jueves, agosto 14, 2008

LAS PREGUNTAS DE LA VIDA Hay gente que no tiene medida; te invita a su programa de radio y te pregunta así, como de pasada, que cuál es el sentido de la vida, como si uno supiera. A personas así siempre les contesto una barbaridad. Le digo que el sentido de la vida está en una mujer demoledoramente bella. Cuando se me quedan mirando con mirada vacía y a la vez inquisidora, sé que no conocen mujeres bellas y que por eso andan preguntándole por el sentido de la vida a uno, que no sabe ni dónde está parado.

Tengan amigas bellas para que sepan qué contestar cuando les hagan preguntas tan estúpidas como ésa. Si en la adultez siguen sin saber cómo atraer chicas bellas, busquen ayuda profesional.

Ése quizás sea uno de los problemas más extendidos en este mundo frívolo que vivimos. Mucha gente no se hace las preguntas que debería hacerse; se hace otras cuyas respuestas se contestan con electrodomésticos o con inyecciones de bótox. Cuando vives haciéndote cuestionamientos que se resuelven en una tienda, llegará el día en que la vida se encargará de preguntarte algo realmente fuerte y no sabrás qué decir. Balbucearás y harás el ridículo.

Por eso uno debe entrenarse en el arte de hacerse preguntas. Como nadie nace experto, debe asumir esa lenta y agotadora labor como un deber humano, como una tarea que te ayudará a ser mejor persona. Uno se vuelve mejor persona en la medida en que conoce sus propios límites y se forma una opinión sobre ellos. Saber qué decir sobre la enfermedad, la muerte, la vida, el honor, el éxito, el fracaso y demás, es tan importante como respirar.

Los únicos espacios donde se aprende tan difícil disciplina son la lectura y la conversación con gente sabia. Ambas actividades tienen su detalle. Leer, por ejemplo, amerita un esfuerzo, apartar un tiempo y un espacio, luchar contra los aguafiestas que creen que eres un vago porque estás ahí, leyéndote un mamotreto de quinientas páginas. Conversar con gente sabia es un privilegio que no todo el mundo tiene, sobre todo en esta época en que abundan los charlatanes y los divulgadores de mitos. Si llegas a toparte con alguien lleno de sabiduría, tenle paciencia porque los sabios tienen sus manías.

(Mi amigo Juan Carlos Chirinos es mi Avicena particular. Eso sí: por cada decímetro de sabiduría que emana de cada una de sus palabras, tienes que oír sus maledicencias contra media humanidad).

A pesar de que no todo el mundo tiene la suerte de conocer gente sabia, nada justifica que se ande ahí preguntando idioteces o repitiendo lugares comunes. Leer es una operación que nos pone en contacto con mentes que han tenido el privilegio de concentrarse en un conjunto de ideas o de historias. Así que podemos asumir que la lectura es una manera de conversar con sabios de otros tiempos y lugares… Lo único malo de «hablar» con sabios de otros tiempos y lugares es que cuesta un mundo invitarlos a tomar cerveza.

Hacerse o no las preguntas atinadas es lo único que puede marcar la diferencia entre llevar una vida ordenada o ser Amy Winehouse, entre ser una persona ecuánime o ser Maradona, entre ser una persona responsable o ser un mentiroso, entre ser un fiel cumplidor de tus obligaciones o deberle plata hasta a tu mamá...

Si no te haces las preguntas pertinentes en el momento preciso, corres el peligro de convertirte en un inconsciente que hace infelices a los demás. Eso sin contar con que es muy probable que no respondas como tengas que responder ante una situación cualquiera y termines como esa gente experta en contar cuentos trágicos en la habitación de un enfermo.

En fin: a leer y a hacer todo lo que haya que hacer para ser personas circunspectas y de bien.