miércoles, abril 29, 2009

PASIÓN GLAMOUROSA
Nos vestimos para poner nuestro cuerpo a tono con los cambios del clima, pero también para darle rienda suelta a nuestro sentido de la belleza. De esa manera nuestra apariencia refleja quiénes somos, lo cual quiere decir que el «cómo nos vemos» está ligado a una parte muy íntima de nuestro ser, ésa que cuando nos vemos en el espejo, dice:
—Coño, María Antonieta, necesitas una faja. Mete esa barriga, chica.

Así que váyanse a la porra los que creen que la moda es un asunto frívolo... Frívolo (y estúpido) es ser fanático del béisbol y pelearse porque tú eres de tal equipo y tu vecino de aquel otro.

Pero, cuidado. El simple hecho de ponerse una chaqueta de Balenciaga no hace elegante a nadie. Para que un traje le quede bien a su portador, debe adaptarse a su cuerpo. Traje y dueño deben ser uno en una comunión de cuerpo y tela.

Todo lo que conforme el atuendo debe guardar relación de equilibrio, proporción y medida con el cuerpo que lo porta. Lo contrario es un disparate.

La relación entre el cuerpo humano y la vestimenta es uno de los aspectos más fascinantes del mundo de la moda. Uno forja al otro, lo alimenta y lo eleva a cotas de perfección insospechadas. Puede que una pieza de haute couture, de Gyvenchi no luzca igual en una señora de medidas normales que en una modelo como Jessica Miller. Sin embargo, si ese traje, se entalla y se cose a la medida, no hay razón para pensar que a la señora de medidas normales no le vaya a quedar bien y no vaya a lucir radiante cuando se lo ponga.

El tema de la moda no se limita al tema de la ropa; es también potenciar nuestra belleza física, para lucirla y para ponerla a funcionar en nuestro beneficio; es combinar nuestro físico y nuestra manera de ser con la ropa, el calzado, el perfume y el peinado que llevamos para generar una «atmósfera» a nuestro alrededor.

¿Cómo definir esa «atmósfera»? ¿Qué nombre ponerle para no usar los ya gastados (y gays) «elegancia», «estilo», «charm», «chic» o «no sé qué»? Hay quien llama glamour a esa extraña y atractiva aura que rodea a quien sabe combinar bien su ropa, su físico y sus maneras. En el fondo, esa atmósfera no es más que una estética del comportamiento que sólo puede generar de manera consciente quien se sepa comportar, quien se sepa vestir y quien sepa mantener a su alrededor ese «aire» que le es agradable a quienes se le acercan… Parece sencillo, pero no lo es.

Para ser glamouroso de verdad hay que tener un don especial que no se limita a que se use una bufanda Donna Karan o un perfume Yves Saint Laurent. Tampoco se limita a que la persona haya viajado a todas partes, a que tenga una abultada cuenta bancaria o a que sea dueño de una vida rica en experiencias extraordinarias que contar. En realidad, para ser glamouroso se necesita saber combinar variables como las anteriores y hacerlo, además, de un modo natural.

Por eso es tan difícil generar glamour. Por eso hay tan poca gente con glamour en este mundo. Por eso (por tratar de generar glamour a juro) el mundo de la moda es, a veces, tan barroco, tan amanerado y tan extraño.

La búsqueda de eso que hemos convenido en llamar glamour es el punto cero del eje de coordenadas que conforma a la moda. Los diseñadores fungen como cabezas visibles de unas empresas que le ofrecen al público la posibilidad de armar su propio rompecabezas del glamour. No en vano ellas mismas producen prendas de vestir y de calzar, cremas para el cuerpo, gafas, joyas y demás accesorios para que cada quien los combine a su manera frente a su espejo y se arme una «atmósfera» que será única e irrepetible como lo es cada persona.

Más allá de la reiteración, vernos bien nos hace sentir bien y con ganas de hacer el bien. Al menos eso es lo que queremos creer.