jueves, julio 17, 2008

EL FOTÓGRAFO AUTOMÁTICO Casi siempre que llevamos una cámara en las manos, sentimos que el sólo hecho de cargarla implica tener que apretar el botoncito del disparador una y otra vez, como si la captura de imágenes fuese una cosa inocente y no una acción premeditada a la que podemos dedicarle tiempo y neuronas. Eso suele sucederles a todos aquellos aficionados que ven en la fotografía un hecho inocuo ligado a una captura desesperada de recuerdos y a una fragmentación visual de la realidad para contársela a sus amigos.

Si algo fascinante tienen las cámaras automáticas es ese impulso que generan en su dueño por atrapar la imagen de un instante y de un lugar en una foto, en un trozo de papel o de pantalla que funge de espejo; de espejo mágico en el que nos vemos a nosotros mismos en otro espacio y en otro tiempo… Lo malo es que la gente abusa y te cita a X hora para que vayas a ver las fotos de su boda.

La fotografía así concebida tiene el encanto de los documentos históricos. Lo interesante es que, vista de ese modo, toda foto es parte de la historia mínima de cada persona. Sin embargo, y a pesar de semejante divulgación del hecho fotográfico, pocos son los que ven en la producción de una fotografía común y corriente un pretexto para reflexionar sobre la imagen. Digamos que ése es un proceso que no le interesa al gran público.

(Que quede claro: al gran público sólo le interesa la fotografía como documento que certifica que se estuvo en tal o cual lugar y como pretexto para —más o menos— ordenar el cuento en que se convierte nuestra vida).

Un buen ejemplo de esa ceguera son nuestros propios álbumes familiares. Tome usted el suyo y compárelo con el de cualquier persona de cualquier parte del mundo; observe los encuadres y pregúntese por qué todos son simétricos; admire cómo todos los que aparecen en la foto se apiñan en el centro de la composición y retuercen sus cuellos como si en el momento en que se abre y se cierra fugazmente el obturador, quisieran meterse en el lente y vivir en la dulce oscuridad de la cámara. Fíjese también cómo lo que llamamos «momentos fotográficos» son iguales para todo el mundo… En ninguna casa faltan fotos de bebés, de primeras comuniones, cumpleaños, graduaciones, matrimonios y demás. Todos tenemos las mismas fotos en nuestros álbumes porque no pensamos las imágenes que producimos. Creemos que la fotografía es un hecho social más que un acto de pensamiento y de creación.

Y es que las máquinas fotográficas actuales están diseñadas para eso: para que nadie tenga que pensar nada y lo fotográfico sea siempre un acto amable que no presente complicaciones de ninguna especie. Lo único malo es que al no sentir la responsabilidad de tener que inventar las imágenes que nos brindan las cámaras, estamos asumiendo como normal el hecho de que la Sony, la Casio o la Kodak las conciban por nosotros.

Con respecto a la producción de imágenes, nos hemos vuelto tan automáticos y tan robóticos como las mismas cámaras que abundan en nuestro entorno.

El verdadero problema del arte fotográfico tiene su inicio cuando asumimos que las imágenes viven en nosotros y que la cámara es un instrumento para materializarlas. Esa es una concepción muy diferente a la de la fotografía como artificio que «atrapa» mágicamente lo real para que no se pierda en el tiempo… Pero la gente no piensa así. La gente cree que la cámara se maneja sola.

Toda esta perorata es para declarar que me fastidia ver fotos. No me gusta ver las fotografías que traen mis amigos cuando vuelven de un viaje a las antípodas… A mí que no me inviten a verlos sentadotes con sus caras felices en el Partenón, en las pirámides de Egipto a lomo de camello ni en la torre Eiffel.

Mejor invítenme a comer y háblenme de todo lo que vieron, pero sin fotos, por favor.