domingo, octubre 25, 2009

LA AGILIDAD DE LA SEGUNDA PERSONA

A Lady Stapleton, con todo mi amor

 Ya te compraste tu camión Mack. Ya sabes que el metálico perrito sirve para halar el capó y dejar al descubierto el motor del chuto.

 Ya tienes tu camión. Ya conseguiste una compañía a la cual afiliarlo y a un chofer que lo maneje. Tú sólo esperas tu plata. Sabes que ella llegará junto a infinitos dolores de cabeza. El conductor se retrasará mil veces; cometerá travesuras incalificables; amarrará su hamaca debajo del eje de tu camión y dormirá largas y telúricas siestas. Tú (a veces) te reirás de sus peripecias; las contarás en almuerzos familiares y verás todo con sorna hasta que llegue el día en que tu chofer vaya preso porque se quedó dormido y terminó empotrando tu camión en una gandola cargada de jeeps.

 Tú no sabes qué cara poner. Eres la solista y te fascina tocar este concierto. Mendelssohn siempre te pone de buen humor. Tú y tu violín se contentan cada vez que tienen que interpretar esa partitura, pero hoy, no sabes por qué, no te sientes feliz.

 Miras el techo del teatro. Ves que los frescos están en perfecto estado. Te fijas en la iluminación de la sala. No falta un bombillo. La temperatura del ambiente es perfecta. Los aparatos de aire acondicionado funcionan a la perfección. Nada es como te dijeron tus coterráneos que eran las cosas en este país en el que estás de visita; al contrario: todo es perfecto. ¿Y el aforo? No cabe un alma. Está repleto de gente que vino a aplaudirte. ¿Y entonces qué diablos te molesta?

 Es tu turno. Debes tocar tu parte. Tocas. Le imprimes alma al Concierto en Mi Menor para Violín y Orquesta, de Felix Mendelssohn. Mueves el arco. Mueves tus dedos. La precisión y la fuerza son tu marca, tu firma sobre todo lo que interpretas. Dejas a la gente boquiabierta. Sabes que estás haciendo bien tu trabajo, pero no estás contenta. ¿Qué te pasa?

 De pronto lo ves. La fuente del malestar no está frente a ti; está al lado. Es él, el director de la orquesta. Lo ves tan joven, tan chiquito, tan prendado y seguro de sí mismo. Lo ves abriendo y cerrando la boca. Los ojos exorbitados, la melena batida como en medio de un huracán. Y tú ahí, viéndolo y sabiendo que todo eso es disimulo, que la música entusiasma y te hace hacer el ridículo, pero todo tiene sus límites. Quien dirige una orquesta no puede permitir que la música lo lleve a ese estado de paroxismo posado, so pena de no dirigir a nadie o de estar trabajando para un público (o un patrocinante) ignaro.

 Tu chofer no dice palabra cuando le comunican su admonición. Tú sólo sabes que ese choque te costará una fortuna. Tu esposa y tus amigos te dicen que saliste barato porque no hubo muertos ni heridos. Tú con eso no te consuelas. Tú sólo ves plata que se aleja de tus arcas. Sólo el gruero está feliz porque hizo su semana en un solo día gracias a un camionero irresponsable que comió (y seguro también bebió) más de la cuenta.

 Sigues con el Mendelssohn. Ahora que sabes que el batido de melenas del joven director es lo que te tiene de malas pulgas, ni lo miras. Allá él con su performance. Tú en lo tuyo. Cuando llegue el momento de los aplausos y te llamen por tercera vez al escenario, te vengarás del mechudo. Tomarás tu violín, moverás tus greñas (porque tú también las tienes) y los dejarás locos a todos con un mix de Paganini, Alban Berg y Metallica. Luego te irás del escenario y no regresarás ni que te lo pidan de rodillas.

 No quieres saber nada de ningún camión. No quieres invertir tu dinero en más negocios estúpidos. Prefieres irte de viaje con tu mujer y gastar tu plata en interiores y camisas.

 Tú estás contenta. Dejaste atrás al directorcito. Vas rumbo adonde sí saben de música.