viernes, octubre 09, 2009

EL ARTE DE ESCRIBIR CRÓNICAS

 Al igual que los humanos, cada crónica es única e irrepetible; ninguna es igual a la otra; sus características se mueven y varían.

 «Es el género en el que me siento más cómodo por lo versátil que es y porque se ajusta al modo en que funciona mi cabeza: tengo una inclinación natural a contar historias y a hacerme preguntas».
                                               Rafael Osío Cabrices

 La médula de la crónica está en el equilibrio que debe existir entre narración y reflexión. Quien no entienda esa regla básica corre dos riesgos:

a) Convertir su escrito en una simple reseña de acontecimientos (lo cual lo acercaría peligrosamente al relato).

b) Convertir su escrito en un sesudo análisis de las implicaciones y de las consecuencias que trajeron los hechos referidos (lo cual no es tarea de cronistas, sino de ensayistas e historiadores).

 «Cuando dejé el periodismo deportivo (fue mi oficio durante dos años) empecé a fijarme en la vida de los otros. Sentí la necesidad de hacer retratos urbanos. Esa curiosidad y ese interés por todo lo que no tenía que ver conmigo, me empujaron a conocer gente y preguntarle por lo más superficial (qué comen, dónde trabajan, quién manda en su casa) y a partir de ahí, describir un microcosmos que fuera capaz de mostrarle a los otros ese universo desconocido conformado por todo aquello que ocurre en mis narices».
                                                             Leo Campos

 La crónica sirve para realzar aquello que ocurre ante todo el mundo y que, de tanto pasarle por encima todos los días, nadie ve.

 «Llegué a la crónica por necesidad. Para entender lo que me rodeaba (y rodea). Ella te permite mirar a tu alrededor, recoger, escuchar, preguntar y luego organizar, bordar, vaciar y verter toda esa información en el papel. La crónica es un recipiente literario que no necesita los funambulismos de la ficción. Es sincera. En ella hablas tú y hablan otros».
                                                 Karina Sáinz Borgo

 Quien escribe sobre la realidad, debe aprender a expresarse en dos registros: en el de la narración y en el del comentario. Quien no entienda la abismal diferencia entre estas dos situaciones comunicativas, no podrá escribir crónicas.

 «A mí un buen cuento o una buena novela me atrapan, me sorprenden, me conmueven, me hacen reír, pero no es lo mismo que con la crónica. Lo noté porque de unos años para acá me descubrí prestando una atención desmedida a los prólogos de los libros. Esos prólogos, por lo general, te sitúan en un momento histórico, te hablan del autor y de la ciudad en la cual escribía sus textos; te echan un cuento que está más atado a la realidad, o a la impresión de una realidad. Esos prólogos tienen ínfulas de crónica, de perfil periodístico; algunos son auténticas crónicas. Y a veces, después de leer el prólogo, busco otro libro, y me sorprendo habiendo leído 5 prólogos y apenas media novela».
                                                             Leo Campos

 La crónica puede ser tan flexible como tú quieras. Puedes usarla para referir los hechos más importantes o para dar fe de los hechos más triviales de la vida. En ese sentido, más que un género literario o periodístico, estamos hablando de un formato en el que caben todas las posibilidades, todos los deseos y todas las ambiciones.

 «La crónica es el género más cercano, el más indulgente. Es el ornitorrinco literario por excelencia, como dice Juan Villoro. Tiene algo de entrevista, de reportaje, de ensayo... Tiene todo lo que importa: la palabra puesta y no encaramada en un gancho de ropa».
                                                 Karina Sáinz Borgo

 Quien escribe crónicas lo hace porque siempre encuentra a su paso los hilos de unas historias que merecen contarse. Sin su presencia los hechos insólitos, las personas extrañas y los paisajes estremecedores se perderían para siempre.