miércoles, septiembre 17, 2008

PAISAJE CON CARRETERA Y TRIÁNGULO ANARANJADO Vas en tu auto, oyes al Modern Jazz Quartet, piensas en que nadie te espera y que por eso no importa si te tardas o no. Con esa idea que te da tranquilidad, te arrebujas en tu silla, te aferras al volante y manejas a una velocidad razonable que te permite esquivar a los locos que nunca faltan en ninguna carretera. Estás feliz porque tu ipod suena todo lo bien que puede sonar un ipod en un carro. Le subes el volumen y sigues conduciendo hasta que... Prás... Prás... Pataprás... Prás... El caucho derecho de adelante se desinfló en pleno recorrido.

Te apartas hacia el hombrillo, suspiras, te mesas las barbas, mandas a callar a Milt Jackson, apagas el aire acondicionado y luego el carro. Te bajas, abres la maleta, sacas el triángulo de seguridad y piensas que en situaciones como ésas es que se conocen a los verdaderos hombres.

Mientras armas el gato, silbas «Perfect Strangers», de Deep Purple. Te solazas en el uso de la llave en cruz. Sacas, una por una, las tuercas. Quitas el caucho desinflado, instalas el de repuesto, aprietas las tuercas, pones todo en su puesto, te limpias las manos con una camisa vieja que tienes en la maleta y echas una meadita en el hombrillo de la carretera. Unas mujeres que pasan sopladas abordo de una Tucson, te tocan la corneta y te gritan algo. Tú las saludas, terminas de orinar, te sacudes la pichirula, recoges el triángulo anaranjado, lo guardas y listo.

Te montas en tu carro, lo prendes, aceleras. Antes de arrancar, te pones los lentes de sol y decides que ya está bueno de la asepsia del Modern Jazz Quartet. Quieres cabilla. Pones Piece of Mind, de Iron Maiden, y arrancas.

Aceleras tu Mustang. Piensas que lo contrario a ser hombre no es ser afeminado, sino ser manganzón. Por eso te satisface haber aprendido (hace años) a cambiar un caucho rápido y sin agite. Hasta una meadita echaste… Hasta un cornetazo le lanzaron a tu pichirula unas mujeres ociosas y adictas a la velocidad.

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Estás contenta. La camioneta de tu marido responde a tus órdenes. Adela te ha contado las últimas barbaridades de Cristóbal. No le has dicho lo que le tienes que decir porque nadie se debe meter en las peleas conyugales de los demás.

Esquivas un hueco, dos huecos y caes en el tercero. No había manera de evitarlo. Ibas directo hacia él desde que saliste de tu casa. Lo único que haces es lanzar el fuego fatuo de una mentada de madre que se disuelve en otro cuento de Adela. Y tú la oyes y te ríes porque en su historia aparece un chino sin camisa sentado a una mesa, comiéndose un plato hondo de arroz blanco.
—Eso es lo malo de vivir cerca de un restaurante chino: ves de todo.

Adela y tú son puras risas. Los hombres son motivo de rabias indescriptibles, pero también de carcajadas sin número.

Le subes el volumen a Miguel Bosé. «Nena» no sólo te encanta porque te encanta, sino porque esa canción fue tuya desde que la oíste por primera vez.

Nena, luna serena.
Todo es posible... menos tú.
Nena, ámbar y arena.
Boca insaciable... sólo tú.

Y Adela habla que te habla de Cristóbal, de los amigotes de Cristóbal, de las hazañas de Cristóbal, de Cristóbal bebiendo cerveza, de Cristóbal pintando el cuarto con el ipod metido en los interiores…
—¿Cómo es la vaina?
—Sí, mana: en interiores y con el ipod metido ahí mismo.
Cuando le pregunté que qué era eso, me dijo que así pintaría Armando Reverón en esta época.

Te ríes con Adela, doblas una curva y ves a lo lejos a un tipo meando que confirma lo que has hablado con ella desde esta mañana: todos los hombres están locos y hacen lo que les da la gana.

Por eso, cuando pasas al lado del meón, abres la ventana de la derecha y le lanzas un grito jubiloso a él y al pequeño reptil que sueña entre sus manos:
—¡Eeeeeeeeeesssso, paaaapiiiiiiiiii!

Y te pierdes feliz de la vida a toda velocidad.