jueves, octubre 09, 2008

LOS INSULTOS TELEPÁTICOS Cuando la cajera le dice el monto que debe pagar, la señora Josefina saca un fajo enorme de billetes y un talonario de Cestatickets. La muchacha cuenta el dinero y al final le dice a la señora:
—Faltan treinta bolívares, mi amor.

Josefina revuelve su cartera; convierte su mano en un submarino que viajará hasta las profundidades más insondables de su bolso y nada. Los treinta bolívares no aparecen.

Mientras tanto, en la cola, un gordito oye Death Magnetic en su ipod y no le importa nada. Él está fuera del tiempo. Sin embargo, un señor con cara de chicle y una mujer adicta a la nicotina comienzan a mirar feo a Josefina. Falta poco para que de las miradas pasen al chasqueo y luego a los comentarios irónicos sobre por qué la gente no sale de su casa con una tarjeta de débito.

Josefina permanece impertérrita buscando los treinta bolívares. Ella intuye que, aunque ninguno de los que esperan su turno pronuncie palabra, la están maldiciendo en silencio. Josefina siente el eco de las groserías silenciosas en su oído medio. La telepatía de los insultos existe. La señora que sondea el fondo de su cartera lo sabe. A eso, en su época, lo llamaban «mal de ojo» y, si le caía a un niño, podían malograrlo a punta de telepatía maligna.

Josefina sigue buscando; consigue un trío de Certs viejos envueltos en su empaque original ya roto; además encuentra el talonario de una chequera de 1977 y un escapulario del Señor del Veneno. A la mirada silenciosa de la gente que hace la cola, se ha sumado la mirada de la cajera. En el cerebro de Josefina también retumban los denuestos telepáticos de esa chica que debería depilarse los bigotes porque parece Capulina.

La señora ha pasado minuto y medio con la mano dentro de la cartera. Por fin encuentra lo que andaba buscando: cuatro o cinco billetes dentro de un sobre amuñuñado con una liga naranja. Cuando saca el pequeño paquete, los insultos de la gente (incluidos los de Capulina) ya se escriben en el aire. Nadie los ve, pero están ahí. Por eso, mientras paga, Josefina se voltea hacia la mujer adicta a la nicotina y hacia los demás en la cola y les sonríe al tiempo que les nombra la madre y les devuelve maldición por maldición en silencio... Al gordito no. El gordito sigue oyendo Death Magnetic en su ipod y, como Josefina lo ve en trance, no lo maldice.

El muchacho mete las bolsas en la maleta del carro; hay un momento en el que tiene que correr detrás de tres latas de sardinas que salen rodando por el suelo oscuro. Josefina le entrega unas monedas al joven, se monta en su auto y arranca. Cuando se encuentra en la caseta para pagar el estacionamiento, entrega el ticket.
—Dos con sesenta.

Josefina mete la mano en la pequeña gaveta del tablero donde siempre guarda el sencillo. No hay dos con sesenta ahí. Su mano vuelve a ponerse el traje de buzo. Afuera los carros comienzan a alinearse detrás del suyo. Los insultos silenciosos vuelan como saetas a su alrededor, se clavan en la carrocería de su Malibú, en las paredes de la caseta de pago, en la baranda mecánica, en el techo del estacionamiento y en todas partes.

Los dedos de Josefina se topan con Han Solo. Sabrá Dios desde cuándo está ese muñeco ahí. Tiene tiempo sin ver a su nieto. Piensa que cuando llegue a su casa, lo llamará…

Los insultos dejan de ser mudos. Las cornetas truenan malquistadas y le ponen música a la ola de ataques sucios que poco a poco dejan de ser telepáticos.
—¡Muévelo, vieja! —Oye que le gritan.

Josefina encuentra el sobre de la liga naranja. Sólo quedan dos billetes. Toma uno, lo estira y paga. Mientras espera su vuelto, se mira en el espejo, observa que no se le ha corrido el maquillaje, se peina con los dedos, se baja del auto y les dibuja su mejor sonrisa a todos los que hasta ese momento han acompañado con las cornetas de sus carros los insultos telepáticos que le han prodigado a una señora de bien.