miércoles, febrero 11, 2009

MEDITACIONES EN BARRENA
La mayoría de la gente sólo se relaciona con objetos, situaciones, lugares y personas que «huelen» a dinero. El mundo ha sido así siempre, pero en esta época esa situación es más intensa y también más perversa. Quizás sea porque somos más y porque las fuentes de riqueza y poder son las mismas de toda la vida y no alcanzan para tantos seres humanos agalludos. Al haber más gente queriéndose quedar con la mayor cantidad de riqueza posible, comienzan la competencia y el oprobio... Y, como sabemos, ese camino es infinito. Es la carretera del lado oscuro. Ahí las hienas acechan disfrazadas de gallinas y todo el mundo quiere comerse a todo el mundo. Así es la vida de los caníbales.

Cada cierto tiempo nos sorprende redescubrir semejante fenómeno. Un candor amnésico maneja nuestra mente y hace que se nos olvide cómo es todo en realidad. Nos encerramos en el trabajo y en las obligaciones de la vida, nos aislamos de esa carnicería que hay todos los días en todas partes y de la que no escapas ni encerrándote en tu casa.

No hay manera de escaparse. A juro, debes agarrar tu cuchillo y ponértelo en la boca para defenderte de esos tigres de dos cabezas que usan corbatas y hablan bonito. Tú afilas tu cuchillo leyendo, mirando obras de arte, reuniéndote con gente más talentosa que tú, entrenándote en la gramática de la sobriedad y tratando de entender que el universo es más amplio que tu propia cabeza. Ese cuchillo es invisible y consiste en crearse una visión del mundo que trate de entender otras visiones del mundo, así sea para saber que existen.

Ésa es un poco la respuesta a qué hacer en medio de este marasmo que naufraga en el vórtice de su propia necedad.

Comprarse libros y leerlos, adquirir discos y oírlos, invertir el tiempo mirando pinturas poderosas, dialogar con el prójimo y aprender de él, es lo más digno que uno puede hacer mientras las hordas se pelean por las gasas de una momia.
Vivimos un tiempo extraño en el que los edificios no tienen ventanas, los bombillos no alumbran y hay más carros que calles y avenidas. Es así. Hemos hecho de nuestra existencia algo raro. Por eso no estaría de más que nos sentáramos a pensar en las estupideces que hacemos y decimos, y que nos alejan de la rectitud con la que hay que encarar las dificultades arteras de estos días feroces.

Es de noche y el cielo fosforesce anaranjado. El bosque se incendia. El crepitar de las llamas se confunde con el clamor de los árboles que crujen. Si no sabemos dónde estamos parados ni para qué servimos, nos quedaremos muy orondos viendo el paso del verde al gris. Sabemos que la tragedia es un imán que atrae y paraliza; también que hay que librarse de su influjo, mover ese culo y evitar que el espectáculo termine como terminaría, si no hacemos nada. De lo contrario, haremos nuestra vida en un desierto desolado, y no podremos lamentarnos de nuestra lenidad. Si lo hiciéramos, mereceríamos todas las saetas del cosmos. Cargaríamos con la culpa de haber sido público, cuando debimos ser actores.La adversidad y el mal hacen que dudemos de nosotros mismos y sólo podemos dudar de nosotros mismos unos pocos minutos a la semana, aunque el dolor y la rabia vayan por dentro, como una corriente silenciosa. Demasiadas urgencias dependen de nuestras gestiones. Por eso no hay tiempo para llorar, aunque un grito no quede mal de vez en cuando.

El éxito no existe. El fracaso no existe. Seguimos adelante, ganamos plata, perdemos plata, hacemos cosas o no hacemos nada, reímos, lloramos, nos enfurecemos... Y la vida sigue. Mientras estemos aquí, la vida sigue y es muy dura.

Al final lo único que importa es que alguien, además de nuestro perro, nos quiera y se alegre con nosotros.