martes, mayo 27, 2008

LA CUEVA PORTÁTIL
Las carteras de las mujeres son pozos sin fondo, simas en las que, si entras, puedes encontrarte con un dragón de escamas plateadas. Por eso es mejor quedarse quietecito y no mover un músculo cuando tu esposa, tu novia, tu hermana o tu mamá te piden que les busques algo en su cartera. Meterse allí en pos de un peine es entrar en un inframundo lleno de criaturas, en un vórtice cuyo orden sólo comprende su dueña legítima. Es preferible que te vean como un negligente incapaz de encontrar las llaves, a que te pierdas a ti mismo en esa cueva llena de tesoros insondables que es la cartera de toda mujer.

Lo más extraño es que ellas entran con facilidad a sus bolsos; sacan lápices labiales, libros, espejos y hasta secadores de pelo. Todo está al alcance de sus manos: la nueve milímetros, el rubor, el clínex, la agenda, el teléfono… No hay nada en el mundo masculino que se compare a la cartera de una dama. Eso se debe a que los hombres confían (con risible vanidad) en sus manos y en su cerebro para enfrentarse a las adversidades; no están capacitados para darse cuenta de que un cepillo para el pelo, un lápiz labial, un muñeco del Hombre Araña o una caja de Atamel metidos todos en una bolsa de piel, plástico y tela, pueden doblegar al mundo a su favor.

Es curioso, pero los ladrones son los únicos que se atreven a profanar con arrogancia la intimidad contenida en el bolso de una mujer. Algunos se montan en sus motos y viajan a la velocidad del odio hacia sus víctimas y les arrebatan sus carteras sin detenerse. Otros se las quitan a punta de pistola o de navaja y salen corriendo hasta que un pedazo de tierra tranquila los acoge y pueden mirar el fruto de sus hazañas. Es ese el momento en que el ladrón mete la mano en la cartera, la voltea y la vacía, hasta que todo cuanto se encontraba ahí dentro, sale a la luz como salen los juguetes de una piñata desollada.
—¡Coño! ¿Qué es esta vaina?
—¿Tú no ves, pajúo? Un jarrón de porcelana.
—¿Y qué hacía ésa con un jarrón en la cartera?
—Yo qué sé. Tira esa vaina, agarra la plata y vámonos.

Si en esta época hubiera artistas como los que hubo en el pasado, buscarían la manera de retratar esa maravillosa escena que se produce cada vez que una mujer vacía su cartera sobre una cama para ordenarla, botar la ruma de pequeños papeles, facturas y recibos que se acumulan en un bolso. ¿Dónde estás, Vermeer? ¿Qué te hiciste, Edward Hopper? ¿Por qué no están entre nosotros, retratando para la eternidad estos momentos maravillosos de la intimidad femenina? No seamos injustos… Lucien Freud debe tener cuadros inspirados en esa atmósfera de calculada melancolía que se forma alrededor de una mujer que organiza su cartera mientras ve Desperate housewives o cualquier otro programa de televisión.

El mundo de los bolsos es tan extenso como el de los zapatos, pero —¡atención!— su diversidad no se debe tan sólo a que haya miles de marcas, de colecciones, de diseñadores y de modelos; se debe a que cada cartera refleja la complejidad del alma de su dueña. Y es que el alma femenina es intrincada; no tiene una sola cara ni se puede resumir a unas pocas palabras. Por eso las mujeres necesitan algo para reunir y cargar consigo siempre las docenas de objetos que las representan, que las completan, que las explican, que las complementan… Si en un bolso hay unos lentes de sol, una botella de agua, un disco de Miguel Bosé, una Vanidades arrugada y medio cambur, además de todo lo que es normal que haya en una cartera, es porque su dueña tiene todo eso (y más) en el alma.

Así que ya saben: las carteras de las mujeres son un espacio sagrado. Por eso quienes entren ahí deben hacerlo con cuidado y con respeto, no sea que de verdad se encuentren a un dragón de escamas doradas dispuesto a convertirlos en cenizas.