miércoles, febrero 18, 2009

ALTER EGO CON GAROTA EN LA PLAYA IMPOSIBLE


Cada cierto tiempo nos da por desear lo imposible, por querer salirnos de nosotros mismos, ser otros y andar por ahí con otra cara y otro cuerpo y otros problemas y otra casa y otro marido y otro perro y otra esposa y todas esas cosas.

 Cuando uno está así, lo mejor es servirse una cerveza bien fría y dedicarle unos cuantos minutos a planificar unas vacaciones. Si ustedes no beben, pónganse a hacer un crucigrama o vean Boston Legal. Hagan algo, pero no cultiven la entelequia de querer ser otros ni de concebir que sus respectivas existencias son menos interesantes que las de los demás. Recuerden que la vida de los seres humanos (aquí y en cualquier parte) se parece mucho. Por eso y porque la estupidez trasciende las fronteras, más vale que nos quedemos quietecitos siendo los que somos.

 No obstante, a partir de la idea de querer ser otros, nunca han faltado inventores de historias que le han dado a ese atávico deseo las vueltas más extrañas e interesantes. Nicolai Gogol, Julio Garmendia, Jorge Luis Borges, Bram Stocker, Charles Maturin, Adolfo Bioy Casares, Alfred Hitchcock, David Lynch, Israel Centeno, Rodrigo Blanco Calderón y muchos más, imaginaron relatos en los que un personaje se encontraba con la sorpresa de que alguien exacto a él, recorría avenidas o vivía en otros mundos, mientras ese personaje se encontraba en su casa tomando café u oyendo discos de Dorothy Donegan de lo más tranquilo.

 En esos casos, las reglas de la literatura fantástica justifican y, a veces, hasta explican cualquier exceso de imaginación. Sin embargo, en el mundo real no hay leyes que justifiquen el que tú estés caminando por la playa y de pronto te consigas a ti mismo papeado y sin camisa jugando tenis con una rubia brasileña, narizona y bronceada. En ese caso, la única ley que se impone es la de la genética y, claro, la sospecha de que tienes un hermano gemelo del que te separaron al nacer. Los hermanos gemelos son los únicos que pueden jugar a que tienen otro yo. En Cien años de soledad, Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo jugaban a confundir a su mamá, haciéndose pasar el uno por el otro hasta que un día, de tanto jugar a ese cambio de identidades, se confundieron. Así José Arcadio Segundo terminó siendo Aureliano Segundo y Aureliano Segundo terminó siendo José Arcadio Segundo. Algo parecido le pasa a Joaquín Ortega cada vez que sale a beber con los hermanos Castejón… Víctor y Freddy son gemelos exactos. Bueno, no tan exactos porque el primero es más culón que el segundo, pero en defensa de Joaquín, debo aclarar que ese detalle no se nota cuando están sentados a la mesa de una tasca, rindiéndole los honores correspondientes a un obelisco de whisky. Después de varias horas de cuentos groseros entreverados con montaditos de sobrasada y queso manchego, Joaquín comienza a acusar recibo de las rocas del whisky viendo raro a los hermanos Castejón y preguntándoles a uno primero y al otro después: 
—¿Tú eres tú o tu hermano? 

 Juan Villoro escribió «La alcoba dormida», un cuento en el que un sujeto medio gafo se enamora de una muchacha que tiene una hermana gemela. Sobra decirles que las dos hermanitas se valen de su parecido para fagocitarse con todo y pantalones al mozo idiota. Por supuesto, el cuento es más complicado que como aquí se los refiero, pero yo no soy Juan Villoro.

 Encontrarte a tu hermano perdido es una situación extraña. Mejor hazte el loco, no sea que termines preguntándote por qué él tiene una novia brasileña, narizona y bronceada, y tú una bracipeluda que no te deja ponerte tus corbatas de orquídeas hawaianas.

 Recuerda siempre que Eddie Brock es Venom, que Peter Parker es el Hombre Araña, que tú eres tú y que no hay nada que se pueda hacer, salvo llevar la vida con dignidad.