viernes, noviembre 28, 2008

NOSOTROS Y LOS COROTOS (O AL REVÉS)
No hay nada más triste que una casa donde haya un piano y que nadie sepa tocarlo. No hay nada más feo que comprar objetos por el simple y enfermizo placer de poder comprarlos. Fíjense: este tema viene a colación porque recordamos una noticia vieja según la cual, a Shakira le pagaron tres millones de dólares por cantar en una fiesta privada en Moscú.

Sí, leyeron bien: un nuevo rico ruso pagó para que Shakira cantara en su boda.

Los nuevos ricos suelen comprar por comprar. Sus casas comienzan a llenarse de peroles. Un nuevo rico se reconoce porque lo primero que hace es comprarse una cadena, un anillo de oro y un cuadro de Trómpiz.

Hubo una época en la que los cuadros de Trómpiz eran los diplomas que anunciaban las nuevas fortunas; hoy son los Hummers…

Pero, mejor no sigamos hablando de los nuevos ricos porque son muy sensibles. Hablemos sobre taburetes… Si nadie se sienta sobre un taburete, el taburete llora. Para darle utilidad a un taburete tienes que ponerle algo encima: una mata, un fondillo, un samovar. No hay nada más melancólico que un objeto arrinconado por la historia y, en este sentido, los taburetes son especialmente delicados.

Hay gente que siente un placer morboso por guardar peroles: armarios de madera donde no guarda nada, vajillas de plata, candelabros… A ver, usted señora que lee esta crónica: ¿usted tiene peinadora? La peinadora es hoy por hoy un mueble inútil. Para empezar, la gente ya no se peina. Ahí tiene otra vez a Shakira…
Fíjense en este detalle que nos señala George Carlin: cuando viajamos, lo hacemos con una maleta donde guardamos los peroles que vamos a usar durante el viaje. La maleta es, en pequeño, nuestro clóset y el clóset es, en pequeña escala, nuestra casa. Nuestro hogar es el armario gigante donde guardamos nuestras pertenencias. De manera que cuando usted se asoma por la ventana de un avión y ve las casas de la gente, en realidad está viendo clósets y más clósets; clósets por doquier.

Hay gente que es feliz teniendo sólo lo necesario. Hay gente que necesita tener una cama, una mesa, un ipod, un chiffonier, un seibó, un armario lleno de manteles y para tú de contar. Los objetos que tenemos hablan por nosotros; dicen cómo somos.

Hay gente experta en coleccionar objetos pavosos: muñequitos de porcelana Lladró, huevitos de Fabergé, cuadros con payasos llorones, sillas de madera y cuero con remaches, la cabeza disecada de un toro cebú, un corazón de Jesús hiperrealista, un teléfono analógico gris…
Hay gente que sólo se sienta en los muebles del recibo de su casa, cuando llega visita. Jamás se sienta si no hay nadie ajeno a ese hogar, dizque porque las poltronas se echan a perder, como si las nalgas de los visitantes fueran más mullidas que las de los que viven en ese hogar.

Hay gente que guarda un montón de peroles echados a perder porque piensa que algún día los reparará. Así la casa se les llena de betamaxes, aspiradoras, relojes, equipos de sonido y televisores dañados. La gente así termina viviendo en una chivera.

Hay gente rara a la que se le murió el gato hace años y sigue teniendo la bandeja llena de arena en el rincón preferido del difunto.

Hay gente que no soporta vivir entre cosas viejas. Por eso vive comprando y vendiendo peroles por internet.

Hay gente que vive rodeada de objetos inútiles. Por ejemplo: platos pegados a las paredes, tapetes puestos sobre los muebles, botellas, latas, figuritas de arte murano, jarrones chinos, alfombras viejas… No hay nada más inútil y detestable que el forro de una computadora. (¡Dios, bendice a esta revista por publicar esto que acabo de escribir!).

Cada persona le da sentido a los objetos que lo rodean (o al revés). Por eso hay que tener cuidado con lo que uno tiene en la casa.

Y vayan reuniendo para cuando se casen. A lo mejor Shakira les canta el Ave María.