lunes, septiembre 07, 2009

LA CIENCIA DEL PAN CHINO En estos días terminé de leer El buscón de Quevedo. Quería sentarme a escribir un artículo donde hablara de la extraordinaria experiencia que viví al reencontrarme con esa novela. Quería sentarme a escribir ese artículo y citar el libro de Raimundo Lida o alguno de los ensayos que viene en el tomo dedicado al siglo de oro en la Historia y crítica de la literatura española coordinada por Francisco Rico, pero me ganó el estrés por tener en casa a mi pequeño Rodrigo de vacaciones y reclamando atención durante todo el día. Escribir agota y más si tienes que hacer un doble o triple esfuerzo para abstraerte de los desastres que con las tijeras hace un niño cuyo héroe es Mister Maker.

Decía que quería hablar de la Historia de la vida del buscón llamado don Pablos, y eso haré aunque termine con dolor de cabeza.

Me fascinó releer esta novela que más que una novela parece una traca del mal, un rosario de barbaridades en las que al protagonista le pasa de todo: desde caer a una letrina hasta participar en el asesinato de un corchete; desde robarle sus respectivas espadas a unos soldados hasta ver su rostro dividido por el tajo que le propinó un sicario…
—Papá, mira.
—Caramba, ¡qué belleza!

El buscón es un palmarés de hechos violentos que espeluznan al lector de cualquier época no sólo por la propia violencia, sino por la manera como don Francisco los ordenó. Tómese como ejemplo el recorrido geográfico que a lo largo del libro realiza Pablos. Véase cómo el primer viaje (Segovia, Alcalá de Henares, Madrid, Segovia) es un desplazamiento esperanzado en el que el protagonista sale de su casa rumbo a la escuela. En ese itinerario, Pablos realiza decenas de fechorías menores, travesuras que tienen más de chusca inocencia que de auténtica maldad. Sin embargo, en el segundo traslado (Segovia, Madrid, Toledo, Sevilla, América) don Pablos aprende toda suerte de fullerías y conoce a los mil y un impostores, tahúres, tracaleros, estafadores, ladrones y asesinos de distintas pelambres.

(En este punto Rodrigo me interrumpe otra vez y me pide que vea la mano de monstruo que acaba de hacer con un rollo de cinta adhesiva y un marcador verde. Yo le ofrezco un pan chino, se lo doy y sigo escribiendo mientras él —ñaca ñaca— mastica que te mastica).

Entre los episodios de la novela que más me impresionaron hay dos que me encantaría reseñar. En uno don Pablos se encuentra con un loco que lee con fruición un tratado de esgrima. Este hombre se baja de su caballo, empieza a hacer piruetas y a nombrar cada posición que asume con la nomenclatura del álgebra, hasta que un cuchillero de verdad le da su merecido. El otro momento memorable es aquél en el que don Pablos se reúne con los cófrades de la banda de pícaros y recibe instrucción sobre cómo debe hacer para que sus ropas harapientas parezcan trajes de altísima costura…
—Papá, otro pan chino, por favor —me interrumpe Rodrigo implacable.
—Voy.

…Ese capítulo es una obra maestra de la literatura. La descripción de cómo los doctores de la trácala pespuntan los cuellos de sus chaquetas, encajan los rotos y bordan con hilos de distintos calados es sólo superada por la escena en la que los corchetes allanan la guarida de los predadores mal cosidos y, al tratar de prenderlos, no hallan de dónde asirse porque cada vez que agarran la pernera, la manga o la gorguera de un ladrón, éstas se les quedan en las manos sin los cuerpos a las que pertenecen.

Rodrigo me interrumpe nuevamente y me pregunta si quiero compartir con él su pan chino. Yo le digo que sí y pienso que el hambre es uno de los grandes temas de la picaresca española, pero sólo me queda espacio para repetir que El buscón de Quevedo es una maravilla.

Y ojalá ustedes puedan leerlo algún día.