sábado, mayo 16, 2009

LUCES EN EL PARQUE Un par de niños dan vueltas en la rueda. Están mareados, pero se sienten felices.
—Cuidado con ese clavo oxidado —dice uno.
—Cuidado con esa alcantarilla llena de cucarachas —responde el otro.

En la escalera del tobogán un niño duda sobre si seguir subiendo o no. Detrás de él otros niños esperan su turno para lanzarse a la velocidad.

Cuando uno es un carajito, no hay nada como zumbarse desde el tobogán más alto. Subir hasta esa cumbre de metal y fibra de vidrio es todo un reto. Deslizarse, sentir el viento en la cara y llegar a tierra son la representación perfecta del triunfo. No hay chamo que se zumbe una vez. Quien se lanza la primera, se lanza la segunda y la tercera… Los padres del mundo lo saben. Por eso arrugan la cara cada vez que van al parque con sus hijos. Para los niños el parque es signo de diversión; para los padres, de dolores indescriptibles de espalda. No hay nada que hacer. Así es la felicidad.

En los columpios las niñas son las estrellas. Son ellas quienes primero descubren que moviendo sus piernas hacia delante y hacia atrás, pueden impulsarse y hacer de esa experiencia todo un viaje. Los varoncitos tardamos años en entender que un simple y coordinado movimiento de rodillas puede hacernos viajar a velocidades increíbles sin desplazarnos del parque donde nos encontramos. Cuando por fin entendemos ese fenómeno, sobrepasamos la edad para disfrutar las bondades del columpio, y nos negamos a dejar de usarlos. Por eso es que en todo parquecito hay uno o varios columpios rotos.

Hablando de aparatos dañados, ¿por qué casi todos los parques infantiles venezolanos están destruidos? Pareciera que los destructores de parques quieren que el tétano juegue en la rueda o que trepe por las barras de colores. ¡Dios! ¡Cuánto horror! ¿Por qué no desatas tu furia contra quienes cultivan toda forma de vandalismo? Ahí los tienes: son los grafiteros, los rompedores de pocetas en los baños de las escuelas, los destructores de columpios… Por favor, Señor, azótalos. Azótalos hasta que se arrepientan y corrijan su rumbo. Te lo pide un padre que teme que su hijo se corte con el tubo roto de un sube y baja. Amén.

Los parques son paréntesis urbanos, pequeños oasis en medio de toneladas de concreto, de carros y edificios. En ellos los pequeños pueden jugar con tierra, arrastrarse, sudar como cochinitos, jugar al aire libre. No hay nada más contraproducente que un chamo encerrado en su casa viendo televisión y nada más que televisión. Los niños así terminan siendo unos mamitos que no saben treparse a un árbol o, peor aún, desarrollando toda suerte de debilidades porque su sistema inmunológico jamás se puso a prueba entre el polvo y los bachacos de un parque cualquiera.

Los colores de los tubos, de las planchas, de las tablas y de todas las piezas que conforman el mobiliario de un parquecito, son únicos. Cualquier persona, medianamente sensible, podría llegar a hablar del «rojo-columpio» o del «verde de los bancos para sentarse». También podría hablar del «amarillo-rueda», del «plateado-tobogán» y del «morado-azul-todos-los-colores» que adquieren las heridas de los carajitos cuando se caen de una de estas piezas coloridas o cuando uno le pega (o muerde) a otro por no querer turnarse el uso del sube y baja.

Al igual que en el mundo de los adultos, en el mundo de los chamos la violencia siempre está a punto de salir al escenario. Por eso no está de más que mamás y papás carguen consigo un morral en el que, aparte de agua, lleven Hirudoid, Merthiolate, Árnica y Iodex, no sea que la tarde en el parque culmine llena de chichones.

Ahh, la felicidad... La felicidad es un estado de alerta permanente para que nadie se caiga del columpio.

Besos para todos.