domingo, febrero 01, 2009

EL DÍA EN QUE HERNÁN AMANECIÓ CONVERTIDO EN MARIO VARGAS LLOSA Apenas salió de su sueño más profundo, se dio cuenta de que sus dientes crecieron durante la noche. Eso no lo sorprendió tanto, pues desde hacía tiempo se despertaba abrumado por pesadillas odontológicas que podían interpretarse como un claro aviso para que visitara al dentista. Lo que más lo sorprendió fue el rumor que oía en su mente. Aunque cubriera su cabeza con la almohada, no lograba silenciar a la multitud que hablaba en su cerebro.

Hernán se levantó de la cama y fue directo al espejo. En lugar de su cara de plomero, vio el rostro serio de Mario Vargas Llosa. Hubiera seguido contemplando su nueva fachada, si la fisiología no le hubiese impuesto su autoridad.

Mientras orinaba como un autómata, puso atención a las voces que hablaban en su cabeza. Al principio le pareció que eran muchas y que discutían, pero pronto se dio cuenta de que no hablaban entre sí y que cada una decía algo distinto e importante. Una disertaba sobre la libertad y la democracia; otra emitía enjundiosas opiniones sobre libros, procesos políticos, hechos noticiosos y demás. También oyó una voz que se preguntaba por qué Saramago es tan famoso, si sus novelas son tan aburridas.

Si Hernán no hubiese sentido el dolor de cabeza que sintió en ese momento, se habría sentado a escribir el décimo quinto capítulo de una nueva novela.

Nelly, una mujer fuerte de las que no se arredran por nada, vio a su esposo convertido en Mario Vargas Llosa y, sin mover una ceja, le preguntó:
—Tú vas a seguir trabajando como plomero, ¿verdad?
—¿Por qué lo preguntas, mi amor?
—Porque tú ni tu nombre escribes bien.

Hernán le dijo que dejase la preocupación, que él con su cara o la de Vargas Llosa, cambiaría la poceta que se comprometió a cambiar. No obstante, pasaron dos minutos desde que había pronunciado esas palabras, cuando tocaron a la puerta de su casa y aparecieron una dama y un caballero, requiriendo la presencia de don Mario. Nelly iba a decir que ahí no vivía ningún don Mario, cuando ya el caballero y la dama le estrechaban las manos a su marido y le decían que ellos estaban ahí para llevarlo al paraninfo universitario donde recibiría su doctorado honoris causa.

A Hernán no le dio tiempo de abrir la boca. Un huracán de elogios lo puso en el Camry que lo llevaría a la universidad donde debía ponerse una toga y ofrecer un discurso magistral. En el camino le hicieron infinitas preguntas sobre La fiesta del chivo, Conversación en la catedral y La casa verde. Por cortesía y porque ahora era un dientón, Hernán no dejaba de sonreír, lo que le permitió contestar con un «sí» o un «no» sin que sus interlocutores lo creyeran un divo antipático. Aún así, pronto se vio conminado a responder porque le hicieron una pregunta muy precisa sobre el erotismo en su obra y, en particular, en Elogio de la madrastra. Hernán dudó unos instantes, pero pronto comenzó a hablar de lo único que sabía: de llaves inglesas, de alicates de presión, cinceles, martillos, sacos de cemento, extensiones de plástico, uniones universales…

El caballero y la dama asintieron muy serios; no entendían un carajo, pero mientras pensaban para sus adentros que la teoría literaria contemporánea es muy parecida a la plomería, ponían cara de entendidos en la materia.

Hernán llegó a la universidad seguro de sí mismo; recibió el doctorado honoris causa, dictó cátedra sobre grifería y sacos de arena, firmó libros y fue feliz porque nunca lo habían adulado tanto en su vida.

A esa misma hora, el verdadero Mario Vargas Llosa sufría en Madrid porque había amanecido con la cara de Hernán. Al contrario del plomero, don Mario se daría cuenta muy pronto de que no importa quién seas en verdad ni cuánto sepas de literatura. Si no eres famoso, nadie te prestará la menor atención.