martes, agosto 04, 2009

EL DIBUJO DE UN COLOSO   La primera vez que fui solo al zoológico, recibí una sorpresa muy grande cuando me vi frente a los elefantes.

  De súbito, saqué de mi morral una barra de grafito y un cuaderno. Aquellas maravillas casi mitológicas, aquellas esculturas vivas, se movían, respiraban y caminaban sólo para mí.

  Ese día pasé un buen rato a pesar de que no obtuve los resultados que esperaba. Las formas de semejante monumento vivo son más difíciles de entender de lo que parecen. Su piel rugosa, repleta de pliegues y de un indescriptible color mezcla de gris y marrón, distrae al ojo que pretende entender su anatomía colosal. Son demasiados huesos, demasiadas proporciones a las que no estamos acostumbrados. Por eso decidí tomármelo con calma y repetir mis visitas a los elefantes hasta que la fortuna y el ejercicio repetido me augurasen el éxito deseado.

  Dibujar es reproducir el recorrido de nuestra mirada; un trazo, una línea o un punto representan el movimiento de nuestros ojos. Así que primero debía entender lo que veía del elefante para poderlo dibujar.

  ¿Cuál sería el hueso que se convertiría en la llave capaz de hacerme entender todo aquel cuerpo? Recuerdo que me llamaban la atención el hocico del animal, sus colmillos saliendo de la parte superior de la boca, las patas, las orejas planas y móviles, la fachada posterior del elefante, parecida a la de uno de esos señores que se ponen los pantalones más arriba del ombligo. También me impresionaban el pecho y la barriga que caían en diagonal, bajando desde la parte posterior de las patas delanteras hasta la parte anterior de las patas traseras del monstruo que pacía lento y subía y bajaba la trompa, como si no hubiese nada más importante en este mundo.

  Pasaron los días y mis libros universitarios se mezclaron con varios tomos dedicados a los paquidermos. Allí aprendí que hay una especie de elefantes africanos (Loxodonta africana cyclotis) y una de elefantes asiáticos (Elephas maximus) que se diferencian por varios detalles que el ojo distraído en tonterías no detecta. Los elefantes africanos tienen dos dedos en el extremo de la trompa, una pequeña joroba, el lomo cóncavo, los molares con vetas en forma de rombo y las orejas grandes. Los elefantes asiáticos tienen el lomo convexo, la cabeza bilobulada, las orejas pequeñas y un «dedo» en la trompa que cierran contra la parte ancha de la larga nariz…

  Aprendí muchas otras cosas sobre los elefantes, pero tuve que observarlos cientos de veces en el mismo zoológico antes de poder dibujarlos con relativa solvencia.

  La única justificación que encuentro a haber pasado horas dibujando a los elefantes en el zoológico es que quería guardar en mí la memoria de sus formas y lograr que me siguieran a todas partes como si fueran una plegaria, un poema o un pensamiento íntimo que no provoca compartir.

  Y creo que lo logré.

  He dibujado cientos de veces al hermoso monstruo que es el elefante y lo he hecho para que me acompañe a lo largo de mi vida, para que esté conmigo siempre y para que pueda dibujarlo en el tamaño que sea y con el material que sea cuando la ocasión lo amerite o cuando me provoque.

  Tal vez muy pocas personas entiendan la colosal dimensión del placer que esto supone. Es muy probable que tengan que dedicarse a observar al monstruo durante horas, y en silencio, para saber, siquiera un poquito, que el tamaño del elefante es, apenas, una medida del placer que supone dibujarlo.

  Y que conste: no hay cabeza ni sensibilidad en las que quepa completo uno de estos monstruos.