lunes, mayo 11, 2009

LAS PREGUNTAS ¿Por qué mientras el mundo entero se hace preguntas maravillosas, plenas de imaginación y con perspectivas hacia el futuro, la comarca mandarina se pregunta puras estupideces? No sé. Es un sino con el que debes cargar adonde vayas. Lo importante es hacerse partícipe de las grandes preguntas y no de los argumentos yermos que flotan sobre nuestro condado rapaz.

Vas en el tren, miras por la ventana y te encuentras con una película sin personajes. Allá afuera sólo hay casas, casas, más casas y edificios que pasan ante tus ojos en una tarde clara. Tú sólo te preguntas por qué vienes de un lugar remoto que sólo discute pequeñeces, en lugar de venir de una tierra amplia y cerebral.

La respuesta es muy sencilla: tú eres de donde eres y ya. Eso es un accidente más en la cadena de accidentes que es la vida. Está en ti ser partícipe y promotor de las grandes preguntas o cultivar los cactus mentales que crecen en tu desierto.

También está en ti ver si nuestro desierto deja de ser un desierto. Pero habrá que ver si el desierto quiere dejar de ser un desierto, cosa que, francamente, dudamos.

En estos días el mundo ha detenido su marcha. Hay una nube matemática sobre la humanidad. Las cuentas no cuadran. Los seres humanos vemos cómo se deshacen algunos gigantes de arena. También nos quedamos sin trabajo y lloramos en silencio.

Mientras eso sucede, los dueños del tren en el que viajo se preocupan por entender la ecuación errada y resolverla. Ellos saben que será difícil, pero están ahí, sobre el problema. Al mismo tiempo, los líderes de la comarca mandarina desvarían y decretan la felicidad en sus dominios. Tú no puedes hacer nada, salvo mirar al techo y rogar a Dios para que la estulticia no actúe a través de ti ni te roce ni te confunda.

En el planeta de donde vengo es fácil hacerse eco de la necedad generalizada. Por eso me asomo a la ventana del tren y veo otro mundo, otros arbustos, otros suelos. Allí hace frío y el viento te sorprende en las esquinas. Te sientes bien porque, a pesar de que caminas y caminas, sudas poco. No sabes por qué, pero te resulta fácil pensar que el calor que hace en tu comarca, nubla los pensamientos y los vuelve salvajes. Es muy probable que eso no sea cierto, que el calor no embrutezca a nadie y que los que se comportan como bárbaros lo hagan porque sí, porque son bárbaros y ya, sin importar si tiemblan de frío o si se asan de calor.

Tú nunca has podido entender a tus coterráneos. Siempre te ha gustado su amabilidad y su tendencia natural a la risa, pero jamás los has entendido…

Y ahora menos…

Tú sólo miras por la ventana del tren y los evocas y te dices que extrañas algunas de sus peculiaridades y te preguntas si tú eres como ellos o no. Muy pronto te dices que sí, que no sólo eres como ellos, sino que eres uno de ellos, que eres ellos, pero en una versión que quiere ser mesurada y que desea orinar siempre dentro de su puesto.

El tren sigue su curso a pesar de los accidentes del álgebra.

La vida continúa. Las empresas quebradas se funden, se refundan, se fusionan. La economía gatea y trata de sonreír. La gente pasea por las plazas; busca nuevos bríos en el aire; observa a las ardillas y a los enamorados. El mundo avanza, renco, pero avanza.

La comarca mandarina está postrada; apenas mueve su boca para quejarse o para decir pequeñeces. ¿Cuándo volveremos a oír palabras adultas en sus territorios? Quién sabe. Por lo pronto debemos ser pacientes y entender que el tren y las calles y los árboles y los edificios y las preguntas serias que se hacen en otras coordenadas también te pertenecen. Tú eres de la comarca mandarina, pero la comarca mandarina queda en el mundo. Quiéranlo o no tus congéneres enanos o los enanos de cualquier país, los dones de la Tierra son tuyos.

Y nadie te los puede quitar.