viernes, mayo 30, 2008

LA PISTOLA Llevaba la funda desabrochada y ahí, encima de la moto de policía, el oficial no se dio cuenta de que más de tres cuartas partes de su nueve milímetros de reglamento se encontraban en el aire. La pistola permaneció en ese equilibrio precario a lo largo de varias urbanizaciones hasta que, por culpa de un hueco del que brotaron matorrales y pequeños cangrejos, se salió de su estuche.

Las horas pasaron con sus carros y sus miríadas de gentes careculizadas a cuestas. El sol rodó, la luna rodó y el arma oscura, bella, compacta, negra y poderosa, seguía ahí, en el asfalto, junto al hueco del que ahora salían unos insectos azulados que sacaban una mesa para jugar póker y beber Baileys.

Por su parte, el oficial Juan Simón Sánchez Méndez repasó con angustia los lugares donde estuvo ese día… «En la panadería no fue porque ahí me comí tres cachitos y una malta sin quitarme el casco ni los lentes. En el banco tampoco porque ahí lo que hice fue hablar con El Carite sobre el partido de anoche. En el automercado menos. Tuvo que ser en el baño de la ferretería… Pero ¿cómo se me iba a quedar ahí, si no me senté en el retrete?». A pesar de todos los esfuerzos que hizo, su cerebro (siempre ocupado en calcular bonos y utilidades) no pudo dar con el paradero de su pistola. Tendría que visitar a su comandante y reportarle la novedad. Le saldría tunante castigo a menos que ocurriera un milagro pistolero.

La pistola seguía acostada al lado del hueco por el que si te asomabas a esa hora de la madrugada, podías ver lo que ocurría en el estadio de Wembley. Aunque las noches son largas y por sus predios corren lobos y hienas que le gritan a la luna, ni un solo infeliz se acercó al arma.

A la mañana siguiente, luego de que su cabeza le recordara a una lavadora automática, el oficial Sánchez Méndez fue al despacho de su superior y le contó la verdad. Durante su insomnio malhadado contempló varias veces la posibilidad de inventar una historia de policías y ladrones en las que él, por salvar a un niño que iba con su dálmata, se batía a tiros con unos sujetos de ojos amarillos. Cuando llegaba al punto de cómo le arrebataron su arma de reglamento, la lavadora se detenía. Cualquier solución que encontrara era tan deshonrosa como la real. Ningún policía entrega su pistola a menos que sea en un caso extremo… Y los casos extremos salen en televisión con sus rehenes, heridos, muertos, policías, bomberos, ambulancias, helicópteros, explosiones… ¿Quién se iba a creer que dos asaltantes de medio pelo le quitarían su pistola a un policía hecho y derecho? Si eso sucediera, ya debería irse preparando la sociedad…Así que le contó la verdad a su jefe y se tuvo que tragar en silencio todo lo que, con razón le replicaron.

Mientras tanto, era la una de la tarde y la pistola seguía junto al hueco del que ahora no salía ninguna criatura extraña. A esa hora los fenómenos descansan y las pistolas duermen su siesta en paz, mientras reflejan en sus pulidos cañones el cielo azul.

El oficial Sánchez Méndez fue castigado con justicia y severidad. Mientras cumplía con sus obligaciones, meditaba sobre la fugacidad de la vida y sobre lo mal que se vería en su hoja de servicio el que hubiese perdido su arma de reglamento por negligente. Sin embargo, y a pesar de que aquello le contrajo el ánimo a niveles indecibles, había algo que lo angustiaba más. Quería saber qué había sido de su pistola. Por eso cada mañana leía con fruición las páginas de sucesos de los periódicos. Algún día sabría de su pistola y ése sería el momento de recuperarla y de retirarse para siempre.

Pero la nueve milímetros siguió ahí, entre monstruos, en el asfalto, durante años, invisible a los ojos de los chacales.

Y algún día alguien la encontrará.

martes, mayo 27, 2008

LA CUEVA PORTÁTIL
Las carteras de las mujeres son pozos sin fondo, simas en las que, si entras, puedes encontrarte con un dragón de escamas plateadas. Por eso es mejor quedarse quietecito y no mover un músculo cuando tu esposa, tu novia, tu hermana o tu mamá te piden que les busques algo en su cartera. Meterse allí en pos de un peine es entrar en un inframundo lleno de criaturas, en un vórtice cuyo orden sólo comprende su dueña legítima. Es preferible que te vean como un negligente incapaz de encontrar las llaves, a que te pierdas a ti mismo en esa cueva llena de tesoros insondables que es la cartera de toda mujer.

Lo más extraño es que ellas entran con facilidad a sus bolsos; sacan lápices labiales, libros, espejos y hasta secadores de pelo. Todo está al alcance de sus manos: la nueve milímetros, el rubor, el clínex, la agenda, el teléfono… No hay nada en el mundo masculino que se compare a la cartera de una dama. Eso se debe a que los hombres confían (con risible vanidad) en sus manos y en su cerebro para enfrentarse a las adversidades; no están capacitados para darse cuenta de que un cepillo para el pelo, un lápiz labial, un muñeco del Hombre Araña o una caja de Atamel metidos todos en una bolsa de piel, plástico y tela, pueden doblegar al mundo a su favor.

Es curioso, pero los ladrones son los únicos que se atreven a profanar con arrogancia la intimidad contenida en el bolso de una mujer. Algunos se montan en sus motos y viajan a la velocidad del odio hacia sus víctimas y les arrebatan sus carteras sin detenerse. Otros se las quitan a punta de pistola o de navaja y salen corriendo hasta que un pedazo de tierra tranquila los acoge y pueden mirar el fruto de sus hazañas. Es ese el momento en que el ladrón mete la mano en la cartera, la voltea y la vacía, hasta que todo cuanto se encontraba ahí dentro, sale a la luz como salen los juguetes de una piñata desollada.
—¡Coño! ¿Qué es esta vaina?
—¿Tú no ves, pajúo? Un jarrón de porcelana.
—¿Y qué hacía ésa con un jarrón en la cartera?
—Yo qué sé. Tira esa vaina, agarra la plata y vámonos.

Si en esta época hubiera artistas como los que hubo en el pasado, buscarían la manera de retratar esa maravillosa escena que se produce cada vez que una mujer vacía su cartera sobre una cama para ordenarla, botar la ruma de pequeños papeles, facturas y recibos que se acumulan en un bolso. ¿Dónde estás, Vermeer? ¿Qué te hiciste, Edward Hopper? ¿Por qué no están entre nosotros, retratando para la eternidad estos momentos maravillosos de la intimidad femenina? No seamos injustos… Lucien Freud debe tener cuadros inspirados en esa atmósfera de calculada melancolía que se forma alrededor de una mujer que organiza su cartera mientras ve Desperate housewives o cualquier otro programa de televisión.

El mundo de los bolsos es tan extenso como el de los zapatos, pero —¡atención!— su diversidad no se debe tan sólo a que haya miles de marcas, de colecciones, de diseñadores y de modelos; se debe a que cada cartera refleja la complejidad del alma de su dueña. Y es que el alma femenina es intrincada; no tiene una sola cara ni se puede resumir a unas pocas palabras. Por eso las mujeres necesitan algo para reunir y cargar consigo siempre las docenas de objetos que las representan, que las completan, que las explican, que las complementan… Si en un bolso hay unos lentes de sol, una botella de agua, un disco de Miguel Bosé, una Vanidades arrugada y medio cambur, además de todo lo que es normal que haya en una cartera, es porque su dueña tiene todo eso (y más) en el alma.

Así que ya saben: las carteras de las mujeres son un espacio sagrado. Por eso quienes entren ahí deben hacerlo con cuidado y con respeto, no sea que de verdad se encuentren a un dragón de escamas doradas dispuesto a convertirlos en cenizas.

viernes, mayo 23, 2008

LOS LIBROS DE ESTOS DÍAS

No sé por qué pero esta mañana me desperté con una incomodidad extraña. Quiero hablar de libros. No lo tomen a mal, pero si el tema no les interesa, por favor pasen la página y lean otra sección de esta maravillosa revista. Yo amanecí con ganas de hablar sobre los libros que estoy leyendo en estos días y nadie me lo impedirá. Lo digo porque en nuestro país, basta y sobra que uno empiece a hablar de una novela o de un libro de cuentos, para que la gente bostece y diga que por qué mejor no hablamos de algo «divertido».Comienzo por decirles que, gracias a mi amigo Juan Carlos Chirinos, estoy disfrutando Las abuelas, una colección de cuentos de Doris Lessing, la ganadora del premio Nobel de literatura del año pasado. Antes de acceder a este magnífico volumen, yo creía que las historias de Doris Lessing eran aburridas, pero no, damas y caballeros. Esa viejita tiene veneno en la pluma. Sus historias lo dejan jetiabierto a uno porque combinan elementos sencillos y perversos de la manera más natural. Así que si algún día quieren leer algo poderoso y de una profunda-profundísima humanidad, no dejen de leer a Doris Lessing. Se van a deleitar preguntándose cómo es que la viejita inocente que sale en la contraportada de todos sus libros, tiene tantas barbaridades en la cabeza.

Aparte de esa maravilla que acabo de reseñar a vuelo de pájaro, estoy releyendo Las nubes, de Aristófanes. Espero que mis lectores se hayan dado cuenta de que tengo una fe desbordada en el humor, en esa arma invisible y poderosa que sirve para desnudar verdades mal vestidas y para combatir la extrema idiotez que nos rodea. Pues bien, yo no podría escribir las cosas que escribo sin refuerzos, sin el poder, la confianza y el cobijo que me brindan comediógrafos como Plauto, Luciano de Samosata, Moliere, Sid Caesar, Woody Allen, Benny Hill, Mel Brooks, Enrique Jardiel Poncela, Otrova Gomas o el papá de todos ellos: Aristófanes.

Las nubes es una obra maestra del teatro de todos los tiempos. En ella se cuenta la historia de un padre que les pide a los sofistas que enseñen a su hijo el arte de la oratoria. Sin embargo, después de pasar una temporada en la escuela de retórica, el muchacho retorna a casa y, en lugar de defender a su padre de los acreedores que lo abruman, lo conmina, mediante argumentos imbatibles, a pagar sus deudas con los acreedores y a entregarle a él, bajo amenaza de caerle a golpes, todo su patrimonio. Lleno de rabia, el padre termina quemando la escuela de los sofistas… Siendo bruto, el hijo era menos peligroso.
Hace un tiempo leí El teatro de Sabbath, de Philip Roth. Esa novela me gustó mucho; es dura y áspera; combina muy bien el humor, el drama y la pornografía. Esperando eso que me gustó tanto de El teatro de Sabbath, me compré El pecho, también de Philip Roth, pero mi decepción ha ido creciendo en la medida en que me acerco al final de este relato que simulaba ser muy bueno en la contraportada del libro. La historia que cuenta es muy sencilla: el profesor David Kepesh amanece un día convertido en una teta de setenta kilos. Al parecer, un desorden endocrinológico masivo lo transformó en un enorme pecho femenino al que deben atender en un hospital, dada la rareza del fenómeno.Sin embargo, en lugar de explotar el chiste, Roth se puso intenso y fastidioso, demasiado literario, demasiado «cultural», como si le hubiese dado pudor seguir por la vía satírica. En lugar de hacer reír, el autor se puso a reflexionar sobre la incomunicación, sobre la locura y sobre el más allá, asuntos que quedan mejor en otras obras y no en ésta que podría ser una sátira prodigiosa basada en La metamorfosis de Kafka y en La Nariz de Gogol.

En fin. Allá Philip Roth…

Éstos son los libros que me acompañan.

Lean Uds. lo que quieran y cuéntenme. Nunca está de más.

martes, mayo 20, 2008

JUAN CARLOS MÉNDEZ GUÉDEZ EN CARACAS Mañana miércoles 21 de mayo, a las siete de la noche, en el Centro Cultural Chacao, Juan Carlos Méndez Guédez estará hablando sobre sus libros.

sábado, mayo 17, 2008

LA SENCILLEZ DE LA CUERDA Hoy queremos demostrarles cuánta punta se le puede sacar a cualquier tema, por sencillo que éste sea. Hagamos como los magos, saquemos una cuerda y hablemos de ella, halémosla, amarrémosla, doblémosla y observemos cuántas historias o cuántos recuerdos podemos contar a partir de ella.

¿Tienen idea de todo lo que se puede hacer con una soga? Una cuerda en manos de Tony Soprano o de cualquiera de sus amigos puede ser un verdadero peligro. ¿Y en manos de Alfred Hitchcock? Ni se diga. En manos de Quentin Tarantino surgen escenas memorables. Valgan como ejemplos la de Marcellus Wallace amarrado a un potro de madera en Pulp fiction y la de Uma Thurman amarrada en su propia tumba en Kill Bill Vol. 2.

El boxeo es un deporte en el que hay sogas por todas partes: el saco de arena pende del techo; el boxeador salta la cuerda una y otra vez, y se sube al cuadrilátero a caerse a golpes, como se cayeron en su momento Mohammad Ali, George Frazier, George Foreman, Tommy Hearns, Sugar Ray Leonard, Marvin Hagler, Mantequilla Nápoli, Pipino Cuevas, Kid Pambelé y Roberto Mano e’ Piedra Durán. Todos, alguna vez, se pegaron a las cuerdas y recibieron su merecido.

Por cierto: las niñas saltan la cuerda en el patio de todas las escuelas del mundo-mundial. Ese ejercicio que también realizan los boxeadores quizás sea el responsable de que las mujeres tengan el carácter que tienen.

Con una cuerda, unos mosquetones, un arnés y unos buenos zapatos, puedes escalar montañas y hacer rapel. Con dos trozos de cuerda puedes colgar una hamaca. Con un mecate los hombres duros inmovilizan a los toros después de «colearlos». Con un solo cabo, el equilibrista se juega la vida en el circo. Con un rollo de pabilo se atan las hallacas en diciembre y se vuelan papagayos al infinito y más allá.

Hay gente que le pone una cabuya a la maleta del carro para mantenerla cerrada después de que un autobús lo chocara por detrás… Los venezolanos somos expertos en eso, en arreglarlo todo con una cabuyita, con un alambre o con un pedazo de nylon cortado con los dientes, cual Mc Gyver.

Y si de superhéroes se trata, ahí están el lazo mágico de la Mujer Maravilla, el látigo de El Zorro, las lianas de Tarzán, las greñas de Rapunzel, la bati-soga con la que Batman y Robin escalaban las paredes de los edificios, los hilos que salen del Hombre Araña y que le permiten ir tan rápido como una patrulla de policía, la cuerda de enanos con los que andaba Blancanieves…

Las cuerdas que usan los bomberos y los grupos de rescate a veces son el único eslabón entre la vida y la muerte.

A nuestro alrededor hay sogas por todas partes, hebras, hilos, que al fin y al cabo son líneas que no andan solas porque unen mundos, dibujan dragones o escriben momentos inolvidables, como aquél en el que un hombre se dispuso a atarse los zapatos porque estaba a punto de irse al trabajo y terminó defendiéndose de dos sujetos (uno catire con una cicatriz que le bajaba desde la frente hasta el carrillo izquierdo y el otro macizo, pero retaco) que entraron a su casa para robarlo.

El hombre se defendió muy bien. Aún ignora de dónde sacó esos pasos de karate (o de ballet) con los que burló la mayoría de los golpes y de las patadas con los que los ladrones trataron de reducirlo. Y cuando le tocó herir, lo hizo como si una fuerza indescriptible lo moviera. Él, que era el hombre más pacífico del mundo, le reventó un florero y una silla en la cabeza al de la cicatriz y dejó sin aire al retaco. Ya estaba a punto de dejarlos ir, pero pensó que aquella golpiza no debía desperdiciarse… Y los amarró a ambos con el cable de la lámpara rota.

Era hora de pensar si de verdad era un hombre bueno.

Gracias al cable podría darse ese lujo.

domingo, mayo 11, 2008

LA MÚSICA CONTRA EL ODIO Hace un mes recibí una llamada telefónica desde Madrid. Era mi esposa desde la tienda FNAC. Me llamó porque se encontraba frente al mostrador de los discos podridos y no recordaba cuál era el disco de Motörhead que yo le había encargado.
Kiss of death, mi amor.

Yo estaba exultante. No solo sentía la indescriptible felicidad de oír la voz de mi mujer, sino que me parecía una auténtica belleza, una ironía del destino, un oxímoron natural el que ella, que odia cuanto le suena a grito y pudrición, se encontrara rodeada de discos de Pantera, Manowar, Metallica y que, encima, me llamase. Ahí pensé que el amor es extraño, y que, a pesar de todo, existe, y aguanta cuanta rareza o barbaridad le caiga encima. Y lo digo porque tal vez todavía haya gente que crea que la vida en general huele a Mistolín.

Justamente porque la vida es dura en todas partes (aunque aquí le llevamos una morena a otros países que no tienen tanto tráfico, tantos malandros ni tantos ineptos que vuelven difícil todo lo fácil), gente seria y atildada como quien esto escribe, tiene sus manías y su colección de discos podridos para oírlos a todo volumen en el carro. En lugar de salir con un bate a llenar de chichones a cuanto inútil se le atraviesa, este servidor tiene una colección de discos que ha ido traspasando a su Ipod y que oye a todo volumen cuando está solo en su carro o cuando va con su pequeño hijo de dos años. Así Black Sabbath, Rush, Jimi Hendrix, Wolfmother, Deep Purple, ACDC, Judas Priest, Slayer, Iron Maiden, Blind Faith y un montón de grupos más, han salvado al autor de estas líneas de su propia rabia y de la desazón que le produce ver que todo a su alrededor se ha vuelto un caos estúpido.
Hasta hace poco se decía que las corridas de toros cumplían la misma función. Para algún lado se tenía que ir la rabia de los ciudadanos. Por algún imbornal se tenían que hundir sus malos pensamientos, sus furias y sus ganas de acabar con la necedad del mundo… Pero las corridas de toros ya no le sientan bien a los estomaguitos de esta época. Hoy en día se defiende a los toros y se deja a los hombres con su furia para que se retuerzan con ella o llenen de indecibles desastres los noticieros estelares.

Así que cuando mi esposa me llamó desde Madrid para preguntarme por el nombre de un disco, contribuyó a la salvación de esa parte de mí que es vulnerable a la barbarie y que está a la merced de los eructos fatales de nuestra realidad.

Pero no hablemos más de los bárbaros. Celebremos que tenemos un Ipod y que podemos llenarlo de la música, de los programas de radio y de las películas que nos definen… O que, al menos, hacemos que nos acompañen en esos momentos muertos de la vida que traen consigo las colas interminables, las caminatas sudorosas en las plataformas móviles de los gimnasios, los viajes por carreteras obscenas hacia atardeceres lentos y gimnásticos…
La vida con el Ipod tiene otra dimensión. Es como si todo lo que hacemos viniera con una banda sonora que le da realce a los momentos más nimios, que subraya, aún sin querer, algo de lo que estamos viviendo… Una tranca a la luz de un semáforo roto adquiere una nueva dimensión al amparo del Requiem de Verdi, de La flauta mágica de Mozart, de Foxy lady de Jimi Hendrix o de uno de esos reguetones tipo Gata fiera... Estar en una cola y oír reguetón es dañino para la salud…No se hagan los locos; ustedes saben que es verdad…

Al final, todos los seres humanos necesitamos algo que mitigue el peso de la realidad. En este caso, no cabe duda de que la música nos ayuda a hacer más llevadero nuestro destino… Aunque, la verdad sea dicha otra vez: el horrible destino que nos hemos forjado los habitantes de estas tierras, necesita ingentes cantidades de rock and roll para atenuar el peso de la realidad.
—Más Motörhead, por favor.

jueves, mayo 08, 2008

martes, mayo 06, 2008

VELADA DE ÓPERA SANGRIENTA En la tarde de ayer se estaba llevando a cabo una función de La flauta mágica en el Teatro Central y ocurrió algo que nos ha dejado perplejos.

Como todos Uds. Saben, en La flauta mágica hay un personaje que se llama Papageno, cuya característica principal es andar con una jaula llena de pájaros colgada en la espalda. En la función de la tarde de ayer, ocurrió un pequeño accidente en el que al cantante que interpreta a Papageno se le abrió la jaula y los pájaros volaron por todo el teatro.

Hasta aquí podríamos decir que ha ocurrido un hecho raro y también bochornoso, pero lo peor se lo vamos a contar a partir de este instante.

Resulta que, entre el público, había varias personas armadas a las que no se les ocurrió una idea mejor que dispararles con sus pistolas a los pájaros que volaban por todo el teatro.

Así, sin ton ni son, los pistoleros comenzaron a disparar al techo, a las paredes, a los balcones, a las lámparas, mientras los pájaros caían como moscas.

En la balacera murieron catorce de los veintiún pájaros y resultaron heridas trece personas. ¿Cómo es posible que aquí todo termine en una plomazón?

A ver si nos civilizamos de una vez por todas o terminamos matándonos unos a otros.

sábado, mayo 03, 2008

BARRY WHITE NO ES EL ÚNICO QUE SABE DE AMOR
En esta antología se invoca a Barry White porque el amor está ligado a la música. Si no lo creen, piensen que en una época como ésta, en que todo mundo se las da de irónico y de sabroso, la gente sigue recurriendo al viejo truco del baile para acercarse a los demás; sobre todo a esas personas especiales con las que se quiere intimar.

En el pasado, muchos viejos recurrían al bolero, a las guarachas y al merengue. En el presente mucha gente recurre al reguetón, con su perreo, su pornografía malandra y, en el mejor de los casos, con su sentido del humor. Otros nunca acudieron a esos ritmos del barrio que se oían y se oyen entre motos, piedras de dominó y tiroteos salvajes. Los que no se enamoraron bailando salsa ni pasaron un despecho abrazados a una rockola repleta de Benny Moré, bailaron la música disco y encontraron la fuerza necesaria para acercarse a la chica de sus sueños al oír los prólogos hablados de las canciones de Barry White.

La voz de Barry White era tan contundente que llegó a convertirse no sólo en icono de la música disco, sino de que quien la oía, estaba metido en un lío amoroso porque lo que caracterizaba a sus composiciones era justamente «el toque de caramelo» o de romanticismo, si Uds. prefieren. Por eso la música del pana Barry White fue todo un símbolo de ese estado de estupidez absoluta en el que caemos los seres humanos alguna vez en la vida. Como sus canciones fueron (y son) tan buenas, se generó sobre él la misma percepción que sobre Raphael, José Luis Rodríguez y Julio Iglesias; que el único que sabía de amor era él, el hombre de la voz de túnel, de la barba, del copete y de la gordura llevada con dignidad: Barry White.

Este libro lleva el título que lleva porque ya era hora de decirle a los discotequeros y a los enamorados del mundo que en otros ámbitos también se ha hablado y se habla de amor, que ese tema ha estado en la literatura de todos los tiempos y que no hace falta ser Jim Huntley para acercarte a las chicas.

(Por cierto: ¿alguien sabe si a Jim Huntley le gustaban las mujeres?).

El baile es una ciencia exacta cuyos guarismos no aparecen en el Álgebra de Baldor. Por eso, desde hace años no bailo. Sólo disfruto la atmósfera, el aura, el aire que pone a nuestro alrededor la buena música, música como la de Barry White.