miércoles, mayo 27, 2009

LOS LADRONES
Carlos Soto Duque escuchaba un disco de Curtis Fuller en su camioneta. De pronto, un Maverick destartalado se le atravesó y lo hizo detenerse. Del vehículo se apearon dos hombres armados con sendas escopetas. Carlos se quedó en el borde de la vía dando gracias porque no le dispararon.

Henry Márquez Pérez se fue en la camioneta, mientras su compadre Yojan Yépez se iba con el Maverick y las dos escopetas. Como a Henry no le gustó la música que sonaba en el aparato, desconectó el Ipod y sintonizó una emisora de radio donde sonaba un reguetón.

Yo soy el maleante,
el que todos persiguen.
Muchos quieren darme muerte.
Pocos los que sobreviven

Henry Márquez Pérez y Yojan Yépez manejaron durante dos horas y cuarto. Cuando se detuvieron a orinar y a comprar queso, una mujer en estado y un hombre flaco y lampiño como un obelisco, se les acercaron y les mostraron dos pistolas. Ellos quisieron sacar sus escopetas, pero la mujer en estado no se anduvo por las ramas y le dio un tiro en un pie a Yojan Yépez, quien terminó en un hospital, mentando madres y llamando a su mamá.

La mujer en estado y el hombre flaco y lampiño como un obelisco se hicieron con las escopetas y se sentaron en el asiento trasero de la camioneta. A punta de pistola, Henry Márquez Pérez les sirvió de chofer. Dos horas más tarde, la mujer en estado dijo que quería ir al baño. Henry Márquez Pérez se detuvo frente a una iglesia. Él y el hombre flaco y lampiño como un obelisco la vieron alejarse con las dos escopetas y una pistola en las manos. El hombre flaco y lampiño como un obelisco le pidió a Henry Márquez Pérez que encendiera la camioneta y que se fueran de ahí a toda velocidad.

Una hora después, la camioneta estaba estacionada en una bomba de gasolina. Jesús Sanabria Ugueto fue el encargado de llenarle el tanque a esa Blazer tan bonita y de darle chicle a los dos tipos que viajaban en ella. Jesús les dio los chicles sin chistar porque aquellos dos tenían caras de perros y hacía mucho que había aprendido que para sobrevivir en el negocio de las estaciones de servicio no había que contradecir a las personas con caras de animales.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, Henry Márquez Pérez pensaba en cómo deshacerse del hombre flaco y lampiño como un obelisco o en cómo bajarse de la camioneta. Hacía rato que Henry Márquez Pérez había dejado atrás su destino. Aparte de eso estaba harto porque el hombre flaco y lampiño como un obelisco se puso a manipular el Ipod y había encontrado la carpeta de Metallica.

El hombre flaco y lampiño como un obelisco llevaba la mente en blanco; sólo reaccionó cuando vio que el sol estaba a punto de desaparecer del horizonte y que delante de ellos había una alcabala.

Como lo que iban en la camioneta no supieron simular su propia inocencia, el oficial Oliver Rafael Parra Gómez los mandó a orillarse. Nunca supo por qué no se extrañó cuando, parado frente a la ventana del vehículo y a punto de pedirle los papeles al conductor, le sacaron una pistola.

El hombre flaco y lampiño como un obelisco les pidió a Henry Márquez Pérez que manejara y al oficial Oliver Rafael Parra Gómez que le diera su arma de reglamento y se quitara su uniforme.

Cuando el oficial quedó en calzoncillos, el pistolero se sorprendió porque el chofer abrió la puerta de la camioneta en movimiento y se lanzó hacia la oscuridad.

El hombre flaco y lampiño como un obelisco detuvo la camioneta y cuando estuvo a punto de abrir la puerta, el oficial Oliver Rafael Parra Gómez tomó sus esposas y le amarró una mano al volante.

En la noche sonaron catorce disparos. No hubo muertos.

Seis días después, Carlos Soto Duque recibía la llamada del oficial Oliver Rafael Parra Gómez para decirle que fuera a buscar su camioneta.

Y todos en paz.