viernes, mayo 23, 2008

LOS LIBROS DE ESTOS DÍAS

No sé por qué pero esta mañana me desperté con una incomodidad extraña. Quiero hablar de libros. No lo tomen a mal, pero si el tema no les interesa, por favor pasen la página y lean otra sección de esta maravillosa revista. Yo amanecí con ganas de hablar sobre los libros que estoy leyendo en estos días y nadie me lo impedirá. Lo digo porque en nuestro país, basta y sobra que uno empiece a hablar de una novela o de un libro de cuentos, para que la gente bostece y diga que por qué mejor no hablamos de algo «divertido».Comienzo por decirles que, gracias a mi amigo Juan Carlos Chirinos, estoy disfrutando Las abuelas, una colección de cuentos de Doris Lessing, la ganadora del premio Nobel de literatura del año pasado. Antes de acceder a este magnífico volumen, yo creía que las historias de Doris Lessing eran aburridas, pero no, damas y caballeros. Esa viejita tiene veneno en la pluma. Sus historias lo dejan jetiabierto a uno porque combinan elementos sencillos y perversos de la manera más natural. Así que si algún día quieren leer algo poderoso y de una profunda-profundísima humanidad, no dejen de leer a Doris Lessing. Se van a deleitar preguntándose cómo es que la viejita inocente que sale en la contraportada de todos sus libros, tiene tantas barbaridades en la cabeza.

Aparte de esa maravilla que acabo de reseñar a vuelo de pájaro, estoy releyendo Las nubes, de Aristófanes. Espero que mis lectores se hayan dado cuenta de que tengo una fe desbordada en el humor, en esa arma invisible y poderosa que sirve para desnudar verdades mal vestidas y para combatir la extrema idiotez que nos rodea. Pues bien, yo no podría escribir las cosas que escribo sin refuerzos, sin el poder, la confianza y el cobijo que me brindan comediógrafos como Plauto, Luciano de Samosata, Moliere, Sid Caesar, Woody Allen, Benny Hill, Mel Brooks, Enrique Jardiel Poncela, Otrova Gomas o el papá de todos ellos: Aristófanes.

Las nubes es una obra maestra del teatro de todos los tiempos. En ella se cuenta la historia de un padre que les pide a los sofistas que enseñen a su hijo el arte de la oratoria. Sin embargo, después de pasar una temporada en la escuela de retórica, el muchacho retorna a casa y, en lugar de defender a su padre de los acreedores que lo abruman, lo conmina, mediante argumentos imbatibles, a pagar sus deudas con los acreedores y a entregarle a él, bajo amenaza de caerle a golpes, todo su patrimonio. Lleno de rabia, el padre termina quemando la escuela de los sofistas… Siendo bruto, el hijo era menos peligroso.
Hace un tiempo leí El teatro de Sabbath, de Philip Roth. Esa novela me gustó mucho; es dura y áspera; combina muy bien el humor, el drama y la pornografía. Esperando eso que me gustó tanto de El teatro de Sabbath, me compré El pecho, también de Philip Roth, pero mi decepción ha ido creciendo en la medida en que me acerco al final de este relato que simulaba ser muy bueno en la contraportada del libro. La historia que cuenta es muy sencilla: el profesor David Kepesh amanece un día convertido en una teta de setenta kilos. Al parecer, un desorden endocrinológico masivo lo transformó en un enorme pecho femenino al que deben atender en un hospital, dada la rareza del fenómeno.Sin embargo, en lugar de explotar el chiste, Roth se puso intenso y fastidioso, demasiado literario, demasiado «cultural», como si le hubiese dado pudor seguir por la vía satírica. En lugar de hacer reír, el autor se puso a reflexionar sobre la incomunicación, sobre la locura y sobre el más allá, asuntos que quedan mejor en otras obras y no en ésta que podría ser una sátira prodigiosa basada en La metamorfosis de Kafka y en La Nariz de Gogol.

En fin. Allá Philip Roth…

Éstos son los libros que me acompañan.

Lean Uds. lo que quieran y cuéntenme. Nunca está de más.