miércoles, junio 11, 2008

LA INEXISTENTE FÓRMULA DEL ÉXITO El éxito es una de esas circunstancias que pone de bulto el conflicto entre el individuo y su entorno, entre cada persona y la sociedad que lo rodea. Por eso es tan difícil hablar sobre el éxito. La gente se molesta, se aburre, se aturde; no le gusta que la confrontes con ese tema, que es delicado y produce escozor.

Cada quien tiene su definición de la palabra «éxito» y cree que ésa es la que es, sin discusión y sin ambages. Hay quien cree que es exitoso porque tiene las alforjas llenas de plata, porque posee propiedades aquí y allá, porque hace negocios con fulano y con zutano, porque dos mujeres hermosas se pelean por sus reales y porque viaja, compra, vende, presta o alquila en distintos idiomas. Hay otros, más modestos, que creen que son exitosos porque tienen salud, porque fundaron una bella familia o porque trabajan en el mismo ministerio desde hace treinta y cinco años (¡Dios, cuánto horror!).

Sea como sea, el éxito es distinto para cada quien y eso hace que sea muy difícil determinar la fórmula para alcanzarlo. Mientras unos se sienten en la cúspide porque pudieron comprarse un Fiesta Pack de seis piezas en Arturo’s, otros se sienten felices por haber pasado el examen para obtener la cinta negra de judo. Mientras unos ven la luz cuando les pagan el retroactivo de la pensión del Seguro Social, otros arman una rumba porque les dieron la visa para ir a los Estados Unidos.

La contraparte del éxito es el fracaso y a nadie le gusta decir que es un fracasado. Sin embargo, y aunque parezca contradictorio, los perdedores son más interesantes que los ganadores. Al menos así nos lo ha enseñado la literatura. Observen Uds. que los grandes personajes son también grandes loosers. Si no, ¿cómo es que recordamos a Romeo y a Julieta? Si Romeo y Julieta hubieran triunfado, Romeo habría terminado comprando pañales y Julieta se habría convertido en una señora gorda con bigotes. ¿Quién querría leer una obra sobre dos personajes así?

Tal vez los fracasados nos gusten más porque la gente exitosa no piensa ni reflexiona ni dice nada interesante, de tan enamorada que está de sí misma y de las ganas que tiene de que los demás la vean en su carro o llegando de viaje de algún lugar lejano y exótico. No obstante, digamos las barbaridades que digamos de los triunfadores, vale la pena admitir que los exitosos son admirables en la medida en que saben lo que quieren y se dedican en cuerpo y alma a alcanzar eso que desean hasta que lo logran y quieren más de lo mismo o de otra cosa. Los exitosos tienen pocos temas de conversación por eso, porque concentran todas sus energías en un objeto o en un conjunto de circunstancias. Los perdedores divagan de aquí para allá porque nunca han deseado nada con auténtico fervor o porque las heridas de la derrota todavía les duelen y hablar sobre ellas los lastima.

Pero bueno…

El éxito… El éxito es una enfermedad de esta época. Todo el mundo lucha «por alcanzar una estrella». Lo malo es que muchas veces la gente asume para sí la idea que del éxito tienen otros y ahí sí se pone fea la cosa, entre otros detalles, porque creen que «los diplomas del éxito» son el éxito en sí mismo. Así comienzan las frustraciones, las envidias y los asesinatos para quitarles a los demás su carro, su Rolex o su computadora…

Cada quien debería saber lo que quiere y para qué es capaz. Como dice mi amigo Enrique Enríquez, «cuando uno define su propia escala del éxito, a la frustración se le reducen sus posibilidades» o como decía el Oráculo de Delfos: «bróder, conócete a ti mismo».

Y bueno… Mejor dejemos este tema hasta aquí, no vaya a ser que alguien crea que me metí a gurú, que me confunda con Paulo Coehlo o con Conny Méndez y termine pidiéndome consejos.

¡La pinga!