lunes, marzo 16, 2009

LOS RINCONES DIFÍCILES Si Uds. quieren saber de cosas difíciles, pónganse a resolver problemas de cálculo con el Método de Cross. Si eso les parece simple, estudien Medicina, métanse a cirujanos oculares, dedíquense a dibujar un cactus o a explicar, por escrito, cómo se amarra una corbata.

El mundo está plagado de complicaciones que retan todos los días al material del que estamos hechos. A cada paso se nos aparece un monstruo que aniquilar, una contrariedad que resolver, un desastre del que debemos huir. La vida está llena de filtraciones…

Antes de continuar, reciban, si les parece pertinente, este consejo: jamás emprendan un trabajo de plomería después que se haya ocultado el sol. Pueden terminar con la casa inundada o pasando coleto a las dos de la mañana. Gracias.

La brutalidad tiene un tic eterno: desprecia y minimiza cuanto ignora. Por eso hay tanto infeliz que se las da de sabio o que cree que se puede hablar sin saber. A los brutos se les conoce porque opinan sobre cualquier tema que entre dentro de su pequeño mundo. Así sobran los gorditos que «saben» de política, los motorizados que recetan pastillas para la erección, las amas de casa que «conocen» de diplomacia internacional, los boquinetos que se las dan de críticos literarios o de arte. Menos mal que aún quedan especialidades sobre cuyos detalles no todo mundo puede opinar. Todavía nadie ha escuchado a un mecánico de ascensores diciendo que los científicos de la Nasa se equivocan si creen que en Marte hay organismos anaeróbicos…

El día que ustedes oigan a un raspadero diciendo que la fermentación anaeróbica es uno de los fenómenos que dio origen a la vida en este planeta, prepárense porque ese día lloverán langostas (a la Termidor) y sonarán las trompetas del Juicio Final.

En esta época rara los seres humanos creemos que el mundo es tan sencillo como aparenta y por eso nos hemos abandonado a una actitud laxa y grosera hacia el conocimiento. Fuera de las universidades o de ciertos círculos, no puedes hablar de nada complicado. No está bien visto que platiques de nada complejo en nuestra radio o en nuestra televisión. Nuestros periódicos cada vez son más esmirriados y, si quieres escribir sobre ciencia, historia, arte o literatura, te mandarán a los famélicos suplementos culturales, eso sí, con una advertencia según la cual si te pones demasiado «intenso», no publicarán tu artículo.

Vivimos rodeados de paradojas. Si quieren una prueba, observen que en esta era tenemos los aparatos más complejos que se hayan inventado jamás, pero detestamos con todo nuestro ser hablar de temas espinosos. A todos nos encanta ver televisión, pero ignoramos por completo cómo funciona el pantalla plana de sopotocientas pulgadas que tenemos ahora mismo en la sala de nuestra casa.

En fin… Que nos hemos acostumbrado a no hacernos preguntas y a simplificarnos la mente y la vida porque así estamos más cómodos y porque para qué me voy a amargar yo tratando de entender cómo funciona el Wii, si es tan de pinga enchufarlo en el televisor y jugar tenis digital durante horas.

El conocimiento exige sacrificios, pero a cambio ofrece una riqueza invisible que se expresa a través de dos actitudes de las que carece esta época apoltronada: la humildad (quien se dedica al estudio, aprende que no se pueden abarcar todas las ciencias ni todos los saberes) y el orgullo (nada como superar todas las dificultades hasta lograr resolver las más complicadas y peludas ecuaciones del universo).

Todos tenemos algo que aprender cada día. Lo importante es no permitir que la brutalidad se apodere de nosotros y entender que operar tumores cerebrales es casi tan complicado como aprender a anudarse una corbata.