lunes, abril 13, 2009

ASUNTOS INTERNOS
La mujer se mueve con precisión; su cuerpo se desliza sin levantar más gotas de las necesarias. En el agua flotan otros nadadores, pero sólo ella va y viene, de uno a otro extremo de la piscina, con la mente convertida en un rectángulo blanco. Va ligera. No lleva nada en la memoria ni en el alma. Sus problemas quedaron fuera de la alberca.


Así pasa una hora hasta que le dan ganas de hacer pipí y el hechizo se rompe. No importa. Ha permanecido durante sesenta minutos alejada de sus cuitas.


Ella nada cada tarde y sabe que su salud se beneficia en la sincronía de sus largas extremidades. Cuando comenzó a ir a la pileta, jamás pensó que además del beneficio físico, lograría algo que juzgaba imposible: disolverse, poner en pausa sus pensamientos y hacer que su mente le muestre ese rectángulo blanco que es todo lo que queda cuando las complejidades de la vida se esfuman por un rato.


¿Qué borra nuestra bella dama de su cabeza mientras permanece en la piscina? Pues lo mismo que borraría cualquiera: las idioteces que cometen los miembros de su familia, los problemas, las porfías, las necedades ajenas que viven en cada uno de nosotros; que si el esposo tiene un brazo enyesado porque se cayó de una escalera al dárselas de electricista; que si el hijo mayor se fue al concierto de Iron Maiden con un tapabocas en la cara porque dizque no quería que la mugre del mundo se le pegara esa noche; que si el otro hijo le estrelló la Cherokee contra un poste; que si la muchacha de la limpieza dispuso de los jengibres que tenía en la nevera porque les parecieron torcidos e inútiles…


La madeja de asuntos incómodos se queda fuera del agua. En la piscina lo único que a ella le importa es abandonarse al movimiento sistemático de las distintas partes de su cuerpo y disfrutar del hosco silencio de las profundidades. Ahí no hay hijos que hagan el papel de imbéciles ni esposos que juegan a que se las saben todas ni mujeres de servicio que cambian la disposición de los muebles porque a ellas les da la gana.


A pesar de que deja fuera de la piscina aquello que constituye un estorbo para su tranquilidad, ella piensa que lo que la perturba es un hatajo de tonterías, que hay gente por ahí con problemas auténticos, con enfermedades terminales, líos económicos o disyuntivas serias. Nadie con un hijo enfermo o con una empresa en quiebra se olvida de sus problemas por más que se meta en una piscina y nade como loco.


Aún así le dan rabia las necedades de sus hijos. Lo de su esposo no la fastidia tanto porque, mal que bien, se aporreó el brazo por trabajar en su casa, por querer mantenerla bella y en funcionamiento. Que su marido no sea un genio con una caja de herramientas en las manos es otra cosa… Pero lo de sus hijos… Lo de sus hijos es una mortificación mayúscula. El mayor es un prodigio en los estudios, pero no tiene novia ni demasiados amigos. Para colmo, le dio por salir a la calle en pantalones cortos y con ese tapabocas… Así no conseguirá novia nunca y ya está bastante mayorcito… ¿Y el otro? El otro no es tan buen estudiante como el mayor, pero tiene la vida social de George Clooney… Dios quiera que se cuide y que no se pierda a sí mismo en una nube de estupidez.


Cuando ella sale de la piscina, siente que el alma se le llena otra vez de anécdotas lacerantes. Sin embargo, sus pequeñas aflicciones no la aplastan. El bienestar que siente en todo su cuerpo destila una suerte de anestesia que mitiga el poder de las barbaridades que cometen quienes viven a su lado. Por eso se dice que, pase lo que pase, seguirá dedicándole esos sesenta minutos al rectángulo blanco.


Y los demás (al menos durante esa minúscula hora al día) que se las arreglen como puedan.