domingo, mayo 11, 2008

LA MÚSICA CONTRA EL ODIO Hace un mes recibí una llamada telefónica desde Madrid. Era mi esposa desde la tienda FNAC. Me llamó porque se encontraba frente al mostrador de los discos podridos y no recordaba cuál era el disco de Motörhead que yo le había encargado.
Kiss of death, mi amor.

Yo estaba exultante. No solo sentía la indescriptible felicidad de oír la voz de mi mujer, sino que me parecía una auténtica belleza, una ironía del destino, un oxímoron natural el que ella, que odia cuanto le suena a grito y pudrición, se encontrara rodeada de discos de Pantera, Manowar, Metallica y que, encima, me llamase. Ahí pensé que el amor es extraño, y que, a pesar de todo, existe, y aguanta cuanta rareza o barbaridad le caiga encima. Y lo digo porque tal vez todavía haya gente que crea que la vida en general huele a Mistolín.

Justamente porque la vida es dura en todas partes (aunque aquí le llevamos una morena a otros países que no tienen tanto tráfico, tantos malandros ni tantos ineptos que vuelven difícil todo lo fácil), gente seria y atildada como quien esto escribe, tiene sus manías y su colección de discos podridos para oírlos a todo volumen en el carro. En lugar de salir con un bate a llenar de chichones a cuanto inútil se le atraviesa, este servidor tiene una colección de discos que ha ido traspasando a su Ipod y que oye a todo volumen cuando está solo en su carro o cuando va con su pequeño hijo de dos años. Así Black Sabbath, Rush, Jimi Hendrix, Wolfmother, Deep Purple, ACDC, Judas Priest, Slayer, Iron Maiden, Blind Faith y un montón de grupos más, han salvado al autor de estas líneas de su propia rabia y de la desazón que le produce ver que todo a su alrededor se ha vuelto un caos estúpido.
Hasta hace poco se decía que las corridas de toros cumplían la misma función. Para algún lado se tenía que ir la rabia de los ciudadanos. Por algún imbornal se tenían que hundir sus malos pensamientos, sus furias y sus ganas de acabar con la necedad del mundo… Pero las corridas de toros ya no le sientan bien a los estomaguitos de esta época. Hoy en día se defiende a los toros y se deja a los hombres con su furia para que se retuerzan con ella o llenen de indecibles desastres los noticieros estelares.

Así que cuando mi esposa me llamó desde Madrid para preguntarme por el nombre de un disco, contribuyó a la salvación de esa parte de mí que es vulnerable a la barbarie y que está a la merced de los eructos fatales de nuestra realidad.

Pero no hablemos más de los bárbaros. Celebremos que tenemos un Ipod y que podemos llenarlo de la música, de los programas de radio y de las películas que nos definen… O que, al menos, hacemos que nos acompañen en esos momentos muertos de la vida que traen consigo las colas interminables, las caminatas sudorosas en las plataformas móviles de los gimnasios, los viajes por carreteras obscenas hacia atardeceres lentos y gimnásticos…
La vida con el Ipod tiene otra dimensión. Es como si todo lo que hacemos viniera con una banda sonora que le da realce a los momentos más nimios, que subraya, aún sin querer, algo de lo que estamos viviendo… Una tranca a la luz de un semáforo roto adquiere una nueva dimensión al amparo del Requiem de Verdi, de La flauta mágica de Mozart, de Foxy lady de Jimi Hendrix o de uno de esos reguetones tipo Gata fiera... Estar en una cola y oír reguetón es dañino para la salud…No se hagan los locos; ustedes saben que es verdad…

Al final, todos los seres humanos necesitamos algo que mitigue el peso de la realidad. En este caso, no cabe duda de que la música nos ayuda a hacer más llevadero nuestro destino… Aunque, la verdad sea dicha otra vez: el horrible destino que nos hemos forjado los habitantes de estas tierras, necesita ingentes cantidades de rock and roll para atenuar el peso de la realidad.
—Más Motörhead, por favor.