lunes, noviembre 30, 2009

LA TRAMPA DE LA PRIMERA PERSONA Escribir en primera persona es sabroso. La gente ve en ti a un sujeto acontecido y lleno de anécdotas por contar. También te ve como un tipo de cuidado porque cree que cualquier cosa que haga o diga en tu presencia, pudiere aparecer en un cuento, como si la vida fuera la única fuente de inspiración que existe.

Sin embargo, narrar todo cuanto se nos ocurre y ponernos como los protagonistas de nuestras propias tramas, puede llegar a convertirse en un tic nervioso, en una muleta que se repetirá hasta el cansancio (de los lectores), si no se le pone coto.

Nada de esto está escrito en ninguna parte ni es ley ni soy ni pretendo ser un policía literario, que dice lo que es bueno y lo que es malo en la escritura (para eso está Oscar Marcano). No obstante, creo que en nuestros libros se abusa del narrador en primera persona, del yo que hace y deshace, del yo que es héroe y va y viene y cuenta lo que le pasa a él o a ella y a los demás, como si la vida consistiera en eso: en ir y venir mientras se cuentan las cuitas propias y ajenas.

No estoy en contra de la primera persona. No estoy en contra del uso del yo. Estoy a favor de la diversidad narrativa, de la posibilidad de contar historias desde distintos puntos de vista y no solamente desde «el mi mismo yo de mí». Por andar en esa necedad, el mundo del arte se ha convertido en una bolsería, en una exagerada expresión de subjetividades que, en la mayoría de los casos, a nadie interesa. ¡Bendito seas, Degas, por tus bailarinas y por tus caballos! Hoy poca gente se pregunta qué significaban esas figuras bellas para ti. Hoy ves un Degas, así sea en el libro de Educación Artística de Cándido Millán, y la contundencia del dibujo impide que pienses pendejadas. En el arte contemporáneo todo se va en las explicaciones del artista que habla sobre su yo-yoísta-suyo. ¡Qué fastidio!

Dejemos al arte y volvamos a la escritura. Decíamos que escribir en primera persona es fácil o, al menos, así parece. Hay algo en el pronombre «yo» que produce ese extraño espejismo. El engaño se basa en que quien utiliza la primera persona, suele emocionarse usándose a sí mismo (su experiencia, sus puntos de vista, sus anécdotas, sus ritmos de vida y hasta su voz) para alimentar su ficción. El resultado es un montón de personajes planos moviéndose en un mundo de cartón que prolonga en el papel la necedad del que inventó tales artificios.

Quien sólo escribe en primera persona, cree que la diversidad del universo cabe en sus ojos y que para imaginarse una cayena o un tiroteo, se basta a sí mismo. Así piensan los brutos que no saben que son brutos o la gente que se siente cómoda dentro de sus propios límites.

Que quede claro: estoy en favor de utilizar las tres personas gramaticales (en singular y plural, por supuesto) para contar historias de diferentes calibres y para representar con palabras un mundo que es cada vez más complejo.

Yo creo que los escritores, como los artistas, tienen chance de experimentar, de equivocarse, de probar nuevas opciones y nuevos recursos. Prueben ustedes con la segunda persona del plural o con la tercera del plural y vean qué efectos se producen en las historias que desean contar. Escriban, equivóquense, sálganse de ustedes mismos y de la obsesión de contarlo todo en primera persona, como si el universo se limitara a ustedes y a sus pequeñas miserias.

En esta época en que los cuentos parecen remedos de otros cuentos, es fácil perder la esperanza y creer que en nuestra subjetividad está la diferencia.

Ustedes hagan lo que quieran, que para eso ya están grandecitos. Sólo les pido que sean honestos, que no abusen de la primera persona y que no escriban tanto sobre gente divorciada.