lunes, septiembre 22, 2008

LA CIUDAD DE LOS EMBUTIDOS FELICES Más que una ciudad, Barcelona es una fuerza, un poder que transmuta la piedra en entusiasmo, entusiasmo que a lo largo de los siglos se ha concretado en hitos arquitectónicos que se les quedan en la memoria a quienes los visitan en persona o a través de las láminas de un libro. Ese mismo poder que transforma lajas en maravillas, es el que subyace debajo de sus ramblas.

Semejante fuente de vitalidad es la que ha convertido a Barcelona en un lugar al que todos deseamos ir, en un imán que le promete hondas experiencias a quien se deja atraer; a quien va para allá y se unge de la energía que brota de esas murallas festivas. Se trata de un lugar donde todo está diseñado para que te sientas joven y para que comprendas que, en esta vida, hay cosas que te sobrepasan, que están fuera de tu comprensión y de tus propias ambiciones.

En las próximas líneas trataremos de entender de dónde viene semejante poder.

Barcelona es la patria de Gaudí, el lugar donde están la Casa Batlló, el Parque Güell y la Sagrada Familia, pero también es el espacio donde confluyen La Champañería (con sus bocadillos de sabores abisales), el Bar La Paloma (donde, en su tiempo, unos ancianos hacían actos de equilibrismo y hoy baila un cuerpo de breakdance), el Club Apolo, Els Quatre Gats y, entre muchos otros, El Pastís, un sitio pequeño, melancólico, afrancesado, oscuro, repleto de cuadros y abierto desde 1940.

En lo estrictamente material, Barcelona es un museo de fragmentos, un portento en el que se entremezclan estímulos de distintas naturalezas. Pocas ciudades le crean al visitante la sensación de estar en algo más que en unas calzadas rodeadas de edificios y de gente. Quien la recorre, siente que se desplaza por una obra de arte inspirada en caracoles prehistóricos, en pieles rugosas de primitivos lagartos… Moverse por Barcelona es como pasear sobre una trama en la que se funden las colas de varios monstruos mitológicos y piedras de distintos planetas.

No me pregunten por qué, pero siempre me ha parecido que existe una relación secreta entre la sobrasada untada con enjundia en un pan generoso y la arquitectura catalana de todos los tiempos. De Joan Rubió i Bellver a Oscar Tusquets Blanca, de Josep Canaleta a Jordi Garcés, de Oriol Bohigas a Josep Miàs, de Antoni Gaudí al arquitecto catalán que no ha nacido aún, hay una especie de tradición de diseño que equilibra la voluptuosidad con el buen gusto, la exageración con la mesura, tal como en una sobrasada.
(Para quien no sepa qué es la sobrasada, aquí le va la definición del DRAE: «embuchado grueso de carne de cerdo muy picada y sazonada con sal y pimiento molido, que se hace especialmente en la isla de Mallorca»).El enorme mosaico que es Barcelona no existiría sin esa mentalidad perfeccionista y, a la vez, guarra de los catalanes. Esa gente tiene una enorme sensibilidad artística que no está exenta de su toque tosco… Si no lo creen, piensen en ese montón de personas que se montan unas encima de otras, formando los castellers o torres humanas cada 11 de mayo, en Lleida, para celebrar la Fiesta Mayor. Piensen también en Salvador Dalí (nunca está de más pensar en él), un artista extraordinario cuyo verdadero arte no estaba tanto en sus dibujos ni en sus pinturas como en su extraordinaria capacidad para promocionarse, para hacer dinero y para convertir en un chiste afilado todo aquello que nombraba con su lengua de fuego.

Dalí era tan guarro y tan sublime a la vez como una butifarra envuelta en oro o como un fuet espetec.

Lo dicho: entre los embutidos catalanes, la genialidad catalana, la belleza y el atractivo que ejerce Barcelona sobre los seres humanos hay una relación secreta que hay que estudiar.

Lo haremos con gusto porque en las cosas más pequeñas están las semillas de las grandes obras.