NUEVOS COMEDIANTES, VIEJOS VICIOS
En estos días abundan en nuestro país los cultores del stand up comedy, los tipos que literalmente se paran ante un micrófono y comienzan a contarle al público sus monólogos llenos de agujas. De la noche a la mañana surgieron decenas de seinfelds, de woodyallens, de conanobrians, de jaylenos y de georgecarlins venezolanos. Ahora hasta el más circunspecto filósofo tiene sus cinco minutos de fama como comediante.
En nuestro caso ese fenómeno resulta interesante. Pasamos de disfrutar a los sempiternos contadores de chistes, como el Conde del Guácharo y Álvarez Guédez, a ver con interés a sujetos anónimos que se paran en el escenario y se lanzan una perorata llena de verdades sobre un tema cualquiera.
Visto así todo es bello y pareciera como que entre nosotros se está gestando una generación de nuevos Aristófanes que llevarán al humor venezolano a cotas jamás alcanzadas y blablablá… Y es cierto: hay algo loable en encausar las frustraciones por los derroteros de la risa en lugar de promover el intercambio despiadado de invectivas. Sin embargo, todo hay que decirlo, este movimiento de cultores del stand up comedy venezolano debe recorrer un camino muy largo antes de superar los típicos tics nerviosos que caracterizan al humorismo escénico venezolano.
Que ¿cuáles son esos tics? Pues las groserías, el exceso de referencias locales y el miedo a tratar sobre temas complejos que vayan más allá del pequeño lío callejero o del devenir político. ¿Quieren más?
Lo de las groserías no necesita mucha explicación. Somos groseros, decimos palabrotas y encontramos placer en embutir tres o cuatro vulgaridades en una oración simple, lo cual nos lleva a pensar que si somos unos boquisucios en la vida real, es lógico que también lo seamos en nuestra vida artística. Igual es extraño que en estos monólogos la grosería funcione como el pie que necesita el público para saber cuándo debe reírse con comodidad y a coro…
Abramos un paréntesis con estos dos puntos: (¿por qué la gente se queja de que en el cine venezolano se digan tantas groserías y cuando ve cine español se desopila de la risa al oír a los españoles diciendo las mismas obscenidades que dicen Carlota Sosa y Jean Carlos Simancas en las películas venezolanas? Sabrá Octavio y cerremos el paréntesis con este otro punto).
Más preocupante resulta el darse cuenta de que los monólogos de muchos de nuestros comediantes hablan sobre hechos intrascendentes. Que si la jevita tal vino o se fue. Que si el borracho se asomó y dijo. Que si el político Z apuntó tal cosa. Que si había un tuqueque en el plato del embajador… Puras necedades que pueden dar risa o no, pero que si uno las ve con atención, no tienen densidad ni están, por lo general, ensambladas de manera coherente. En otras palabras: muchos de estos monólogos fueron escritos a trancas y barrancas; sus exponentes no le prestaron la debida atención a la escritura del material antes de presentárselo al público porque a) quizás crean que la comedia es hermana de caña y pasapalos, y porque b) tal vez confíen demasiado en el talento que creen tener.
Y esto vale para todos los comediantes; en especial para toda la sarta de periodistas, astrólogos, locutores, bachilleres y demás que ahora se las dan de comediantes, como si la comedia no fuera cosa seria. (A Henrique Lazo no lo meto en ese saco porque en la escuela donde estudió cinematografía tuvo que estudiar hasta para ser mimo. Así que ése sí sabe cómo se bate la peluca).
Podríamos seguir hablando sobre este asunto, pero mejor lo dejamos hasta aquí, no sea que a estos comediantes de nuevo cuño se les salga lo medieval.
Y —muajajajá— acaben conmigo.
En estos días abundan en nuestro país los cultores del stand up comedy, los tipos que literalmente se paran ante un micrófono y comienzan a contarle al público sus monólogos llenos de agujas. De la noche a la mañana surgieron decenas de seinfelds, de woodyallens, de conanobrians, de jaylenos y de georgecarlins venezolanos. Ahora hasta el más circunspecto filósofo tiene sus cinco minutos de fama como comediante.En nuestro caso ese fenómeno resulta interesante. Pasamos de disfrutar a los sempiternos contadores de chistes, como el Conde del Guácharo y Álvarez Guédez, a ver con interés a sujetos anónimos que se paran en el escenario y se lanzan una perorata llena de verdades sobre un tema cualquiera.
Visto así todo es bello y pareciera como que entre nosotros se está gestando una generación de nuevos Aristófanes que llevarán al humor venezolano a cotas jamás alcanzadas y blablablá… Y es cierto: hay algo loable en encausar las frustraciones por los derroteros de la risa en lugar de promover el intercambio despiadado de invectivas. Sin embargo, todo hay que decirlo, este movimiento de cultores del stand up comedy venezolano debe recorrer un camino muy largo antes de superar los típicos tics nerviosos que caracterizan al humorismo escénico venezolano.
Que ¿cuáles son esos tics? Pues las groserías, el exceso de referencias locales y el miedo a tratar sobre temas complejos que vayan más allá del pequeño lío callejero o del devenir político. ¿Quieren más?
Lo de las groserías no necesita mucha explicación. Somos groseros, decimos palabrotas y encontramos placer en embutir tres o cuatro vulgaridades en una oración simple, lo cual nos lleva a pensar que si somos unos boquisucios en la vida real, es lógico que también lo seamos en nuestra vida artística. Igual es extraño que en estos monólogos la grosería funcione como el pie que necesita el público para saber cuándo debe reírse con comodidad y a coro…
Abramos un paréntesis con estos dos puntos: (¿por qué la gente se queja de que en el cine venezolano se digan tantas groserías y cuando ve cine español se desopila de la risa al oír a los españoles diciendo las mismas obscenidades que dicen Carlota Sosa y Jean Carlos Simancas en las películas venezolanas? Sabrá Octavio y cerremos el paréntesis con este otro punto).
Más preocupante resulta el darse cuenta de que los monólogos de muchos de nuestros comediantes hablan sobre hechos intrascendentes. Que si la jevita tal vino o se fue. Que si el borracho se asomó y dijo. Que si el político Z apuntó tal cosa. Que si había un tuqueque en el plato del embajador… Puras necedades que pueden dar risa o no, pero que si uno las ve con atención, no tienen densidad ni están, por lo general, ensambladas de manera coherente. En otras palabras: muchos de estos monólogos fueron escritos a trancas y barrancas; sus exponentes no le prestaron la debida atención a la escritura del material antes de presentárselo al público porque a) quizás crean que la comedia es hermana de caña y pasapalos, y porque b) tal vez confíen demasiado en el talento que creen tener.
Y esto vale para todos los comediantes; en especial para toda la sarta de periodistas, astrólogos, locutores, bachilleres y demás que ahora se las dan de comediantes, como si la comedia no fuera cosa seria. (A Henrique Lazo no lo meto en ese saco porque en la escuela donde estudió cinematografía tuvo que estudiar hasta para ser mimo. Así que ése sí sabe cómo se bate la peluca).
Podríamos seguir hablando sobre este asunto, pero mejor lo dejamos hasta aquí, no sea que a estos comediantes de nuevo cuño se les salga lo medieval.
Y —muajajajá— acaben conmigo.
6 comentarios:
El fenómeno del stand up es menos sociológico y artístico que económico... ante la comprobada ausencia de originalidad del empresario local promedio y el exceso de pelazón general, en cuanto parece cuajar cualquier negocio en cualquier rubro, en esta Venezuela (que es la única que hemos tenido y seguiremos teniendo) brotan émulos como la verdolaga y empiezan a saturar el mercado emergente, canibalizando así lo que prometía ser una auspiciosa competencia y terminó siendo un todos contra todos y si no pude yo que se jodan todos... recuerden un mundo no tan lejano en que no había chiringuitos de sushi otro que no fuera el Ávila Tei, en que había que rodar mucho para comerse unos golfeados y en que las panaderías no parecían boutiques...
basta que abra una arepera próspera en la esquina para que nuestra (vuestra) calle se vuelva el bulevar de la reina pepiada en un santiamén... seguro que en menos de un año no quedará ni una arepera, otra que no sea la peor y más cara, o la peor y la más barata (pero siempre, la peor, porque solo los malos sobreviven... y los buenos van al cielo, pues en un entorno mafioso solo los malos aguantan la mecha)...
Carlos Sicilia no se inventó ayer el negocio del stand up, pero sí ha sido el primero que lo ha llamado por su nombre y lo ha devuelto a los bares... después de La Guacamaya, no habíamos tenido espacios apropiados para eso (aunque muchas mal llamadas obras de teatro y monólogos con algún éxito del pasado reciente en realidad no eran sino rutinas de stand up)... con la mencionada carencia de originalidad y la acuciante sed de reales, sumadas a la percepción de que "eso lo hace cualquiera" (porque si no respetamos el trabajo de nadie, pues mucho menos si es el un artista o el de alguien que pretende hacerse pasar por tal)...
pues ya lo ves, huevón, aprieta ese culo (CUE para que se rian a carcajadas los imbéciles)
Uno de los grandes peos en el Venezuela, especialmente en el mundo de las artes (por llamarlo asi) es que nadie se pisa la manguera ... la critica es demasiada blanda ... realmente no existe ... por eso cualquier mamarracho monta un show y luego hay cientos de estafodos economicamente y moralmente conduciendo como locos por la ciudad !
un saludos desde mi banho con vista al parque del retito.
La Luis Vicente León haciendo monologos y que de humor junto a Laureano Márquez... Esa vaina es el acabose.
Saludos
Si, que ladilla con el STANDARD Comedy!
Lo que sobra en esta pocilga: ganas de figurar y ser estrellas (en cualquier ámbito; desde el abogado que tiene un vozarrón y hace el cursito de locutor, hasta la triste modelo-cachifa que se lanza a la TVRADIOWEBREVISTA... y sin olvidar a los artistas Dj creativos toderos).
Lo que falta: pasión por hacer las cosas BIEN. Un mínimo de respeto por un género que tiene más de medio siglo de existencia (y cierto, Roberto, periodistas de mierda contando sus malditas vidas tras los micrófonos; filósofos de la ucab cogealumnas, actores frustrados, bobbys comierdas y una larga fila de interminables morisqueteros que adoran a "las grandes figuras del humor venezolano").
Qué asco... Sicilia tratando de revivir su olvidada carrera como un simplón copión de Letterman (Chataing, siempre te pegaste como una rémora a esta estupidez), y una cuerda de mangazones boquisucias tratando de hacer reir a sus amigos manganzones...
Qué asco...
Es que los reyes de la comedia en este país se jodieron cuando trajeron el cable. Ya no podían meterle el cuento a nadie de su creatividad sin límites. Copiones balurdos. Sicilia y Chataing para el cadalso.
Cuánto horror.
Publicar un comentario