domingo, enero 18, 2009

ADOLFO BIOY CASARES

Llevo días, fascinado y sorprendido, leyendo a Bioy Casares. Diario de la guerra del cerdo, por ejemplo, me sorprendió y me pareció un libro conmovedor. A pesar de que su anécdota central nos habla de un país en el que se produce una inexplicable escalada de violencia contra la gente mayor, el libro no constituye una distopía. Al gran Bioy Casares no le interesó explotar esa sensación de futuro posible, extraño y apocalíptico que tienen las distopías; más bien le interesó explorar distintos ángulos de la vejez, ese fenómeno natural al que todos tememos y del que no nos gusta pensar. Lo mejor de esa anécdota es que la recibimos desde dos caras: una pública, relacionada con los asesinatos y con los desmanes que se cometen contra los ancianos, y otra que podríamos llamar privada, en la que asistimos al proceso mental que supone la vejez para Isidoro Vidal, el protagonista de la novela.

Isidoro Vidal muestra sus dientes postizos, se reúne con sus amigos, se enamora de Nélida y se muda con ella, se esconde de las hordas de asesinos, reflexiona... Todo lo que hace y dice Isidoro Vidal es una demostración de cómo la vejez reta, mientras se esté vivo, la dignidad y el orgullo de cada persona. Cuando terminas de leer la novela, terminas diciéndote que aunque tu cuerpo envejezca, seguirás siendo el mismo (con todo lo que eso supone).

La literatura de Bioy Casares tiene un truco que se repite de relato a relato. Tú siempre caes en sus redes una y otra vez terminas fascinado. Ese truco consiste en que el narrador te habla de las nimiedades más absolutas: cajas de galletas, pantuflas, la dentadura postiza de un anciano, la marmita para preparar el mate, la alfombra de un hotel, un espejo, un adorno de porcelana... Y en medio de esos minúsculos detalles de la vida, introduce algo sorprendente, valga decir un fantasma, un fenómeno paranormal, un artificio mecánico diseñado por científicos locos... En Diario de la guerra del cerdo no hay fantasmas ni eventos fantásticos, pero en medio de la descripción de unas cotidianísimas galletas introduce una mujer desnuda. Ese detalle hace que Diario de la guerra del cerdo sea un libro raro, o al menos distinto, a otros de don Adolfo en los que aparecen focas telépatas, aviones que aterrizan en mundos paralelos, máquinas filmadoras que funcionan a partir de la fluctuación de las mareas, jóvenes que confunden el futuro con el pasado, gusanos gigantes que devoran gente, etcétera, etcétera.

Hasta ahora he leído las novelas El sueño de los héroes, Diario de la guerra del cerdo y La invención de Morel, además de los libros de cuentos La trama celeste y Una muñeca rusa. En líneas generales, las primeras me parecen más sencillas que los segundos. Para que se den una idea de a qué me refiero, les diré que la mayoría de sus cuentos tienen algo raro al final: explican demasiado, demuestran una necesidad un tanto forzada de hacer encajar todas las piezas, como si se tratara de armar rompecabezas... Claro, esa necesidad forma parte de la estética del relato fantástico clásico, de la estética del propio escritor y de su obsesión por escribir historias perfectas en las que nada quede fuera de su puesto.

Ya veremos cómo me va con otros libros de este gran maestro. Por lo pronto me esperan Plan de evasión y Dormir al sol.

Cuando los lea, les contaré mi experiencia.