miércoles, abril 08, 2009

LA REDENCIÓN DE UN HOMBRE DE BIEN

Quería comenzar esta crónica diciendo que soy adicto a la belleza, pero, en un instante de iluminación, me di cuenta de que un aserto como ése peca de afectado y hasta de falso en unos tiempos tan raros y tan violentos como éstos que nos ha tocado compartir. Pensándolo mejor, decidí quitar eso de la belleza y declarar que me fascina todo aquello que me permite atemperar (cuando no anular) los efectos devastadores de cuanto clama salvajismo, iniquidad, estulticia, barbarie, descomposición y detritus colocado fuera de su sitio.

Es así como necesito tener cerca libros y discos, más libros y más discos que me ayuden a imaginar mundos mejores que éste en el que vivimos.

¿Qué? ¿Les parece aburrida mi adicción? ¿Y qué? Búsquense la suya. Al menos la mía no produce humo ni me pone estúpido… O sí, sí me pone (más) estúpido, pero no estúpido como ponen estúpidos otras sustancias que aletargan o aceleran al que las usa. Quien se vuelve adicto a esos compuestos transforma su cerebro en un saco de arena mojada y se abre a sí mismo la puerta para convertirse en un ser patético de los que estrellan su carro o se meten en cuanto lío exista. Así de horribles son estas cosas.

Pero no nos invitaron para que disertáramos sobre el patetismo de los toxicómanos. Vinimos a hablar sobre aquello que hemos convertido en indispensable para sentirnos bien, relajados, contritos y contentos. En el caso de quien esto escribe, ya les he dicho que no puedo vivir lejos de mis libros ni de mis discos, y que conste que no siento por la literatura esa adoración pastosa que siente otra gente que conozco. Cuando me nombran a Bolaño, a Vila Matas, a Oscar Marcano o a Murakami, no pongo los ojos en blanco. Tampoco caigo en raptos místicos, si leo a Borges o a Saramago o a cualquiera de ésos que la gente lee como a oráculos. Yo leo porque me gusta, porque me ayuda a sobrellevar el peso de la realidad, porque necesito alimentar mi imaginación con algo más que los preocupantes delirios que encuentro en los noticieros y en las calles.

(Entre paréntesis: ¿no les parece que hay una legión de grafiteros venezolanos que parece sacar sus motivos de las últimas páginas de sus cuadernos de Física? También de esa gráfica siniestra, de ese feísmo en aerosol, me protejo, cuando me encierro en mis libros).

En cuanto a la música no sé si soy más exigente que con la literatura. Aunque no tiemblo ni me pongo dogmático como se ponen dogmáticos los que comparan todo lo que oyen con Mahler, debo decir que no me gustan el reguetón ni la salsa ni las baladas cantadas por petimetres. Detesto la música de moda y todo lo que huela a Top Ten. Tengo el Ipod atiborrado de jazz y de rock duro. Disfruto oyendo a Oliver Nelson y a Metallica. Paso de Wolfmother a Bill Evans sin problemas.

Pongo el equipo a todo volumen porque me gusta, porque me coloca a años luz de los sonidos mefíticos que nos rodean. La música tiene el poder de hacernos evocar, por igual, momentos que vivimos, momentos que creemos haber vivido y momentos que quisiéramos vivir. ¿Por qué diablos suponen Uds. que me he vuelto adicto a la música? Pongo un disco de The Who y, de inmediato, me veo en el Marquee de Londres. Pongo a Eric Dolphy o a Sonny Rollins y evoco el Village Vanguard, de Nueva York... Antes oía mucho Brahms, mucho Mozart, mucho Bartok, pero un día me di cuenta de que cuando oía esa música, me ponía demasiado fastidioso y sólo atraía a gente loca y sin sentido del humor.

Mis discos y mis libros me ayudan a sobrellevar el caos que se ha desatado en un mundo que cada vez se hace más idiota. Así que de ningún modo puedo aceptar que me alejen de mis vicios. Moriría ahogado en un exceso de brutalidad.