miércoles, junio 04, 2008

ARQUITECTURA MALIGNA Alicia sienta a su hijo de dos años en su coche antes de sacarlo a pasear por las calles de Caracas; sabe que el viaje será duro, que hará calor, que los motorizados le lanzarán sus motos, que los conductores le atravesarán sus carros, que las aceras están llenas de huecos, que la gente anda triste y obstinada, como si no tuviera ilusiones. Aún así, Alicia sacará a pasear a su hijo. Un niño encerrado se transforma en el peor de los torturadores y no hay hollín ni cornetazos que la hagan desistir de su decisión. Lo único que la molesta es que, en algún momento, deberá retirar plata de un cajero automático y el banco más cercano se encuentra en un centro comercial que está montado sobre un enorme poyo alzado a unos metros sobre el nivel de la acera. Como no hay una plataforma para que ella suba mientras empuja el cochecito de su hijo, sabe que tendrá que cargar al chamo, con todo y coche, por los escalones o esperar a que alguien que haya abandonado momentáneamente su tez de zombi, la ayude.

Por eso Alicia odia a los arquitectos de su tierra. No sólo a los arquitectos; también detesta a sus ingenieros, a sus obreros y a sus constructores por no pensar en las personas que, como ella, deben empujar un coche infantil con todo y niño o, peor, en la gente discapacitada que anda en sillas de ruedas o muletas por esas calles inmundas. Por si fuera poco, esta bella madre que anda en sus treintitantos, detesta con todo su ser a los que fungen de autoridades por no hacer cumplir las leyes que de seguro deben existir para que los edificios les ofrezcan a los transeúntes distintos accesos.

¡Cuánto horror! ¡Cuánta idiotez! ¡Cuánta mezquindad se refleja en esos edificios tan bellos y tan modernos, pero que no tienen una mísera rampa por donde hacer circular una carretilla!

Y ya que Alicia está en esto de manifestar sus odios arquitectónicos (los que se sorprenden porque esta chica expresa este sentimiento en alta, clara e inteligible voz deben creer que el mundo es como una propaganda de American Express), nos cuenta que el otro día tuvo que llevar a su hijo a que le hicieran un examen de sangre en el laboratorio de una conocida clínica caraqueña. Pues bien, su sorpresa fue mayúscula cuando se dio cuenta de que todos los accesos al bendito laboratorio eran complicados: o llegaba a pie, luego de subir unas escalerotas o accedía a través de un ascensor que lucía un bello letrero que decía «dañado». Otra vez Alicia tuvo que cargar a su hijo con todo y coche… Con razón tiene esos brazos así, como los de Madonna.

Alicia no sabe por qué razón los arquitectos, los ingenieros, los constructores y los obreros venezolanos piensan en todo menos en que el edificio sean bello y funcional a la vez. De un tiempo a esta parte a ella le parece que los arquitectos lo sacrifican todo por la belleza (aunque sus edificios terminen siendo unos mamotretos inútiles); que los ingenieros lo sacrifican todo por sus guarismos y que los constructores lo sacrifican todo por la plata… Los obreros son los únicos que le prestan atención a los efectos prácticos de toda construcción, pero están tan imbuidos en sus propios problemas, que les sabe a cazabe si el edificio está bien diseñado. Lo de los obreros es levantar paredes y cobrar todos los viernes. Más nada.

Si toda esa gente no sacrificara el diseño en aras de algo que le resulta adjetivo a la arquitectura, las tuberías de los edificios irían por fuera de las paredes. Así Alicia no tendría que llamar a un plomero que, a punta de cincel y martillo, le tumbaría la casa entera para encontrar la maldita fisura en un tubo de aguas blancas.

Ah, ¡pobre Alicia! Sólo cuando tuvo a su adorado hijo aprendió el valor de los detalles en la arquitectura… Y en la vida.