miércoles, octubre 28, 2009

NUEVOS COMEDIANTES, VIEJOS VICIOS En estos días abundan en nuestro país los cultores del stand up comedy, los tipos que literalmente se paran ante un micrófono y comienzan a contarle al público sus monólogos llenos de agujas. De la noche a la mañana surgieron decenas de seinfelds, de woodyallens, de conanobrians, de jaylenos y de georgecarlins venezolanos. Ahora hasta el más circunspecto filósofo tiene sus cinco minutos de fama como comediante.

En nuestro caso ese fenómeno resulta interesante. Pasamos de disfrutar a los sempiternos contadores de chistes, como el Conde del Guácharo y Álvarez Guédez, a ver con interés a sujetos anónimos que se paran en el escenario y se lanzan una perorata llena de verdades sobre un tema cualquiera.

Visto así todo es bello y pareciera como que entre nosotros se está gestando una generación de nuevos Aristófanes que llevarán al humor venezolano a cotas jamás alcanzadas y blablablá… Y es cierto: hay algo loable en encausar las frustraciones por los derroteros de la risa en lugar de promover el intercambio despiadado de invectivas. Sin embargo, todo hay que decirlo, este movimiento de cultores del stand up comedy venezolano debe recorrer un camino muy largo antes de superar los típicos tics nerviosos que caracterizan al humorismo escénico venezolano.

Que ¿cuáles son esos tics? Pues las groserías, el exceso de referencias locales y el miedo a tratar sobre temas complejos que vayan más allá del pequeño lío callejero o del devenir político. ¿Quieren más?

Lo de las groserías no necesita mucha explicación. Somos groseros, decimos palabrotas y encontramos placer en embutir tres o cuatro vulgaridades en una oración simple, lo cual nos lleva a pensar que si somos unos boquisucios en la vida real, es lógico que también lo seamos en nuestra vida artística. Igual es extraño que en estos monólogos la grosería funcione como el pie que necesita el público para saber cuándo debe reírse con comodidad y a coro…

Abramos un paréntesis con estos dos puntos: (¿por qué la gente se queja de que en el cine venezolano se digan tantas groserías y cuando ve cine español se desopila de la risa al oír a los españoles diciendo las mismas obscenidades que dicen Carlota Sosa y Jean Carlos Simancas en las películas venezolanas? Sabrá Octavio y cerremos el paréntesis con este otro punto).

Más preocupante resulta el darse cuenta de que los monólogos de muchos de nuestros comediantes hablan sobre hechos intrascendentes. Que si la jevita tal vino o se fue. Que si el borracho se asomó y dijo. Que si el político Z apuntó tal cosa. Que si había un tuqueque en el plato del embajador… Puras necedades que pueden dar risa o no, pero que si uno las ve con atención, no tienen densidad ni están, por lo general, ensambladas de manera coherente. En otras palabras: muchos de estos monólogos fueron escritos a trancas y barrancas; sus exponentes no le prestaron la debida atención a la escritura del material antes de presentárselo al público porque a) quizás crean que la comedia es hermana de caña y pasapalos, y porque b) tal vez confíen demasiado en el talento que creen tener.

Y esto vale para todos los comediantes; en especial para toda la sarta de periodistas, astrólogos, locutores, bachilleres y demás que ahora se las dan de comediantes, como si la comedia no fuera cosa seria. (A Henrique Lazo no lo meto en ese saco porque en la escuela donde estudió cinematografía tuvo que estudiar hasta para ser mimo. Así que ése sí sabe cómo se bate la peluca).

Podríamos seguir hablando sobre este asunto, pero mejor lo dejamos hasta aquí, no sea que a estos comediantes de nuevo cuño se les salga lo medieval.

Y —muajajajá— acaben conmigo.