lunes, octubre 19, 2009

EL ÚLTIMO CORTE Un cronista encuentra buenas historias hasta debajo de las piedras y cuando no las encuentra, las inventa con la seguridad de que a alguien en ese preciso instante, debe pasarle algo parecido a lo que a él se le acaba de ocurrir.

Así funciona este género extraño.

Hagamos un ejercicio para comprobar la veracidad del anterior aserto. Por favor traten de identificar cuál de las historias que a continuación les referiremos, es inventada.


Hace dos noches vi a un extraño equilibrista. El hombre se había subido en una de las barandas del Elevado de Los Ruices y caminaba puente arriba sin importarle el abismo ni los autos feroces.

¿Qué hacía ese hombre en la oscuridad de esa baranda? ¿A quién quería probarle su talento: a los peatones indiferentes, a los enervados conductores, a la ciudad derretida devenida en circo?

Quién sabe.

Yo pasé, lo vi y no supe más de él.


II

Carlos Eduardo y Felicia fueron al cine Altamira. Cuarenta minutos después del comienzo de Brian muere tres veces, Carlos Eduardo sintió que algo pequeño y contundente le dio en toda la cabeza.
—¿Qué te pasa, gordo?
—Nada. Me acaban de dar una pedrada.
—Ay caramba. Quédate quieto.
—Seguro fue un coñodesumadre sentado allá atrás.
—Quédate tranquilo. Ven acá para sobarte.

Felicia y Carlos Alberto continuaron callados viendo la película, pero pronto sintieron una lluvia de pequeñas piedras sobre ellos. Él se levantó de su asiento y ya iba a comenzar una lluvia de improperios contra la oscuridad, cuando un meteorito de cielorraso cayó sobre su silla.

Décadas después, cuando un ejército de obreros demolía el edificio donde alguna vez estuvo el cine Altamira, Carlos Alberto experimentó un extraño deja-vu. El golpe salvaje de una mandarria contra una pared hizo que una piedra anónima fuera a dar a la testa ya calva del pobre transeúnte que iba a recoger su auto en un taller cercano a la obra.

Carlos Alberto rugió la mentada de madre que no pudo gritar la noche en que vio Brian muere tres veces y terminó en la Clínica El Ávila con cinco puntos de sutura en su mollera meridiana.

Riéguenlo por el mundo: nadie escapará de la piedra a la que estaba destinado.


III
Fui al Village Vanguard por primera vez el 3 de abril de este año.

Fui a ver a un maestro que nació en 1927. Fui a ver a Lee Konitz.

Para que se den una idea de la importancia de este intérprete del saxo alto, sepan que fue uno de los discípulos más aventajados del pianista Lennie Tristano. Sepan también que, en 1949, participó en las grabaciones de Birth of the cool junto a Miles Davis. Sepan que trabajó junto a Stan Kenton y Claude Thornhill, que grabó discos memorables junto a Gerry Mulligan y Warne Marsh. Sepan que fue uno de los músicos más destacados de los movimientos Cool y West Coast Jazz. Sepan todos que fue uno de los pocos saxofonistas que se resistió a la avasallante influencia de Charlie Parker.

El Village Vanguard queda en un sótano pequeño y oscuro. A diferencia de cómo me lo imaginaba, está en perfecto estado; no tiene pinta de antro ni se le siente la vejez a pesar de ocupar el mismo local desde 1935. Para entrar, debes hacer una reservación y pagar 35 dólares por los que puedes tomarte una cerveza y ver el show.

35 dólares por ver a Lee Konitz en vivo y tomarte una Samuel Adams en un emblemático club de jazz en el que una larguísima lista de artistas extraordinarios han tocado y grabado sus discos, son 35 dólares perfectamente bien invertidos en algo que sólo entienden los que saben de estas cosas.

Y ya.

Hubo un momento en mi visita en el que cerré los ojos y di las gracias. No todos los días se va a un lugar de peregrinación como el Village Vanguard en Nueva York.