lunes, septiembre 08, 2008

EL HOMBRECITO Damas y caballeros, cuando se me va el sueño, me invento historias como ésta (a ver si me duermo de una vez):

Cuando nos quedamos dormidos, de nuestra nariz sale el hombrecito de cinco milímetros que controla nuestras vidas y se va por ahí, con sus amistades, a tomar whisky, a oír discos de Metallica, a ver alguna película de Charles Bronson o a encontrarse con alguna amiga que también mide cinco milímetros.

A pesar de la cantidad de trabajo que tienen, estos pequeños seres sin nombre, son felices. Cuando se salen temporalmente de alguien, no escatiman recursos para divertirse. Algunos bailan en oscuras discotecas, otros ponen sus pies debajo de una mesa llena de mejillones y centollas; cantan en salas de karaoke, se dedican al amor o a la lectura de revistas especializadas en alguna rama de la metalurgia.

Hay unos hombrecitos malvados que salen por ahí a hacer desastres; se meten en las cabezas de algunas personas que están durmiendo y comienzan a desordenarles esas mentes, produciéndoles sueños húmedos y hasta pesadillas.

Cuando usted sueñe que Maite Delgado es la tía de Drácula, ya sabe por qué es.

Alguien como Carlos Alberto puede dormir como un ángel porque su hombrecito de cinco milímetros se encuentra disfrutando de la vida en algún lugar remoto del que volverá rejuvenecido al amanecer. Cuando eso suceda, Carlos Alberto despertará sintiéndose despejado y con ganas de emprender con optimismo un nuevo día.

Sin embargo, hay noches en que Carlos Alberto no puede pegar un ojo. Eso se debe a que la criatura de cinco milímetros que vive dentro de él no sale y se queda ahí, arreglando los archivos. Peor es cuando el mismo sujeto se acuesta a dormir y el hombrecito sale a pasear, pero se fastidia y se devuelve rápido al escritorio repleto de papeles que todos tenemos dentro de la cabeza. Es ahí cuando Carlos Alberto se despierta en mitad de la madrugada, da vueltas en esa cama, se levanta, va al baño, orina, se sienta en la sala de su casa que a esa hora está a oscuras, se pone la mano en la quijada, regresa a la cama y se revuelca otra vez en las sábanas hasta que se da cuenta de que no tiene sentido estar ahí, revolviendo los mismos pensamientos, los mismos remordimientos, las mismas cuentas, los mismos planes y, entonces, enciende el televisor.
—¡Coño, lo que me faltaba: Arnold el travieso!

Mientras Carlos Alberto está recorriendo su casa y asomándose por la ventana a las tres y cuarto de la madrugada, el hombrecito que lo controla está en su cerebro, apretando botones y moviendo palancas, como si fueran las cuatro de la tarde.

No hay nada que hacer, salvo obligar al hombrecito a que salga otra vez. Piensa en una taza de leche caliente, en un té (qué va) o en algo más fuerte… (No. No pensó en las novelas de Javier Marías).

La caja de Lexotanil está en la gaveta de la mesa de noche junto a la pistola y a los condones. Se toma media pastilla. Si se la toma completa, el hombrecito se perderá hasta las diez de la mañana y Carlos Alberto no puede darse ese lujo; tiene que trabajar.

A los hombrecitos no les gusta que los expulsen a punta de pastillas. A veces, esa expulsión es tan denigrante para ellos que deciden no regresar… Y ya saben ustedes lo que pasa cuando uno de ellos decide no volver… Al hombrecito que vivía dentro de Heath Ledger lo vieron en Cata, disfrazado de El Guasón sobre una tabla de surf… Y al que habitaba en la cabeza de Marilyn Monroe, se lo encontraron en Valencia, empujándose un bistec del tamaño de un semáforo en la Asociación de Ganaderos.

Pero bueno, esta noche Carlos Alberto duerme feliz porque el hombrecito que vive dentro de él, está por ahí, bailando merengue con una mujercita de lo más hermosa.

Y lo más seguro es que regrese mañana.