viernes, octubre 03, 2008

SUPERMAN, EL HÉROE VIRGEN
Superman anda para arriba y para abajo vestido de Superman. Todos lo sabemos. De George Reeves para acá, todos lo hemos visto. Así que sobran los chistes sobre su vestimenta… Nada más que para que no digan que no tocamos este asunto, sepan que los uniformes de los superhéroes de las historietas fueron diseñados así, con esos colores estrambóticos, por una necesidad editorial. Cuando se masificaron las historietas, las imprentas del mundo entero no tenían la capacidad que tienen hoy en día para hacer milagros y mezclar a diestra y siniestra los diferentes pigmentos. En su momento, sólo existía la posibilidad de trabajar con colores planos, cosa que le exigía a los artistas unas pautas muy rígidas que, en el caso de los protagonistas de esas historias, se resolvían con esos uniformes llenos de calzoncillos por fuera de los pantalones.

Pero bueno… Decía que Superman es Superman y que todos lo hemos visto volando, deteniendo balas, derritiendo montañas enteras con su supermirada, cargando edificios y destruyéndole los planes a todos sus enemigos malos. En estos días, Alex Goncalves hizo una bella pregunta: ¿por qué cuando Superman le da un carajazo a un tren, lo parte en dos, lo descarrila, lo muele y lo explota, mientras que cuando le da un bofetón a Lex Luthor, no pasa nada? Es cierto: nadie ha visto los sesos del calvo malvado volando ante el tatequieto del hijo de Jor-El. O sea que Superman puede controlar sus fuerzas a unos niveles que uno ni se imagina.

Al final de Kill Bill, Bill hace una bella reflexión sobre Superman; dice que, al disfrazarse de un tipo tan gris como Clark Kent, el héroe de Kripton está mostrando cómo ve en verdad a los seres humanos. Esa idea es interesante, pero sólo puede venir de una mente podrida como la de Quentin Tarantino. Nosotros preferimos pensar que los seres humanos de Metrópolis son imbéciles al no darse cuenta de que Clark Kent es Superman, pero con lentes, y, claro: Superman es un perfecto lelo al creer que unas gafas son tan efectivas como una máscara para ocultar su identidad… En ese aspecto, la historia del hombre de acero es un cuento en el que todo el mundo es estúpido… tal y como es la vida misma. Si no lo creen, asómense a la calle y vean cómo la estupidez se ha apoderado de todo.
Superman es un héroe que no está de moda porque no es irónico ni tiene una personalidad tan oscura como la del Batman de Frank Miller. Su verdadero drama es que no sabe cómo hacer para que su relación con Luisa Lane prospere. Eso parece atormentarlo más que su Kripton natal haya estallado con todo y sus padres o que su planeta adoptivo contenga más malandros que gente. El verdadero problema de Kal-El (como se llama Superman de verdad) es que quiere algo con Luisa, pero no puede… O puede, pero no sabe qué… O sabe qué y puede, pero no halla cómo… Sea como sea, Superman, dale gracias a Dios (entre paréntesis: ¿a qué dios adoraban en Kripton?) porque Luisa Lane no se te ha convertido en una esposa fastidiosa de ésas que quieren cambiar de muebles a cada rato o mudarse a otro apartamento o comprarse un juego de sábanas y cubrecamas «buenísimos» en Beco… Da gracias, Superman, porque no has resuelto eso que no has resuelto con Luisa Lane para no tener que buscarle agua o hacerle un sándwich a las once de la noche, cuando estás a punto de dormirte, o tener que ayudarla a barrer y a pasar coleto porque la muchacha que trabajaba en tu casa, se fue sin siquiera decir adiós.

En fin, que el mejor homenaje a Superman, en sus sesenta años, no es ver Smallville ni hacer el chiste de que Christopher Reeve se cayó de un caballo llamado Kriptonita… Es amarrarse un paño al cuello y salir en interiores por toda la casa gritando que eres el hombre de acero.