domingo, noviembre 08, 2009

EL EFECTO JOHN HOWELL En «Instrucciones para John Howell», Julio Cortázar cuenta una situación que parece extraída de una pesadilla. En este cuento un tal Rice paga su entrada a un teatro, se sienta en su butaca y, de pronto, cuando se termina el primer acto, dos matones se le acercan y lo conminan a que los acompañe a lo más recóndito del edificio. Allí Rice conoce a otro sujeto siniestro que le da un traje oscuro y una peluca pelirroja junto con el encargo de que a partir del segundo acto, se monte en el escenario y represente a John Howell porque quien originalmente representaba a ese personaje, se largó a la calle.

¿Quién no ha soñado (dormido o despierto) con una situación semejante? La verdad es que resulta difícil saber qué sueña o qué se imaginan los demás, pero quien esto escribe, puede decirles que más de una vez se ha imaginado en el angustioso papel de tener que suplir al conductor del autobús en el que viaja y que, como en una de esas películas en las que una bella aeromoza tiene que pilotar un avión haciendo lo que una voz le dice por radio, se ve a sí mismo hablando por teléfono con un Richard Burton venezolano que le dice cómo aterrizar con éxito el bendito autobús.

¿Quién no ha imaginado que, de pronto, y gracias a un misterioso estornudo del destino, el facilitador de un taller de autoayuda y superación para gerentes eficaces, interrumpe su motivador discurso y te llama al estrado. Tú, conejo, vas temeroso porque crees que el instructor te pilló roncando y ahora se vengará poniéndote en ridículo ante los demás participantes del taller, pero no. El coach tiene «un preludio»; es decir: le han dado unas ganas irresistibles de ir al baño y por eso te pide que lo sustituyas durante unos instantes. Ahí te ríes y te dices que es pura imaginación; que algo así no ocurriría jamás entre otras razones porque los gurús de la autoayuda y superación nunca van al baño, pero insistes en imaginarte durante unos pocos minutos que la autoestima de ese rebaño de gerentes-gerenciales-exitosos está en tus manos y tiemblas.

Todos nos hemos figurado en el trance de una situación extrema, salvando a una viejita de chancletas costumbristas o alargando a juro un discurso que no preparamos para hacerle el quite a un pana que debía tocar su guitarra ante el público, pero como bebió de más, hay que esperar a que lo bañen y a que el café cerrero que le prepararon, haga su efecto.

En el relato de Julio Cortázar, Rice deja la peluca después del tercer acto. No le importan las amenazas ni si los matones asesinan o no a una de las actrices. Lo raro es que, en plena huida, Rice se consigue con el verdadero John Howell, que también huye. Así como Rice se salió de la obra, el personaje Howell se «salió» de su propia vida.

Por trillones de razones que sólo el azar conoce, cualquier persona puede verse en el brete de tener que asumir un papel para el que no estaba ni remotamente preparado, pero también por trillones de razones que sólo el azar y el Seniat conocen, la gente desea salirse de sí misma, abandonarse, dejar su historia aunque sólo sea por un rato y asumir la identidad de otro. Lo que pasa es que es muy distinto disfrazarse que verse obligado a hacer de paramédico sin serlo, de plomero a las dos de la mañana, de conferencista a la fuerza, de pistolero en defensa propia, de actor improvisado, de mecánico instantáneo o cualquier otra cosa que no esperábamos, pero que tuvimos que asumir para no pasar por cobardes.

A ese no poder retroceder sin embarrarla, a ese enfurruñado particular de rostro que tienen todos los que están donde no deberían estar, lo llamaremos desde hoy «el efecto John Howell».

Y gracias, Julio, por ayudarnos a nombrar el mundo.