lunes, noviembre 23, 2009

FASCINACIÓN PAISAJISTA Digámoslo de una vez: los paisajes naturales nos parecen inquietantes. Quizás sea una manía de gente criada entre carros y edificios, pero tantos árboles y tanto bucolismo nos descompone.

A veces oímos hablar a señores que aman la quietud de ciertas sabanas, que loan la presencia de paraulatas, que elogian árboles, tunas, nubes y montañas, y nosotros pensamos en el fastidio que nos da la exagerada admiración por lo natural, amén de no entender cómo hay personas que se sienten orgullosas por esos paisajes que ninguna de ellas creó.

Sí. Digámoslo también: lo diseñado, lo proyectado y lo construido, nos parece tan o más interesante que lo natural.

El Salto Ángel está donde estaba hace mil años y ahí permanecerá miles de años más. A su alrededor no hay hoteles ni tuberías ni centros comerciales ni nada. Si queremos visitarlo, primero debemos pagar un tepuy de billetes, luego acamparemos cerca de él, lo admiraremos, nos tomaremos tres, quince, veintisiete fotos y listo. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Adónde vamos? ¿Seguimos viendo el agua que cae desde novecientos setenta y tantos metros de altura? ¿Podemos ir hasta aquella piedra? ¿Que qué: que no vayamos porque nunca se sabe qué animal puede acechar a esta hora? ¡Qué peligro! ¡Qué fastidio! Mejor sigamos contemplando el Churún Merú y esperemos hasta que llegue el momento de volver a nuestro hogar…

(En este instante, por esta misma página, pasan dieciséis loros, tres tucanes y un jorobado que lleva puesto un collarín).
En Venezuela hay dos paisajes solitarios y desconcertantes: el de la autopista Lara-Zulia y el de la península de Macanao. El primero tiene fama de siniestro por lo solitario y porque cada metro de su asfalto puede contarnos toneladas de historias de conductores que se quedaron dormidos, de autobuseros fantasmas, de extraterrestres y ermitaños que viven en lo alto de una vieja valla en la que todavía se lee «Jaime es como tú». El segundo, quizás porque se recorre con cierta rapidez, nos parece la perfecta locación para un comercial de Marlboro. El de la Lara-Zulia es un paisaje áspero que infunde miedo; el de la península de Macanao tiene el tamaño perfecto para que digamos con propiedad que paseamos por un desierto parecido al que describe Cormac McCarthy en No country for old men.

No nos malentiendan. La idea no es hablar mal de la naturaleza ni lanzar un alegato en favor del calentamiento global. El asunto es que nos gustan los paisajes que, de algún modo, han sido tocados por manos humanas, que han sido intervenidos para que la vida de la gente sea más agradable, que haya baños limpios, aire acondicionado, médicos, abastos, policías que les den su merecido a los malandros; perros, gatos y creolina que espanten a las sierpes.

No, señora. No vamos a hablar de los Andes venezolanos ni de los Llanos… Si quiere, otro día le contamos la vez en que el autobús en el que viajábamos hacia Mérida, por poco choca contra una vaca a las cinco y media de la mañana, pero le repito: eso lo haremos en otra oportunidad.

Y ya que estamos en ánimo de confesión, digamos que nos gustan los paisajes playeros, pero no en todo momento. Los paisajes marinos sientan bien en la mañana y al mediodía, pero, a partir de cierta hora vespertina, nuestras almas comienzan a sumirse en la melancolía. Nada peor que ver el mar en la tarde y saber que al día siguiente tienes que ir a la escuela o a la oficina. La conjunción mar-atardecer borra, sin contemplaciones, al pequeño Julio Iglesias que vive en cada uno de nosotros, y nos pone a pensar en que somos tan frágiles, tan efímeros y tan mortales como un silbido.

Por eso, porque nos ponen a pensar en nuestra propia naturaleza, no nos gusta contemplar paisajes.