jueves, septiembre 11, 2008


UN LIBRO EN VERDAD FASCINANTEHace un par de semanas terminé de leer Miranda, el nómada sentimental, la estupenda biografía que sobre el precursor de la independencia de Venezuela escribió nuestro querido amigo Juan Carlos Chirinos.

Para empezar, debo decir que sus páginas están escritas con una prosa tan ágil y tan certera que no existe en toda su extensión un ápice de la pesadez habitual en este tipo de volúmenes. Muchos eruditos y estudiosos escriben tieso y alambicado; Juan Carlos no. Juan Carlos le saca brillo a las palabras y hace que se nos olvide que estamos leyendo el producto de una exhaustiva investigación que comprendió la lectura de documentos pertenecientes al archivo del propio Francisco de Miranda y una extensísima bibliografía, como puede observarse al final del libro. Este detalle que quizás les parezca baladí, es muy importante porque la imagen de ese ser humano que se llamó Sebastián Francisco de Miranda Rodríguez que le queda al lector de esta biografía no es la del típico prócer que tenemos en nuestra memoria ni la del héroe bajado de su pedestal a punta de verdades develadas a última hora. La imagen que, al menos a mí me quedó, es escurridiza, proteica, múltiple y llena de vacíos que inspiran toda clase de preguntas.

El Miranda que Juan Carlos reflejó después de horas de lectura, es un personaje tan enigmático y, a la vez, tan sugerente, que al lector que no sabe nada de Miranda (o que sabe lo que le vende la exaltación exagerada de los héroes nacionales), le puede producir una sensación de extrañeza, de no saber muy bien cómo valorar las acciones de un hombre tan interesante y tan extraño. Para que se den una idea de lo que estoy tratando de decir, piensen que cada vez que nos nombran a un héroe de la patria, nos lo imaginamos con su casaca, sus charreteras y su sable en mano listo para entrar en combate. Sin embargo, si leen con atención esta biografía, se darán cuenta de que Francisco de Miranda fue, ante todo, un intelectual, un hombre interesado en entender su época y experimentar en carne propia los procesos políticos y sociales de su tiempo. En otras palabras: fue mucho más que la imagen que vemos en las estatuas; fue algo mucho más complejo cuya realidad no refleja ni de cerca el epíteto de Generalísimo con que lo conocemos.

Ése quizás sea uno de los detalles más inquietantes de esta biografía. Miranda, como muchos de sus contemporáneos, tuvo que escoger uno de los tres caminos de ascenso económico y social que existían en su época: se era comerciante, sacerdote o militar. No había más opciones. Como sabemos, Miranda escogió la carrera de las armas y, a pesar de que fue un hombre valiente que participó en acciones bélicas tanto en América como en Europa, no se puede decir que haya sido un soldado nato o un guerrero especialmente dotado para el arte de la guerra.
Veamos algunos ejemplos que corroboran esta afirmación que pone en entredicho el talento militar de un prócer de la patria:

1) En Melilla, el capitán Miranda se dedica a criticar los planes y las órdenes de sus superiores (eso, como sabemos, es insubordinación).

2) En el sitio de Pensacola actúa más como un reportero que como un soldado. Las notas que aparecen en su diario dan cuenta del más mínimo detalle de las acciones militares que el ejército español llevó a cabo en ese lugar de Florida.

3) En cuanto se entera de que el tribunal de la inquisición reclama su presencia en Cartagena (quien sabe si sólo por tener libros prohibidos en su biblioteca, por cuestionar a sus superiores o por algún lío de faldas), deserta de su ejército, lo que pone en aprietos a su superior, el mariscal Cagigal. Desertar de un ejército es un delito muy grave. Algo que los españoles no le perdonaron.

4) En cuanto dirige un ala del ejército francés en Bélgica, se produce una suerte de insurrección entre los soldados a su mando, lo cual produce la derrota de los franceses. Miranda termina enjuiciado y librándose de la guillotina después de haberse defendido él mismo.

5) A bordo del Leander, el capitán se subleva y hace el viaje a regañadientes.

6) Pone al mozo menos confiable a custodiar el polvorín de Puerto Cabello.

7) A la hora de mandar a los «soldados» venezolanos recién salidos de sus ranchos, los trata como a militares prusianos.

El efecto que producía el Generalísimo en sus coterráneos está muy bien definido en este estupendo libro: admiración y estupor a la vez. Era, a la luz de una colonia del siglo XVIII como era Venezuela, un caballero demasiado corrido, demasiado experimentado que había visto otros mundos, otras formas de gobierno y otras realidades más complejas que las de su país. Ésa es la esencia de por qué Miranda fracasa en su proyecto, al menos la esencia aceptada por la historia oficial y por todo el que se acerca a este titán buscando a un prócer de los de panteón nacional y patillas, cuando en verdad Miranda fue un estadista, un hombre formado para crear un Estado y organizarlo de acuerdo a unas leyes. Pareciera que su tragedia fue el haberse visto impelido a las armas y al mando de tropas cuando eso, en verdad, no formaba parte de sus intereses ni de sus talentos.

Por lo visto, Miranda fue un extraño en su época, un adelantado, un precursor no sólo de la independencia, sino de la creación de un país.

Miranda, el nómada sentimental es sólo una fracción del proyecto literario que Juan Carlos tiene con respecto a la figura del Generalísimo. Para los próximos años, nuestro amigo nos promete nuevos estudios, nuevos episodios biográficos, nuevos ensayos y nuevas reflexiones sobre una figura tan elusiva, tan escurridiza y tan apasionante de nuestra historia.