sábado, mayo 17, 2008

LA SENCILLEZ DE LA CUERDA Hoy queremos demostrarles cuánta punta se le puede sacar a cualquier tema, por sencillo que éste sea. Hagamos como los magos, saquemos una cuerda y hablemos de ella, halémosla, amarrémosla, doblémosla y observemos cuántas historias o cuántos recuerdos podemos contar a partir de ella.

¿Tienen idea de todo lo que se puede hacer con una soga? Una cuerda en manos de Tony Soprano o de cualquiera de sus amigos puede ser un verdadero peligro. ¿Y en manos de Alfred Hitchcock? Ni se diga. En manos de Quentin Tarantino surgen escenas memorables. Valgan como ejemplos la de Marcellus Wallace amarrado a un potro de madera en Pulp fiction y la de Uma Thurman amarrada en su propia tumba en Kill Bill Vol. 2.

El boxeo es un deporte en el que hay sogas por todas partes: el saco de arena pende del techo; el boxeador salta la cuerda una y otra vez, y se sube al cuadrilátero a caerse a golpes, como se cayeron en su momento Mohammad Ali, George Frazier, George Foreman, Tommy Hearns, Sugar Ray Leonard, Marvin Hagler, Mantequilla Nápoli, Pipino Cuevas, Kid Pambelé y Roberto Mano e’ Piedra Durán. Todos, alguna vez, se pegaron a las cuerdas y recibieron su merecido.

Por cierto: las niñas saltan la cuerda en el patio de todas las escuelas del mundo-mundial. Ese ejercicio que también realizan los boxeadores quizás sea el responsable de que las mujeres tengan el carácter que tienen.

Con una cuerda, unos mosquetones, un arnés y unos buenos zapatos, puedes escalar montañas y hacer rapel. Con dos trozos de cuerda puedes colgar una hamaca. Con un mecate los hombres duros inmovilizan a los toros después de «colearlos». Con un solo cabo, el equilibrista se juega la vida en el circo. Con un rollo de pabilo se atan las hallacas en diciembre y se vuelan papagayos al infinito y más allá.

Hay gente que le pone una cabuya a la maleta del carro para mantenerla cerrada después de que un autobús lo chocara por detrás… Los venezolanos somos expertos en eso, en arreglarlo todo con una cabuyita, con un alambre o con un pedazo de nylon cortado con los dientes, cual Mc Gyver.

Y si de superhéroes se trata, ahí están el lazo mágico de la Mujer Maravilla, el látigo de El Zorro, las lianas de Tarzán, las greñas de Rapunzel, la bati-soga con la que Batman y Robin escalaban las paredes de los edificios, los hilos que salen del Hombre Araña y que le permiten ir tan rápido como una patrulla de policía, la cuerda de enanos con los que andaba Blancanieves…

Las cuerdas que usan los bomberos y los grupos de rescate a veces son el único eslabón entre la vida y la muerte.

A nuestro alrededor hay sogas por todas partes, hebras, hilos, que al fin y al cabo son líneas que no andan solas porque unen mundos, dibujan dragones o escriben momentos inolvidables, como aquél en el que un hombre se dispuso a atarse los zapatos porque estaba a punto de irse al trabajo y terminó defendiéndose de dos sujetos (uno catire con una cicatriz que le bajaba desde la frente hasta el carrillo izquierdo y el otro macizo, pero retaco) que entraron a su casa para robarlo.

El hombre se defendió muy bien. Aún ignora de dónde sacó esos pasos de karate (o de ballet) con los que burló la mayoría de los golpes y de las patadas con los que los ladrones trataron de reducirlo. Y cuando le tocó herir, lo hizo como si una fuerza indescriptible lo moviera. Él, que era el hombre más pacífico del mundo, le reventó un florero y una silla en la cabeza al de la cicatriz y dejó sin aire al retaco. Ya estaba a punto de dejarlos ir, pero pensó que aquella golpiza no debía desperdiciarse… Y los amarró a ambos con el cable de la lámpara rota.

Era hora de pensar si de verdad era un hombre bueno.

Gracias al cable podría darse ese lujo.