lunes, enero 12, 2009

LA VELOCIDAD DE LA SOMBRA
1
Dolores invitó a Arturo a una pequeña fiesta en su casa. Él acudió feliz de la vida no sólo porque le encanta una kermés, sino porque sentía un cariño muy especial por su amiga.

A las ocho en punto de aquel sábado, Arturo y su esposa Valentina hicieron acto de presencia en casa de Dolores. Después de los saludos habituales, los esposos se adentraron en aquel apartamento radiante y ordenado; conocieron gente, elogiaron la decoración de la mesa de los quesos y comentaron con los amigos algo sobre la música que sonaba desde la base de un ipod. Al rato, cuando ya habían probado los abrebocas y conversado con una rubia de tetas operadas que vive en Phoenix, sucedió algo que dejó atónito a Arturo.

De pronto, el tuqui-tuqui se detuvo. Parada junto al ipod, la dueña de la fiesta les sonrió a sus invitados y les pidió su atención porque ahí, junto a todos ellos, se encontraba una enóloga muy prestigiosa —y señaló a una gordita de metro y medio de altura— que venía a compartir sus conocimientos sobre el vino con todos los presentes.

Arturo y su esposa se miraron las caras, al tiempo que la gordita iniciaba su discurso sobre las distintas cepas, los diferentes bouquets, y los diversos cuerpos de este licor ancestral. Arturo alternaba su mirada entre Dolores, la gorda metro y medio, y la sala del apartamento donde se encontraban… En eso estuvo durante un largo rato sin prestarle la menor atención a las disquisiciones sobre tintos, blancos y rosados, hasta que dio con lo que le parecía raro de aquella trampa en la que él y su esposa habían caído cual conejos…
2
Carlos tenía un iphone a pesar de que su cuenta de ahorros estaba en rojo, de no tener trabajo y de vivir alquilado en una habitación con derecho al baño y a las cucarachas que traía consigo el baño. Para nuestro amigo el iphone es un tesoro que le recuerda que más allá de las privaciones a las que está sometido, hay una vida bella y agradable que vale la pena.

El otro día lo botaron del trabajo como parqueador de autos porque le dio su merecido a un cliente que quiso birlarle su aparato telefónico. El tipo creyó que Carlos había metido la mano en el bolsillo de su chaqueta y le había sacado su iphone. No preguntó antes ni se le pasó por la cabeza que el parquero tuviera también un artefacto idéntico al suyo. El cliente vio el iphone en manos del sujeto que le estaba entregando su carro, y de inmediato se imaginó que era su súper teléfono. Por eso dijo lo que dijo. Por eso le dejaron la cara como se la dejaron. Por eso —porque no se coñacea a los clientes— botaron a Carlos de su trabajo.

El detalle que faltaba
¿Qué vio Arturo? ¿Qué fue lo que le pareció extraño de aquella fiesta trocada, de súbito, en cata de vinos? ¿Qué diablos hace un sujeto como Carlos con un iphone? No es que los que los que trabajan estacionando carros no tengan derecho a tener un iphone, pero ¿por qué les da por ahí? ¿Por qué no se compran algo más necesario? ¿Por qué adquieren un teléfono tan caro en lugar de ahorrar y buscarse un baño sin cucarachas?

Arturo vio algo muy sencillo: en la casa donde disertaba la gorda, no había un sólo libro. Donde no hay libros, no hay cultura. Y el vino es cultura. Que lo digan los griegos... Arturo armó su silogismo a la velocidad de la sombra (que es más rápida que la de la luz) y concluyó que una cata de vinos en una casa sin libros, era una frivolidad mayúscula. Su amiga Dolores le había revelado la cara nueva rica de su personalidad.

¿Qué une a estas dos historias? El carácter ingenuo y a la vez perverso de sus personajes. Si a ver vamos, no existe una gran diferencia entre poseer un iphone aunque vivas entre chiripas, y dártelas de exquisito a pesar de que no cultivas tu intelecto ni tu espíritu.

He ahí la raíz de todos los males. Hasta la próxima.