martes, diciembre 16, 2008

EL MUSEO DE LOS OLORES Cada quien tiene su propio museo de los olores. Ahí, en ese oscuro rincón neuronal guardamos la memoria de aquellas fragancias que quedaron unidas a los hechos más fascinantes de nuestras vidas. Traten Uds. de evocar los perfumes que les traen recuerdos felices. ¿No es como para armar un pequeño museo con ellos?En mi museo odorífero particular guardo con especial cariño el aroma del Aula Magna de la UCV (así huele y olerá el futuro), el olor «biológico» de mi pequeño hijo recién nacido y el olor a las cajas en los que venían los juguetes con los que me divertí hasta la saciedad.

El olor a los carros nuevos me tiene sin cuidado. Un día descubrí que lo que huele tan sabroso no es el vehículo recién salido de la agencia; son las alfombras de plástico. Si vosotros deseáis que vuestro coche huela siempre a nuevo, cambiad periódicamente las alfombras. He dicho.Decía que abrías la caja que contenía los juguetes Fisher-Price y te quedaba en la nariz un olor delicioso que desaparecía del muñeco o de los carritos en la medida en que te deleitabas usándolos y llevándolos para arriba y para abajo. Poco a poco aquel olor fascinante a plástico terminaba asociado a tu felicidad.

Cuando llegamos a la adultez, tenemos la oportunidad de disfrutar la versión cuarentona de esa experiencia. Cada vez que compramos una computadora, volvemos a experimentar ese sentimiento de renovación física y espiritual ligada al olor a plástico maravilloso que sale al exterior cuando abrimos la caja que contiene el aparato.
El perfume de ciertos lugares y de ciertas personas se nos queda prendado en la memoria. No sabemos muy bien por qué, pero hay todo un universo de olores que está ahí, a nuestro alrededor, tocando y modelando nuestras vidas sin que nos demos cuenta. Basta con saber que nos sentimos atraídos hacia ciertas damas porque de ellas emanan unas sustancias que nos hipnotizan sin que nos demos cuenta. Son las feromonas, no son ellas ni sus respectivas inteligencias. Las feromonas nos mesmerizan, nos alelan, nos ponen a comportarnos como verdaderos idiotas y, cuando salimos de semejante embrujo, ya es demasiado tarde: nos hemos casado, tenemos dos hijos, un perro dálmata y un mono gigantesco en nuestras tarjetas de crédito.Hace veintitantos años se puso de moda El perfume, de Patrick Suskind,. La novela trataba sobre el cúmulo de barbaridades que era capaz de hacer un personaje con (y por) su nariz. Esa gran obra que fue un best seller y de la que se hizo una película hace un par de años, nos puso a olfatear el horizonte, a ponerle nombre y a catalogar los olores, a entender que todo lo que existe, hiede. Quien lee El perfume, llega a entender cuán reducido es nuestro vocabulario referido al universo de los aromas. Como no tenemos palabras para hablar de los olores, asumimos los términos ligados al sentido del gusto. Así, todo nos huele a una fruta, a un plato X, a algo que nos hemos llevado a la boca.

Los olores son sombras invisibles que acompañan a los seres vivos. Que lo digan los que se montan en un autobús y se dan cuenta de que al lado tienen a alguien con tremendo violín… Que lo digan también los que tenemos que andar por calles ahítas de basura o los que, por mala fortuna, entran a un lugar donde alguien dejó un «regalito de aire».

Interrumpimos esta bella crónica para preguntarnos por el origen del monosílabo «fó». Si llegan a saber de dónde viene «fó», me escriben, por favor.

Los olores constituyen un universo tal vez más vasto que el de las imágenes. Sin embargo, los seres humanos no tenemos la nariz de los perros o de los leones (aunque se han visto casos). Así que nos tenemos que conformar con el aroma delicioso de un bistec y con el frasquito de colonia que recibiremos en navidad.

Mucho fundamento.