miércoles, octubre 15, 2008

LOS OTROS NOMBRES


 En esta época no se cultivan los buenos modales. Basta y sobra que te montes en un autobús o que aguces los oídos en la calle, para que oigas cómo se trata la gente. En lugar de llamarse por sus nombres o por los apelativos respetuosos de señor o señora, nuestros contemporáneos se refieren a sus congéneres con los nombres más extraños.

 Sopesobre, pestañepobre, carepastilla, cabecechupón, orejegoma, bodegueburro…

 Los motes tienen la particularidad de superponerse a la presencia de las personas. Por lo general, el apodo con que se conoce a equis individuo refuerza una característica de su físico o de su personalidad, logrando que se le conozca no por quién es en verdad, sino por cómo lo perciben sus semejantes. De ahí que a estos remoquetes se les llame «sobrenombres».

 Cabecetornillo, bolsemonte, boquecierre, boquelavadora, besejirafa, carecrepúsculo…

 A veces a los sobrenombres deberían llamárseles «sobrepersonalidades». Hay gente que forma toda una vida paralela a partir de su alias. Pregúntenle a los malandros, a los Djs, a los artistas de cine y televisión, a las monjitas y a los superhéroes. Todos usan nombres que no son sus nombres. Todos se llaman como se quisieran llamar o como los rebautizaron en sus respectivos oficios.

 Rodilleyuca, chicharrondelobo, pecheanime, espaldeiguana, rabepera, boquevidrio…

 Mis amiguitos y yo le pusimos «Peluca» a un pana cuya mamá le mandaba a cortar el pelo en forma de totuma. Mi papá tenía un amigote tartamudo al que sus compañeros de tasca llamaban «Flipper». Mi hermano tiene un amigo al que llaman «Peloemuñeca»… Todos le hemos puesto un mote a alguien o nos hemos hecho eco del apodo que otros le han puesto. Somos un país ebrio y dado al jolgorio que se forma cuando un fulano descubre un defecto o una cualidad de un compañero de juerga. Ahí, en ese tumulto de risas y tragos, surge el clima adecuado para que ese descubrimiento sea el preámbulo de un sobrenombre que durará toda la vida.

 Narizeniple, braceaire, botellepeltre, carepabilo, caretriángulo, carechicle, bigotenutria, boquetiza…

 Es curioso que la gente a la que le acuñan un apodo, por lo general no proteste ni proponga un duelo o una golpiza para defender su honor. Es muy común que «bolavieja» se quede «bolavieja» y que «cabecemango» se quede «cabecemango» con todo y contracción.

 Totumegoma, carevena, narcogrifo, boquecompota, peluqueburro, nariz eléctrica, ojezombi, carehumo, nalgueagua…

 Quizás haya que preguntarse qué tenemos en la cabeza los venezolanos, por qué nos la pasamos diseñando disfraces verbales para los demás y por qué la gente acepta que la llamen por un apelativo distinto al que le pusieron sus mayores. Hay algo interesante ahí: un placer fatuo parecido al que ve estallar fuegos artificiales en un cielo oscuro. Diseñar motes, poner motes, oír motes tiene algo de pirotecnia, de juego fugaz y divertido. En este país somos adictos a ese divertimento. No hay gordo, jorobado, gago ni mujer bigotuda que se salve.

 En cada oficina hay un «barrigueplastilina». En cada restaurante hay un «patilleprócer». En cada hotel hay un «letremocho». En cada edificio hay un «plastezamuro». En cada panadería hay un «guerrillerecloset». En cada clínica hay un «caretetero». En cada escuela hay un «orejehicaco»… O algo parecido. En todas partes hay alguien que lleva un nombre sobre su propio nombre, un sustantivo sobre el sustantivo de su propia vida, una caricatura, una exageración…

 Bembetigre, narizetotuma, ojearena, bracepicó, careventana, potetalco, boquesoplete, ojebluyín, caremartillo, veneneyuca, ratemuelle, gorditiesa, ustedes no están solos.