jueves, noviembre 06, 2008

DISTOPÍA EN EL REINO DE TOBILANDIA La palabra «distopía» no existe en el diccionario. Sin embargo, y gracias a John Stuart Mill, se usa para designar lo que ocurre cuando los seguidores de algún iluminado imponen a la fuerza el sueño de su líder. Los nazis hicieron lo indecible por imponer en todo el mundo la utopía de su desquiciado jefe. Lo mismo hicieron los comunistas por el sueño de Stalin, los falangistas por el sueño de Franco, los fachas por el sueño de Mussolini y los partidarios de Jim Jones, cuando se tomaron aquel brebaje envenenado.

Cada utopía plantea la creación de un modelo de sociedad al que su creador supone perfecto. Ahí, en ese lugar que no existe y que por eso mismo se llama «Utopía», todo estaría diseñado para que, sin excepción, sus habitantes sean felices y tengan una vida linda y ordenada. Pero como no es posible prodigarle la felicidad a tanta gente al mismo tiempo, y como la felicidad no es igual para todo mundo, el soñador y sus acólitos tienen que apretar las tuercas de su proyecto e imponerlo a sangre y fuego. Ésa es, más o menos, la historia que se repite en la mayoría de los libros de Historia.

Las utopías, por lo general, traen consigo el nombre de sus autores. Platón inventó La República, San Agustín redactó La ciudad de Dios y Tomás Moro escribió la obra que le puso título a estos delirios sociales convertidos en proyectos perfectos. Las distopías, en cambio, se convierten en fenómenos anónimos, en procesos que, al menos en apariencia, marchan solos.

En la vida real, las utopías no existen; las distopías sí. Cuando alguien tiene el sueño de una sociedad perfecta, supone que su modelo de perfección es el que es sin discusión. Al tratar de convertir en algo real aquello que sólo funciona en el papel, surgen los problemas. Como la felicidad no es igual para todos los seres humanos, comienzan las desgracias y el intercambio de disparos.

Terminator, Matrix, Metrópolis, 1984, Un mundo feliz, Blade Runner, Soy leyenda, El planeta de los simios, La isla, Fahrenheit 451, Entrevista a Mailer Daemon, WallE, Johnny Mnemonic y Gattaca, entre muchas otras obras del cine y de la literatura, son distopías que reflejan lo que sucede en comarcas reales donde una organización cualquiera subyuga a la sociedad.

En el reino de Tobilandia se dan todas estas variables. El rey, al lado de sus acólitos, lucha por imponer su sueño y resulta que el mágico reino está cada vez más feo y más destartalado. Por si fuera poco, el monarca cree que gobierna, cuando en verdad quien manda es una fuerza invisible que se apodera de los seres humanos, los pervierte y los transforma en seres que no valoran su vida ni la de los demás. Esa fuerza que está en todas partes, pero que nadie ve porque no tiene cuerpo ni rostro, hace que las personas alcen muros y levanten alambradas alrededor de sus casas. Desde allí la gente oirá el rugido de las escopetas, los gritos de los que agonizan y la música estridente de aquéllos que se encierran detrás de una pared de ron y baile.

Mientras eso sucede, el rey de Tobilandia se dirigirá a sus súbditos. Algunas veces lo hará con la voz meliflua de quien comparte una evocación y otras con el grito tunante del que quiere triturar a sus enemigos. Los seguidores del rey lo adorarán cuando se desgañite y se tornarán melancólicos cuando lo oigan compartiendo sus ensoñaciones de ojos blancos. No importa que la Muerte y el Absurdo anden por ahí tomados de la mano, cambiando el orden de las facturas, achicharrando cajeros automáticos, prohibiendo el jamón serrano, y diciendo que la estulticia y la necedad son virtudes del reino en el que queremos vivir.

Las distopías existen y pulverizan a los habitantes del reino de Tobilandia y del mundo entero. Por eso hay que evitar vivir en una de ellas.