martes, diciembre 22, 2009

EL CLUB DE LOS OFICIOS RAROS

 Hace unos días terminé de leer El club de los negocios raros, de G.K. Chesterton, y aún no sé definirlo. No sé si se trata de un libro de cuentos o de una novela inusual. Sea volumen de relatos o novela-novela, estamos hablando de una rara maravilla sobre la que me gustaría contarles algunos detalles.

 Si hay algo digno de envidia en este mundo es encontrarse con alguien que ama su trabajo. No es común conseguir gente así, embebida en lo que hace, contenta y a la vez concentrada en una actividad por la que cobrará un dinero. ¡Bienaventurados sean los que se divierten trabajando!

 Este libro trata sobre gente que abandonó lo que hacía, aunque le brindara riqueza y prestigio, para dedicarse a eso que le apasiona. Lo extraordinario de estas historias radica en que a sus personajes no los mueven las actividades convencionales ni aquello que se puede encerrar dentro del coto de lo normal. Estos personajes tienen motivaciones tan íntimas que, si acaso, las comparten con unos pocos a quienes consideran sus semejantes, y que están reunidos en ese club, en esa organización secreta a la que sólo puede pertenecer aquél que se gane la vida ejerciendo una actividad lícita y de su propia creación que sea tan rara como una jirafa voladora. Es así como nos encontramos con la historia del doctor de lo inútil al que creen loco cuando pone en práctica una de sus teorías; o la historia de un clérigo temeroso que retiene en su casa a un caballero para contarle que cuatro hombres disfrazados de mujeres trataron de inmiscuirlo en un truculento crimen.

 Aquí, en nuestro modesto mundo real plagado de mafias, no tenemos noticia de que se haya fundado un club que se le parezca al que nos muestra este libro extraordinario. Quizás, antes de fundar un club, tengamos que aceptar que nos sentimos solos y que necesitamos a los demás para compartir nuestras experiencias y conocimientos, como saben desde antaño los ingleses, que han fundado en la realidad y en la ficción toda suerte de organizaciones para no sentirse solos y para crear un mundo dentro del mundo, una utopía de salón regida por reglas tan sencillas como inquebrantables.

 Hablando de eso, y como dato curioso, tal vez los ejemplos más parecidos al club del que hablamos, los encontremos en nuestra memoria ociosa de espectadores de películas. En The game (1997), se nos cuenta la anécdota de Conrad Van Orton, un personaje de lo más peculiar que le paga a una compañía para que enrede a su hermano Nicholas en una abigarrada conspiración que le enseñe a no ser tan idiota. Esa anécdota ya se encuentra en El club de los negocios raros. Al coronel Brown lo amenazan y le montan un tinglado con la única finalidad de sacarlo de su vida aburrida y de probar si de verdad es un hombre valiente. Los encargados de semejante tramoya fueron los dueños de una extraña compañía dedicada a tales oficios.

 En The fight club (1999), también de David Fincher, un innombrado personaje y su alter ego crean una singular organización que se dedica a fomentar el caos en cualquiera de sus formas. Lo que une a esos hombres que pertenecen al club de la pelea, es el descontento que les produce la vida normal, motivación exacta a la de los miembros de otros ilustres clubs de la historia tanto real como imaginaria.

 ¿Cuántos de nosotros seríamos capaces de abandonar eso que hacemos para dedicarnos a aquello que en verdad nos agrada y encima ser capaces de convertirlo en algo rentable? Ésa es la gran pregunta que, más allá de las reflexiones sobre la inconformidad y los clubs, nos provoca este libro grato y extraño.

 Sí. Ya se dieron cuenta. Hablamos de un libro capaz de sembrarnos una gigantesca inquietud. Léanlo cuando puedan.