miércoles, marzo 11, 2009

CORAZÓN DE SURFISTA El mar ruge como un león. Mientras más fuerte sea ese rugido que viene y va, los bañistas son más selectos. Para muestra basta ver las playas donde las olas le ofrecen al paisaje un rumor atildado. A ellas van los turistas con sus toallas y sus sombrillas a bañarse, a leer y a convertirse en despreocupadas milanesas humanas que buscan, por sobre todas las cosas, un rato de sol y solaz. Las playas así viven llenas de gente que asume una civilidad sin ropa; son centros turísticos con anatomías bronceadas que juegan al tenis o levantan castillos de arena de lo más familiares.

En las playas donde el león ruge con fuerza, no abundan los niños ni las señoras que pasean pringadas con menjurjes antisolares. A esos parajes van unos seres extraordinarios que aman a sus novias casi tanto como a sus tablas. Son los surfistas que se deslizan entre las olas sin importarles los tiburones ni las mareas ni los remolinos ni las piñas coladas.

Los surfistas viven para el disfrute. Su vida parece un prodigio de sensualidad. Por eso, porque parecieran andar todo el día en shorts, producen una envidia profunda en los que deben andar de chaqueta y corbata. Debe ser una maravilla vivir en un desnudo constante, preocuparse por el tamaño de las olas y tener entre los objetivos más preciados la diaria unción a su tabla, ese instrumento con el que cada surfista se labra su propio prestigio.

Las tablas de surf parecen todas iguales, pero no lo son. A diferencia de las de hace cincuenta años, que eran un tanto mostrencas, las de hoy tienen ligeras diferencias de diseño que las hacen más ligeras, más rápidas, más estables, más adecuadas para determinado tipo de playa y para el gusto de cada surfista. Que existan infinitas variaciones para un objeto tan, en apariencia, sencillo como una tabla, reputa que el surf es un complejo universo que se esconde tras la delicia de los paisajes playeros. Piensen que, dependiendo de su destreza, ustedes podrían surfear sobre una Becker o deslizarse acostados boca abajo sobre una Morey Boogey para niños.

El universo surfista es diverso y complejo. Sus códigos giran alrededor de la playa y del sol. De ahí que proliferen las guayaberas con palmeras y olas, toallas con arreglos florales salvajes, tablas con luminosos mares, gorras, franelas y sombreros con motivos que hablan de un repertorio solar dispuesto para celebrar los días perfectos y cálidos de la naturaleza. Eso demuestra que en todo surfista pelipintado hay un filósofo escondido que suscribe la idea de que hay que aprovechar cada día como si fuese el último de nuestras vidas.

Al menos en el espacio de nuestra mente donde guardamos la memoria del surf, el reggae es el equivalente sonoro de ese universo. Quizás alguna vez nos hayamos topado por ahí con un jeep del que emanan la voz gangosa de Bob Marley y la atmósfera condimentada con el vapor de la felicidad botánica… En ese jeep, que lleva tres tablas amarradas al techo, viajan una jeva bellísima y dos manganzones de dreadlocks amarillos que lucen cholas negras y lentes oscuros. Ésa (¿quién lo duda?) es una de las tantas imágenes que asume la felicidad.

Y ahora que hemos llegado a este punto, quisiéramos expresarles que nunca hemos entendido por qué a los surfistas siempre se les ve la alcancía. ¿Será que compran tallas grandes a propósito? ¿Será que no les gusta usar correa? ¿Será que llevar parte de la raya al aire les recuerda la sensación de estar dentro de una ola? Quién sabe. A lo mejor es un asunto de estilo y nada más.

Deseamos de todo corazón que el jeep del párrafo antepasado no se tope con ninguna alcabala. Miren que si la policía los parara, acabaría de inmediato con la felicidad de los surfistas.