jueves, febrero 05, 2009

EL DOCTOR MANHATTAN Y LA LAVADORA DE ENRIQUE El doctor Manhattan es el único de los Watchmen que tiene superpoderes. Él se agranda, se achica, se aparece donde quiere, materializa objetos, traspasa paredes, teletransporta gente y le fascina andar desnudo por ahí. Quién sabe por qué, pero al escritor de estas crónicas le ha dado por pensar que cada vez que leemos, nos convertimos en una versión del doctor Manhattan.

Tal vez ustedes no tengan esa sensación porque no cultivan el hábito de la lectura, pero cuando lees, te desapareces del sofá donde te encuentras sentado, te teletransportas a otras tierras, te conviertes en un gigante o en un ser microscópico, viajas a Júpiter, sales del siglo XXI y entras al siglo XII, luchas contra jirafas asesinas, besas a Cameron Díaz y la dejas exánime (y enamorada) con tus artes vampirescas... Todo lo puede y todo lo hace el lector porque tiene los poderes del doctor Manhattan.

Eso sí: a este superhéroe de carne y hueso no le faltan los aguafiestas que creen que, mientras lo vean ahí, sentadote y en plena lectura, se le puede pedir que haga favores de todo calibre, que vaya al abasto, que traiga lumpias del restaurante chino, que pase coleto o que le prepare un tetero al niño. En este planeta pleno de iniquidades y estulticia abundan quienes creen que la lectura es la presentación más refinada de la flojera.

Los que sostienen semejante necedad ignoran que cada lector hace un pacto secreto con el futuro. La lectura se realiza en un aquí y en un ahora, pero sus efectos se ven siempre en un tiempo que aún no ha llegado. Por eso no tienes que angustiarte si se te olvida el argumento de tal o cual novela o si el ensayo equis o zeta desaparece de tu memoria a los pocos días de terminarlo. Lees para entretenerte o para pasar un examen, pero lees también para remover tus recuerdos y tu imaginación, para hacerte de un vocabulario extenso, para detectar ritmos, para tratar de entender a los seres humanos y el mundo en el que vivimos, para saber qué piensan, qué ven, qué opinan, qué sienten y qué quieren los demás.

Leemos para darnos cuenta de que no estamos solos.

Según mi amigo Enrique Enríquez, la mejor manera de entender cómo funciona nuestra imaginación es representándola como una media a la que metemos en una lavadora. Al sacarla del aparato, la media puede salir encogida o estirada; puede haberse desteñido o lucir el nuevo color que se destiñó de otra prenda; pudo desaparecer o tal vez aparezca junto a otra que, a su vez, desapareció en otra lavada. Así es nuestra imaginación: agranda, encoge, aparece, desaparece, decolora, tiñe, ruñe, limpia y transforma, todo lo que cae en ella.

En esa estupenda parábola, la lectura podría formar parte de la energía que mueve a la lavadora. Mientras más depurada sea esa fuerza, se diversifican las formas que podría asumir el bendito calcetín. Así tenemos que la lectura podría verse como una actividad que amplía la vida, que le da opciones, que la abre y le ofrece múltiples posibilidades. Eso sí: para acceder a sus dones hay que incendiarse las pestañas, pasar horas achicándose y expandiéndose como el doctor Manhattan o como la media dentro de la lavadora… Quien no lee, en lugar de lavadora tiene en su cerebro un «tobo chaca-chaca» como el de la antigua cuña de Ariel. Hay que aspirar a que nuestra mente se convierta siempre en una morocha de las que lavan y secan a la vez…

Sepan ustedes que la lectura le permite a cada persona algo muy importante que tiene que ver con ajustar cuentas consigo misma… Leer renueva las palabras con las que examinamos nuestra propia conciencia, lo cual es decisivo para continuar felices y contentos en esta vida llena de momentos aciagos y estúpidos.

Sigamos creyéndonos el doctor Manhattan.