domingo, noviembre 15, 2009

LA PARED
All in all it was all just bricks in the wall
P.F.


Quien quiera visitar a Lord Stapleton, debe saber que, de cinco a seis y cincuenta, lo encontrará en el patio de su casa admirando las coloradas vetas de un muro.

Para Lady Stapleton era incomprensible la fascinación que en su esposo producía aquel sólido rectángulo de concreto crudo. Sin embargo, y aunque semejante embeleso le molestara tanto, Lady Stapleton decidió no discutir más con su marido. «Si a él le place tanto esa ruina, pues que la admire. Yo no se lo impediré más».

Lord Stapleton vive en su actual residencia desde hace cinco años. Cuando compró esta casa, lo primero que hizo fue contratar al arquitecto Ellis Collingwood para que iniciara una serie de reformas que adaptasen la estructura de la casona a los gustos de sus nuevos dueños. La refacción del edificio comenzó sin problemas hasta que, en el curso de una tarde calurosa, el dueño de la casa le pidió a su arquitecto que le diseñara una estancia especial en uno de sus jardines. Al principio, Collingwood creyó que se trataba de una fantasía romántica inspirada en Lord Byron, pero no. Su patrón deseaba un espacio donde pudiera colocar una placa de concreto de ocho pies de alto por seis de ancho. Nada de caminerías ni de fuentes ni de estatuas neoclásicas; sólo una estructura para erguir el monolito en que se convertiría el trozo de muro que mandó a traer intacto de su anterior domicilio.

Lady Stapleton no disimuló su disgusto. Ella estaba preparada para que su marido pidiera un pabellón para los trofeos de caza, un cuarto gigantesco de fumar, una biblioteca para sus libros eróticos, una o dos canchas de tenis, pero no le quedó más remedio que expresar su indignación, cuando supo que su esposo pedía poco menos que un solar para poner un pedazo de piedra.

Lord Stapleton no admitió discusión. El trozo de muro sería uno de los hitos de su nuevo hogar. Allá Lady Stapleton, si no le gustaba. Ella que hiciera lo que le pareciese, que mandara a poner más jardineras o a sembrar ficus en el campo de críquet, si ésa era su voluntad.

Como quedó asentado en este documento, Lady Stapleton redujo la tensión entre ella y su marido al aceptar que los albañiles erigieran la polémica pared. No obstante, antes de capitular, trató de hacerle la vida imposible a su esposo, obligándole a donar su colección de esculturas africanas, sus cabezas disecadas de rinocerontes, sus anuarios de la Royal Society y el cuchillo que le regaló sir Ian Kilminster.

A pesar de la doméstica conjura, la vengativa esposa no pudo con la férrea voluntad de Lord Stapleton, y menos cuando ella, en un ataque de ira, le dijo que aceptaría la tal pared sólo cuando él abjurase de las antiguallas que adornaban sus habitaciones y le comprara un trío de plasmas de setenta y dos pulgadas; uno para la cocina, otro para el salón del té y otro para su dormitorio.

Lord Stapleton estalló en carcajadas. «Por mí nos desharíamos de todos y cada uno de los aparatos de televisión que hay en esta casa, pero si la paz depende de tener tres nuevos monitores, pues tendremos paz».

De tal manera llegó la tranquilidad a la mansión.

Mientras Lady Stapleton imparte órdenes en la cocina, juega al Whist con sus amigas o se abandona al sueño, un monitor encendido siempre la acompaña. Por su parte, Lord Stapleton pasa sus tardes entre habanos y copas de oporto, mirando un trozo de pared sobre el que transcurren invisibles cacerías de elefantes que lo dejan exhausto, pero satisfecho.

Y así, sin molestarse por tonterías indignas, los Stapleton viven una vida tan plácida como sencilla. Una pared será todo, excepto un obstáculo para la felicidad.