo —quizás sea el espíritu de la navidad— que hace que mucha gente se sienta relajada y libre para hacer lo que no haría en otra época del año. Tal vez la explicación a ese desmelenado colectivo se encuentre en las utilidades. Si tales emolumentos se otorgaran en abril, quizás tuviésemos unas semanas santas aún más «alegres» que las que tenemos en la actualidad… Como hay plata en las alforjas, nos sentimos inmortales, y ahí es cuando los que no se miden, acaban durmiendo con el hombre del furruco.

Las utilidades son maná del cielo para quienes aman la amistad instantánea, el whisky y el ruido ensordecedor de un conjunto de gaitas. Sigan bebiendo. Sigan malbaratando su patrimonio. Sigan creyendo que la vida es este desorden oscuro en el que nos sumimos cada vez que se pone el sol en nuestro país.

Nuestra sensibilidad es extraña y no cree en fechas ni en permisos para solazarse en el baile. Sin embargo, hay que reconocer que cuando se acaban las navidades, se acaban las excusas para soltarse el moño. Hay que esperar hasta carnaval y luego hasta semana santa para que surjan nuevas ocasiones de solaz. Quizás por eso estos días se vivan con tanta intensidad y con tanta desazón. No importa que la economía nos ahorque o que el tráfico en las grandes ciudades nos haga sudar ácido clorhídrico. Todos queremos participar de ese algo innombrado que traen consigo estos días que parecen más fugaces que los demás. Lo que pasa (y valga la redundancia tipo Mario Moreno) es que algunos se pasan.

Cuídense. No hagan idioteces. No se vayan con la cantante de pasodobles, si no la han visto sin maquillaje.

Y feliz 2010.