martes, julio 14, 2009

ALÓ NOCTURNO Doscientas una, doscientas dos, doscientas tres... La idea era quedarse dormido contando ovejas, pero qué va. No podía. Una rara ansiedad no lo dejaba hundirse en el sueño.

Estaba así por culpa de dos llamadas telefónicas separadas por un lapso no mayor de una semana.

Dos y sólo dos.

—Aló. ¿Carlos Pérez Gutiérrez?
—Sí. ¿Quién es?
—Mira, tú no me conoces. Yo te acabo de robar el carro.
—…
—¿Aló?
—Sí. Dime.
—Mira, te llamo para ver si podemos hacer un trato… ¿Estás ahí?
—Sí. Sí.
—La cosa es simple: tú me das diez mil bolos, yo te devuelvo el carro y tú te libras de los trámites del seguro y de toda la vaina.
—¡Verga! ¿Diez mil?
—Sí. ¿Qué pasa: te parece mucho?
—¿Tú qué crees?
—Que no es nada, si piensas en el tiempo que vas a perder yendo a la policía, a Tránsito, al seguro y reuniendo ese papelero. Además, hablemos claro: tú tienes plata. No te hagas el loco.
—…
—¿Aló?
—Aquí estoy.
—Entonces: ¿quieres tu carro o no?
—Sí.
—Bueno. Diez palos.
—Okey. ¿Y cómo hacemos?
—Bueno, anota este número de cuenta corriente. Tú me lo depositas hoy y cuando la plata se haga efectiva, yo te dejo el carro en el estacionamiento del C.C.T.
—…
—Pana, yo cumplo lo que prometo. Si depositas los reales, ten por seguro que vas a tener tu carro en un santiamén.
—Okey.

Carlos Pérez Gutiérrez depositó el dinero y a las dos horas recibió una llamada en la que el ladrón le dijo con exactitud en qué lugar del C.C.T. le dejaría su auto estacionado.

Dos días después, Carlos Pérez Gutiérrez tuvo que salir de la ducha porque su teléfono sonó con insistencia cinco veces.
—Aló.
—Aló. ¿Carlos Pérez Gutiérrez?
—Sí. ¿Quién habla?
—¿Qué más, pana? ¿Cómo te va?
—¿Quién es?
—Soy yo, el que te robó el carro. ¿Te acuerdas?
—…
—¿Aló?
—Ajá. Dime.
—¿Todo bien, no?
—Sí.
—Bueno, mira. Te llamo por lo siguiente: tú sabes que anoche le robé el carro a una señora… ¿Aló?
—Sí, sí. Aquí estoy.
—Es que este teléfono suena raro… Le robé el carro a una señora y hace un rato la llamé para decirle lo mismo que te dije a ti: que yo se lo devuelvo, si me deposita diez palos, pero no me cree.
—Ajá.
—¿Tú puedes creer esa vaina?
—Sí. Me lo imagino…
—Yo te estoy llamando para ver si puedes hacerme un favor...
—…
—¿Aló? ¿Estás ahí?
—Sí.
—Le acabo de dar tu número a la vieja ésa. Atiéndela, hermano, y dile que yo te robé el carro, que te cobré los diez palos y que te lo devolví sin problemas.
—Coño…
—¿Tú me haces ese favor, panita? Es que yo no quiero joder a nadie. Yo, dentro de todo, soy una persona decente.
—Sí…
—Dile la verdad, que el carro tuyo volvió intacto y que no le faltó ni un botoncito… Por cierto, bróder, mándale a revisar el cloche a ese vehículo. A mí me crujió varias veces.
—Sí. Tengo que llevarlo al taller, pero tú sabes cómo es…
—¿Me lo vas a decir a mí? ¡En esta vaina todo está carísimo!
—Así es.
—¿Entonces cuento contigo, pana mío?
—Ni modo…
—Gracias, hermano. Gracias. Ya sabes: cuando la doña te llame, tú le das letra para que sepa que yo soy gente seria, ¿sí?
—Está bien.
—Gracias, hermano. Gracias. Estamos hablándonos, pues. Cuídese mucho. Chao.

Carlos Pérez Gutiérrez pasó todo el día con el teléfono en las manos, pero no recibió ninguna llamada. Quizás fuera hora de dejar el aparato sobre la mesa de noche y encender el televisor a ver si alguna película de monstruos lo ayudaba a conciliar el sueño.