lunes, mayo 04, 2009

LA BURLA DEL HOMBRE SERIO
A la playa llegó un escaparate cerrado. Cuando los aldeanos lo vieron en la arena, conjeturaron lo inimaginable hasta que a alguien se le ocurrió abrirlo. Adentro había varias colecciones de mariposas, un frasco lleno de octópodos, un libro de entomología, además de un par de zapatos y un abrigo de ante.

Hubo gresca por las prendas. Alguien sacó una navaja y el círculo se deshizo al instante.

A los pocos días apareció otro arcón en el fiordo. Éste llevaba una caja de cristal que era un laberinto lleno de hormigas nerviosas cebadas de oscuridad.

Los aldeanos le dieron un martillazo a la caja de vidrio y se concentraron en las pieles de tejones, zorros y comadrejas que venían clasificadas en orden alfabético. Cada una venía en un sobre de tela en el que se incluía un breve informe escrito en un idioma que nadie en esa comunidad conocía. Por eso y porque nada de lo que trajo ese baúl les servía, los vecinos se molestaron. Sólo un parroquiano esperó a que la gruñona multitud se largara a dormir.

Una semana después, alguien preguntó por los muebles que llegaron del mar. Al parecer, fueron necesarios siete días con sus noches para que ese alguien se diera cuenta de que la madera de los cajones podría serle útil a la comunidad. No obstante, la búsqueda que se organizó no rindió frutos. Las cajas de madera no aparecieron y los ánimos de los vecinos se encendieron. Las arengas hablaron de registrar palmo a palmo la aldea y de darle castigo a quien se arrogara el derecho de darle uso a aquellas tablas.

Antes de registrar las casas, los ministros de la autoridad le pidieron a los parroquianos que hicieran memoria. Alguien debió oír más martillazos que de costumbre. Alguien debió ver más humo del habitual saliendo de alguna chimenea. En realidad nadie vio ni oyó ni olió nada.

Los ministros se pasearon por las calles, entraron a las casas y no encontraron nada fuera de lo normal.

Luego de reunirse varias veces y de discutir si el techo de la casa del médico brilla más que la del tabernero o si el piso de la iglesia chirría más que el de la tienda de abarrotes, los agentes de la ley decidieron reanudar sus pesquisas. Esta vez serían más exhaustivos y no se detendrían a pensar en frivolidades. Quienes fueran sospechosos serían interrogados sin contemplaciones.

A la hora de las requisas los agentes de la ley entraron y desordenaron cada casa, rompieron ánforas, desfondaron pisos, ahuecaron paredes… A un ático amplio y solitario fueron a dar quienes no justificaron la existencia de una tabla más en una biblioteca. Nadie evitó que entraran a su casa, pero todos estaban molestos por el maltrato y porque, al no aparecer los verdaderos culpables, los aldeanos en pleno eran sospechosos de haber sustraído algo que podía serle útil a toda la comunidad.

Así pasaron tres largos días.

Todos fueron culpables hasta que se aceptó la inutilidad de aquella investigación. Los ministros tuvieron que ofrecer disculpas. Las labores de los agentes de la ley no dieron con el paradero de los muebles. Por eso hubo un acuerdo tácito: nadie hablaría de aquella madera nunca más.

Y asunto zanjado.

De todos los adultos del pueblo el único que no despertó la menor sospecha fue el notario. Éste, la noche en que sus vecinos abandonaron los muebles en la playa, se dio a la tarea de analizar con calma los arcones y se dio cuenta de que fueron hechos con artesana maestría. Pronto descubrió, entre las tablas, unas bisagras que convertían a cada mueble en un discreto escritorio. Así se los llevó a su casa y les colocó encima todos sus libracos, sus papeles, sus tinteros y sus plumas, y continuó trabajando como si nada.

Así, en silencio, se burló de sus vecinos el hombre más serio de la comarca.