martes, enero 27, 2009

EN AUSENCIA DE UN MANUAL DE URBANIDAD Destruyamos el posible valor de este escrito tratando un asunto que no le importará a nadie dentro de unos meses. Hablemos de política o carguémosla contra un jugador de béisbol o de fútbol… Empiezo a escribir sobre estos temas y, de inmediato, me aburro. Prefiero salir a buscar sobre qué escribir donde siempre lo hallo: en el barril sin fondo de nuestra estulticia.

Convirtámonos (una vez más) en un cañón y disparemos varias andanadas. Comencemos por la manía de la gente que vive pegada a su teléfono celular, a su Blackberry o a su Iphone.

¡Qué raras son esas personas! Estén donde estén (un bautizo, un almuerzo familiar, una reunión de trabajo, un estadio) siempre sacan su aparato y se ponen a jurungarlo. La gente así pone varias caras a saber: 1) Cara de que está haciendo una llamada muy urgente. 2) Cara de que está hablando con alguien encumbrado. 3) Cara de «qué ladilla con esta boda». 4) Cara de que la felicidad se encuentra a una considerable distancia del lugar desde donde se usa el teléfono. 5) Cara de «mira qué importante soy porque, a pesar de que estoy visitando a mi ahijada que acaba de parir, me llaman para preguntarme algo relacionado con la oficina». Eso sin contar con los rostros patibularios que exhiben quienes ponen a funcionar sus teléfonos como reproductores de música en el metro o en el autobús y les sabe a casabe la tranquilidad de los que se encuentran a su lado.

Como hoy en día los teléfonos son más que teléfonos (toman fotos, reproducen archivos MP3, se conectan a Internet, etcétera, etcétera) y, aparte de eso, vivimos en una época en la que los malandros, el trabajo, el tráfico y un sin fin de circunstancias nos exigen estar comunicados, la gente los usa más y los ha convertido en una parte esencial de su propia existencia.

No diremos aquí si eso está bien o mal. Tan sólo creemos pertinente recordarles que es de muy mala educación estar mirando la pantalla del celular mientras les hablan, imponerle el ruido del MP3 telefónico a los demás o aislarse de aquellos con quienes estamos reunidos para contestarle un mensajito de texto a un fulano que se encuentra a kilómetros de donde estamos.

Carreño no escribió sobre teléfonos celulares, pero siempre es bueno recordar que, en cuanto a los buenos modales, lo primero que se impone es el sentido común y si estás con alguien, lo más sensato es que le mires a la cara mientras te habla.

Otro asunto que clama por nuestra atención es el relativo a los grafiteros.
—¡Coño! ¿Esos grafiteros no están fastidiando más de la cuenta?
—Sí, sobre todo cuando se cuelgan de cuanto tubo, poste, reja, cuerda, muro, silla y/o taburete encuentran para pintar sus estupideces gráficas en los sitios más inusitados.

Hoy en día abunda un tipo de grafiti que colinda con el vandalismo más abyecto. Hay grafiteros para quienes no basta rayar; tienen que dejar su marca en la propiedad de otros. ¿Por qué en lugar de rayarle el balcón a una casa ajena, estos grafiteros ociosos (delincuentes gráficos, megalómanos de la pintura industrial) no se rayan sus traseritos hip hop?

Quién sabe. A lo mejor ya los tienen rayados...

En todo caso, habría que conversar con los fundamentalistas para que dejen de denigrar de la existencia de los aparatos telefónicos y de las latas de pintura en aerosol, como si los teléfonos y los potes de spray tuvieran la culpa de las necedades que cierta gente hace con ellos…

Ojalá tuviéramos más espacio. Así nos desgonzaríamos hablando de otras barbaridades que podrían corregirse cumpliendo con las normas de un manual de urbanidad o, en su defecto, respetando al prójimo.

Hasta entonces… Eso sí: no olviden que en este país las fuentes ornamentales terminan convertidas en criaderos de paramecios.